Placeres. La lujuria mezclaba los cuerpos haciendo difícil identificar las extremidades de cada uno. El olor a fluidos, sudor y alcohol, se confundía con el humo negro que despedían los farolillos de aceite. Entre la penumbra, un anciano tomaba una copa de vino en una esquina, mientras observaba el espectáculo retorcido y casi morboso de la sala.
El joven aventurero, que había conocido esa noche en el burdel de la ciudad, y que estaba perdiendo toda su fortuna en las apuestas, lo acompañaba con los ojos llenos de sorpresa.
—¿Te gusta? —Señaló con la mano que sostenía la copa, al nudo de personas que se retorcía entre gemidos frente a ellos—. ¿Te gustaría participar?
—¡Sí! Sí quiero. —Aseguro en segundos, dejando claro la ansiedad que sentía—. ¿Puedo?
—Solo hay una condición. Hagamos una apuesta. —Sacó del bolsillo un artefacto extraño, con varios vértices afilados—. Si eres capaz de resolver el puzzle sin que derrames una sola gota de sangre, podrás participar. Después, solo será un buen recuerdo para ti.
—Sí, puedo hacerlo. Soy el mejor apostando. —Extendió la mano hacía el artefacto, exigiendo que se lo entregara—. Paso las noches en el burdel jugando a las cartas, podré con un estúpido puzzle.
—Recuerda, no debes derramar una sola gota de tu sangre. —Entregó el objeto con sumo cuidado al joven—. De lo contrario, las consecuencias podrían ser desastrosas.
Deslizó los dedos con suavidad por los ángulos cortantes, comprobando el peligro que podían llegar a tener. Realizó varios movimientos y logró desencajar los laterales, comenzando a dar forma a una estrella un tanto extraña. Miró los símbolos que se remarcaban en el metal y los ignoró al no reconocerlos. Una vuelta más, solo una vuelta más y estaba seguro de que el puzzle estaría finalizado. Giró el lateral faltante en el momento que una aguja salió de su interior, hundiéndose en su dedo y dejando salir una pequeña gota de sangre.
Las náuseas llegaron rápido a su garganta, y un ardor desde las entrañas brotó con fuerza. Sentía como se quemaba por dentro y sus vísceras se consumían. Gritó de dolor, pero nadie parecía escucharlo, el espectáculo mórbido seguía como si nada. Miró al anciano que bebía su copa de vino con tranquilidad en aquel rincón oscuro. Segundos después, se encontraba entre los cuerpos entrelazados que momentos antes observaba como la mejor escena de sexo, mientras el diablo, continuaba disfrutando del espectáculo por toda la eternidad.
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