Doy un paso
y algo me arrastra hacia atrás.
No sé su nombre,
pero la siento:
es un muro que aparece de golpe,
un peso que cargo sin querer.
Pongo las manos al frente,
quiero construir, avanzar,
pero la voz tira de mis hombros,
deshace lo que toco
y me planta en el mismo lugar.
No es un grito.
No es una sombra.
Es mi propio freno,
el que me convence de quedarme
cuando quiero marcharme,
el que firma mi derrota
antes de dar la batalla.
Pero hoy lo veo.
No me engaña.
No es fuerza,
es miedo vestido de hábito.
Lo dejo caer.
Dejo que su peso choque contra el suelo.
Doy un paso, y otro,
y esta vez,
nadie me detiene.
Porque avanzo con todo lo que soy.
Porque hoy, por fin,
me elijo.
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