DISEÑO NÓRDICO by Francisco Prada

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DISEÑO NÓRDICO

Algún ruido que no identifico con claridad ha interrumpido mi sueño y sé que ya no me volveré a dormir. Las primeras luces del alba diluyen la penumbra de aquel cuarto, y  la luz tenue dibuja los primeros contornos de una decoración inexistente –estilo nórdico creo que dijo–. Su frialdad evoca los inviernos perennes de Escandinavia, donde el silencio es tan denso que muerde la piel, y la paleta de colores tan reducida que solo abarca el blanco y algún que otro gris.

            La escasa calidez de la estancia proviene del aliento de la mujer que duerme a mi lado. Una respiración rítmica y reposada, casi imperceptible al inhalar, pero que exhala de manera profunda y prolongada –del modo en que te enseñan en las clases de yoga–, emitiendo un leve gemido que no llega a la categoría de roncada. Una corriente sonora que asciende desde su boca hacia el techo, dibujando pequeñas virutas de vaho en el aire, ya que –al parecer– el estilo nórdico está reñido con tener una buena calefacción.

            Mi cuerpo entumecido demanda su dosis de matutina de cafeína. A veces me pregunto si no seré ya un adicto. Me levanto con sigilo y encaro el pasillo en busca de la cocina. No recuerdo la distribución de la casa, creo que la urgencia nos llevó directamente  al dormitorio. Por fin doy con ella. Es amplia, quizá demasiado para las dimensiones de un apartamento, o a lo mejor es simplemente el efecto que produce la ausencia de muebles. Las paredes son de un blanco inmaculado, al igual que la nevera, el microondas, la cafetera y la pequeña mesa que preside la estancia; y la luz se filtra en cantidades generosas por el ventanal que da a la calle.

La cafetera es de cápsulas: mal empezamos. Si hay un ritual imprescindible al comienzo de cada día es el de hundir mi nariz en el bote del café y aspirar de forma profunda sus aromas frutales y tostados, mientras mi imaginación vuela hacia esos vastos cafetales donde se supone que vive Juan Valdés en compañía de su burrito. Después lo introduzco en mi cafetera de 500 pavos, con molinillo incorporado, y en cinco minutos el amargor de un auténtico café inunda mi boca preparándome para los sinsabores del día. Jamás lo prostituyo con azúcar.

Desciendo a mi triste realidad y coloco la cápsula en la cafetera dolce gusto para seguidamente accionar la palanquita. Mientras la máquina escupe el café rebusco entre los armarios algo de comer, pero solo encuentro galletas veganas. Yo soy más de porras y torreznos, pero me resigno y comienzo a mordisquear las galletas con más prevención que avidez.

Rodeado de tanta escasez de alimento y decoración lo normal sería que mi imaginación evocará algún paisaje sueco, la tundra de Siberia, o qué sé yo… Sin embargo me traslada a una estancia que me resulta familiar: una habitación repleta de cacharros, con suelo de baldosa y muebles de madera antigua, presidida por una mesa cubierta con mantel de hule y donde una vieja cocina de carbón emite tanto calor que mi cara enrojece y comienzo a sudar; sobre la chapa negra reposa una vieja olla de metal, ennegrecida en su parte inferior, de la que emana un intenso aroma a puchero.

Estoy muy atareado. Apoyado en la mesa esculpo con cuidado la forma redondeada de las pastas, aplicando sobre la masa un vaso de cristal vuelto del revés. Con el rabillo del ojo reviso el reloj, y cada cinco minutos me levanto para remover la olla con el cucharón de madera.

Concentrado en mis tareas no me percato de la mano que se acerca por la espalda hacia mi cabello. Me remueve el pelo con suavidad y desciende por la cabeza hasta posarse en mi cuello. No necesito volverme; conozco todos y cada uno de los pliegues de esa mano. Aunque es una mano dura, forjada en el frío y el sostén de aperos de labranza, a mí me procura una paz sin límites. Es la mano que se posa en mi hombro cada vez que los mastines de José el pastor se acercan ladrando; la misma que él les ofrece con la palma hacia abajo –en forma de pata–, y los perros terminan por lamer con dulzura. La mano que obra el milagro de que mi cuerpo se relaje y deje de temblar.

–¿Vendrás a ayudarme en la huerta esta tarde?

–Claro abuelo, cuenta conmigo.

De repente la escena pierde intensidad, se desvanece poco a poco, y la mano áspera y agrietada es sustituida por otra mano cuyo tacto desconozco; una mano mimada, de tacto sedoso, que a buen seguro jamás ha empuñado una herramienta. Una mano que quiebra mis ensoñaciones y me retorna a la cocina de diseño nórdico, con su blanco inmaculado, sus espacios vacíos y sus galletas veganas carentes de sabor. Ya no huele a potaje ni a carbón; en realidad no huelo a nada, salvo quizás a una intensa soledad.

Ha vuelto el frío.

–¿Está bueno el café? –pregunta ella.

No consigo recordar su nombre, pero espero que no se dé cuenta.

Antes de responder dirijo la mirada hacia la taza de café, la desvío hacia la galleta vegana, y finalmente, opto por mentir.


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