Juanes observó, desde su embarcación de recreo, aquella pared donde las olas rompían.
Bajó al camarote y rebuscó en los armarios. Encontró sus pies de gato. Sonrió.
Con ellos en la mano, se acercó de nuevo a la cubierta del barco y despertó a su mujer, indicándola que iba a acercarse a aquella pared para dar unos pegues al psicobloc.
Paula levantó las gafas y observó a su marido con cara de circunstancia.
– Tienes media hora- le dijo dándole un beso y volviéndose a tumbar al sol.
Acercó la embarcación todo lo que pudo al punto elegido y, de cabeza, se lanzó al agua para llegar a esas rocas que tanto le habían llamado la atención.
Su idea era simplemente quitar el mono de escalada que tenía, ya que, durante todo ese verano, las obras de su casa le habían impedido disfrutar de su afición. Cansado por la velocidad de la natación pero con la adrenalina en su máximo exponente, se colocó los pies de gato que llevaba en una mochila de tiras, dejándola atada a un puente de roca la mar de oportuno.
El primer pegue a la pared duró lo que dura el grifo de casa en llenar un vaso de agua.
El segundo, lo que tardas en beber ese vaso de agua cuando tienes mucha sed en pleno agosto.
El tercero, con la mente totalmente puesta en aquellos salientes, la vía comenzó a salir sola. Como por arte de magia iban apareciendo cantos, cazos y regletas perfectas para colocar tanto las manos como los pies.
Una travesía lenta pero sin paradas, sin distracciones, le iba poniendo el corazón en esa sensación de libertad que ansiaba.
Desde la cubierta del barco, Paula realizaba fotos.
Aunque ella no compartía aquella afición, disfrutaba viendo a su marido feliz.
En un momento en el que quitó el zoom a su Nikon D7500 para hacer una foto de todo el entorno, se dio cuenta de la altura que Juanes había cogido.
Nerviosa, Paula gritó sin ser escuchada, con el corazón latiendo a la misma velocidad que latía en ese momento el de su marido, pero por diferente motivo.
Cada paso que él daba era para ella una punzada de dolor en su pecho. No sabía si acercar el barco, nadar hacia él, llamar a alguien… Aunque ninguna acción realmente era viable en aquel momento, ya que estaba inmóvil y sin poder apartar sus ojos de aquella escena.
Dos metros le quedaban a Juanes para poder salir por la pradera del acantilado. Dos metros.
A pesar de que él no era consciente de la altura que llevaba, un resbalón de su pie derecho le hizo darse cuenta del lugar en el que se encontraba, perdiendo el apoyo de su pie izquierdo, dejándolo colgado a 20 metros de las olas, las cuales rompían contra su mochila de cuerdas, ante la aterradora mirada de Paula y de los murmullos de varios curiosos que se encontraban mirando la escena.
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.