Emilia cumplía ocho años y Lucas ya los tenía. Con apenas cuatro años de edad se miraron por primera vez en la puerta de aquel orfanato y no se separaron más. Habían sido abandonados el mismo día. Juntos aprendieron a no temerle a la oscuridad pues en aquella vieja y casi abandonada casa de huérfanos, las penumbras sobraban. Solían perder la vista en las sombras, solo para ver a los
demonios vagar entre ellos.
Eran ocho niños y diez niñas los que sobrevivieron entre los restos de aquel lugar abandonado por
el Estado y la Iglesia. Solo tres monjas y tres voluntarios se quedaron con ellos. Estas seis nobles almas se las arreglaban para proporcionarles dos comidas al día, vestirlos con ropa remendada y limpia, curarlos y educarlos con lo poco que había quedado en la desolada aula. Vendían en la ruta, productos de huerta de la Hermana Florencia y los vecinos colaboraban con lo que podían.
Las necesidades eran muchas. Solo el amor abundaba allí. El frío por las noches solo se mitigaba con el abrazo de otro ser humano; dormían de a dos, para darse calor a pesar del rancio hedor de sus cuerpos. Las ventanas no tenían vidrios, tan solo una cortina de hilo los protegía del viento helado.
Las velas de cera, lánguidas, mal iluminaban hasta que morían. Solo quedaba el brillo de la luna y
las estrellas en el enorme cuarto con piso de tierra, donde estaban las nueve camas de una plaza con
sus roídos colchones y frazadas deshilachadas. Dos niños dormían en el piso sobre mantas, Emilia y
Lucas. Estos habían establecido un lazo inquebrantable. Corrían, jugaban, se escondían, hablaban, hacían travesuras, ayudaban a los más pequeños y dormían en el piso. Así fue hasta que cumplieron doce años. Una mañana, Emilia despertó y Lucas no estaba. Miró hacia todos lados y encontró una carta entre sus ropas.
La joven derramó ríos de lágrimas al leerla. El muchacho se había ido para conseguir dinero y así
ayudar a mantener el lugar.
—Te prometo que regresaré, Emilia—Escribió.
Lucas se fue durante aquella noche sin luna. Tomó sus escasas pertenencias y se fue caminando por
el oscuro sendero que llevaba a la ruta. Cuando cruzó el viejo puente de madera sobre el río, lloró
por ella. Ya en la carretera esperó que algún camión pasara para llevarlo a la ciudad. Al llegar a la capital y ver ese caótico movimiento de tránsito, de gente que caminaba apurada para un lado o para el otro se aterró.
Se bajó del vehículo en una esquina cerca de la estación de trenes y allí buscó donde acurrucarse.
Fueron varios los que lo vieron y le dejaron monedas en el piso. Al ver esto comenzó a mendigar
para comer. Con las escasas monedas que juntaba apenas se compraba algún paquete de galletitas, a
veces le regalaban pan los chicos de la panadería y ocasionalmente una medialuna.
Pero un día, un alma caritativa le dejó cinco billetes grandes. Nunca había visto tanto dinero por lo que fue al bar a comer fideos con carne y tomar una gaseosa. Luego corrió para comprarse un cajón lustrabotas.
Comenzó a lustrar los zapatos a los transeúntes. Esto le comenzó a redituar el dinero suficiente para dos comidas al día. Dormir, dormía en las estaciones de trenes, escondido tras cartones para que no detecten su edad o le roben su herramienta de trabajo. Pasaron dos años.
El muchacho seguía con su trabajo de lustrabotas. Los fines de semana se la rebuscaba cortando el
pasto de los jardines de las casas de los barrios privados. Un cliente lo había iniciado en ese trabajo
y al ver que lo hacía bien, lo recomendó con sus vecinos.
Pudo alquilar una pieza en un hotel venido a menos y ahorrar dinero. Por las noches, se acostaba en su catre para pensar y recordarla. Eso lo sumía en una enorme nostalgia y dolor, no sabía cuanto tiempo más podría estar sin verla…
Lejos de allí, en el orfanato las cosas mejoraron pues los niños crecieron y comenzaron a ayudar. A
los diez brazos que habían quedado después de la muerte de la Hermana Florencia, se le sumaron
treinta y cuatro más.
El sueño de un hogar decente y acogedor para todos, se convirtió en una enorme burbuja. Emilia era la líder de aquel maravilloso grupo. Trabajaba a destajo, diseñaba y enseñaba a trabajar a todos.
Comenzaron con las reparaciones de paredes, colocación de baldosas usadas en los pisos, sellado de
techos, cambio de caños podridos. Luego llegó el turno de asear y pintar. La fuente de ingreso era la
huerta que abastecía a todas las familias de la zona a cambio de dinero y materiales. Una empresa
les donó máquinas de coser y un lavarropas industrial. Hubo celebración ese día.
A la noche, Emilia casi que se arrastraba hasta la cama del cansancio. Y era mirando la luna por la
ventana que lo recordaba. Su amigo de la infancia se había ido y no podía superarlo. Lloraba cada
noche por él. Ningún muchacho pudo lograr nada con ella, pues su corazón pertenecía a Lucas.
—Regresa a mí por favor, Lucas, me lo prometiste.
Él escuchó esas palabras en un sueño. Cuando despertó, pensó en voz alta. Ella en un lado, yo en otro, lejos, sabiendo que debemos estar juntos. ¡Basta! Se levantó, tomó todas sus pertenencias, pagó lo que debía y se fue a la terminal de Ómnibus. Allí compró el ticket que lo regresaría a su hogar, al lado de su amada.
El viaje fue emotivo, solo pensaba en ella y en cómo sería el reencuentro. Llegó en horas del mediodía y su corazón estalló al ver el sol alumbrando el campo, los pastos altos, los sembradíos,
los animales recorriendo la tierra. Caminó las veinte cuadras hasta el orfanato por la calle de tierra, respirando el aire de antaño, oliendo los mismos perfumes, escuchando los mismos sonidos.
Llegó. Esperaba encontrar un lugar viejo y desvencijado. En su lugar, el viejo palacete del siglo pasado, estaba totalmente renovado, con sus paredes pintadas, sus ventanas con sus vidrios, la puerta principal, reparada. Los jardines estaban cuidados y armonizados. Hasta había una plaza con juegos para niños.
Se quedó contemplando por un tiempo indecible. No podía moverse por la emoción. Y fue Emilia que desde una ventana lo vio. Su corazón quiso salir de su cuerpo. Corrió como enajenada por las escaleras, abrió la puerta y allí se quedó, paralizada mirándolo.
Lucas al verla solo pudo correr hacia ella. El mundo se detuvo, los planetas chocaron cuando se abrazaron. El viento dejó de soplar para que la música que llegaba del cielo la escucharan sus almas.
El sol brillaba dejando pequeñas luces en el aire. La luna no quiso estar ausente y se asomó tapando
un poco al sol, emocionada.
El abrazo entre los jóvenes fue interminable, las lágrimas de emoción y alegría corrían como el río
cuando busca el mar. El beso llegó y el amor se selló.
De sus almas volaron mariposas, poemas, silencios y canciones, noches de luna y lluvia, días de sol
y viento. Crepúsculos de colores.
—Nunca más te alejes de mi—Dijo Emilia.
—Nunca más, mi amor, mi lugar en el mundo sos vos.
Entraron abrazados al hogar y cerraron la puerta.
@Richard.- Ricardo Mazzoccone.
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