jueves, mayo 21 2026

VÉRTIGO by Nohelia Alfonso

El año que leí 50 libros, en realidad quería morirme. No digo -y esto es importante- que estuviera deprimida y harta, no. Digo que quería morirme. Morirme de verdad. Dejar de existir. Detener de un plumazo el dolor de un estar en el mundo que se había convertido en sufrimiento puro e inagotable. No recordaba momentos de felicidad suficientes para ganar el pulso al infierno que suponía vivir, y no, no era una maldita mala racha. Para toda la gente a mi alrededor, incluso la que decía entenderme y apoyarme, sí lo era, y soltaban el «todomejoraríaconeltiempoescuestióndetenerpacienciarodéatedelagentequetequierehazcosasnuevasblablabla», y demás discursos vacíos e inservibles que me daban muchas más ganas de terminar con mi vida.

Cuando ya no podía tensar más una sonrisa estúpida y forzada que hacía mucho que no había estado de verdad en mis facciones, y soltaba algún gruñido fruto de la desesperación de años sin que un solo ser humano alcanzara siquiera a atisbar mi deseo atroz de descender del tranvía arrollador de la existencia, la gente arrugaba el gesto, tiraba la toalla, me llamaba «borde» y «desagradable», y yo volvía al cuarto oscuro de mi miseria como quien regresa al mullido colchón de su cama tras tener que levantarse a hacer pis.

Al final era más cómodo vivir en un agujero que el esfuerzo sobrehumano de que me gustase vivir afuera, así que simplemente me aislaba, apagaba los mandos, y fundido a negro.

Todas las veces que intenté engancharme a la vida, me pateó tan duro el estómago con la férrea bota de su indiferencia que ya no quería intentarlo más. Y si tenía que escuchar una sola vez más eso de que «la vida es así» y «a todos nos pasan cosas malas», estaba dispuesta a arrancarme los oídos de cuajo. No, joder, no, no a todos nos pasan las mismas putas cosas, ni todos tenemos la capacidad de dirigir nuestra resiliencia con consejos de Mr. Wonderful. No.

Yo había visto el averno encarnado en la gente con la que había tenido el infortunio de coincidir, y no quería, por ello, confiar más en nadie. Las personas cercanas estaban a años luz de serlo, y las que pretendían acercarse eran frascos preciosos de cristal llenos de veneno. Nadie decía la verdad. A nadie le importabas de verdad. Algunos querían sorberte el alma con una pajita y ver cómo la carne y la piel se te hundían hacia adentro hasta quedar convertida en un pellejo desinflado. Y además -¡oh gran y desconcertante sorpresa!-, era culpa tuya, que no te sabes hacer respetar. Como para no querer morirse.

Y además está lo de ser mujer. Doble deseo de muerte. O quizás el único.

En mi aislamiento del mundo llegué a huir hasta el mismo borde de la tierra, hasta tocar el agua con los pies, hasta donde ya no se podía correr más lejos. El lugar tenía nombre de pueblo remoto y pesquero, azotado por la galerna, y allí decidí arrojar mis huesos, incapaz de matarme yo misma. Estaba segura de que si había un final, uno que yo provocara, tendría que ver con aquellas olas como bofetadas de sal contra las angulosas rocas. Tendría que ver con aquellos acantilados de pizarra que alejaban a todo el mundo y a mí me atraían como un imán. Una parte de mí tenía la esperanza de asomarse al abismo, resbalar hacía él, y encontrar las ganas de clavar las uñas en la tierra para volver. Creía que si me acercaba lo suficientemente al fin, lograría querer regresar. Eso o… bajada de telón final.

Pero ocurrió que, una vez en el borde del acantilado, fui incapaz de asomarme, como si una fuerza invisible me impidiera el paso. Como si un vértigo creciente me apartara. No lo entendía. Conmocionada por aquel fenómeno, me retiré tras varios intentos inútiles.

Regresé al día siguiente. Por si había más suerte. Y no la hubo. La fuerza indeterminada continuaba ejerciendo su poder sobre mí. El vértigo se me agarró a las tripas como un pulpo. Esperé toda la tarde a que pasara. Y cuando el aburrimiento llegó a su punto más álgido, me fui, maldiciendo mi suerte.

Necia y desesperada, volví al día siguiente. Esta vez, con un libro. El primero que cogí de la estantería de la biblioteca: La hija del mar, de Rosalía de Castro. Título oportuno. Solo quería matar el tiempo en el acantilado hasta ser capaz de asomarme. Me lo leí entero ese fin de semana. Curiosamente, su protagonista, se lanzaba al mar. Ninguno de los días pude colocarme al borde ni sentir el aguijón de la caída antes de que ocurriera, como quería. De manera que a la semana siguiente, saqué otro libro. Uno que me había llamado la atención cuando saqué el primero. Era más grueso: El despertar, de Kate Chopin. Me juré que me asomaría cuando lo terminara. Me duró dos días. Dado que no era capaz de romper la fuerza que me mantenía lejos del borde, me pareció un buen plan para esperar el momento leer otro libro: Dos mujeres, de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Caí en la cuenta de que todas las protagonistas de los libros escogidos al azar se suicidaban en el mar… ¿Casualidades? Decidí investigar para saber cuántas mujeres de la literatura habían sucumbido al abrazo del océano. Y así llegué a Valentia, de Marie d’Agoult, cuya protagonista, también decide desaparecer en el mar… Edna, Valentia, Maggie, Esperanza y Catalina… Todas suicidas. Todas ahogadas o arrojadas al mar…

Aquello se convirtió en mi obsesión. Entre aquellas estanterías a las que se accedía por una escalera de caracol del viejo palacete reconvertido en biblioteca excavada en la roca, encontré ahogadas como la Ofelia de Shakespeare, o la propia Virginia Woolf, aunque fuera en el río… ¿Cómo es que aquella pequeña biblioteca atesoraba a todas las suicidas -personajes o escritoras- cuya vida había sucumbido ante el agua? Alfonsina Storni, la misma poeta griega Safo… Todas heridas de muerte… todas arrojadas al agua… En un año, recopilé 50 libros que hablaban directa o indirectamente sobre el suicidio femenino en el mar. Y entonces lo supe. Supe por qué el mar.

El agua siempre ha sido un rito iniciático -el bautismo, por ejemplo, en la cultura cristiana-, y tiene sentido que se busque también en ella el fin. No por nada nacemos de un mar que se rompe, y de algún modo, buscarlo después es como querer volver al principio… ¿Era por eso mi atracción? ¿Por eso creía que acercarme de modo peligroso al mar iba a darme ganas de vivir? Y si lo pensaba… ¿No era precisamente lo que estaba ocurriendo?

Volví al acantilado todos los días. Con libros de otras temáticas. Ya no sentía vértigo. Pero no tenía ninguna necesidad de asomarme, estaba del lado del precipicio en el que quería estar.

Al final, el mar me había salvado. La experiencia de otras, me había salvado. La novela, en la que muchas escritoras habían ficcionalizado un deseo real de suicidio, paradójicamente, me había salvado. Y eso que el cuento, por suerte, ha cambiado mucho, mucho, para las mujeres.

La literatura, en fin, me había salvado.


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