sábado, septiembre 5 2026

EL MUÑEQUITO DE BATMAN.-Crónica por Jesús Cello

Observo mi reloj, el viejo reloj pulsera que me regalo papá cuando cumplí 12 años y aún conservo. Son las 18.30 hs. A las 19.00 hs debo buscar a mi hijo Caetano de 4 años por la casa de un amiguito que lo invitó a jugar. Para matizar la espera decido tomar un café en un bar cercano y leer un poco los diarios. El bar está casi repleto porque hace mucho frío en la calle y la gente se resguarda en su climatizado salón. Al fondo de todo alcanzó a divisar una solitaria mesa vacía que oficia de salvadora ocasional para el momento.

Pedí un café y comencé a leer los diarios en forma superficial, solo los títulos y sin prestar mucha atención alrededor, hasta que casi sin querer como si un ángel me hiciera girar el cuello hacia la izquierda, puedo ver un niño a 2 o 3 metros de distancia de mi mesa con los rasgos increíblemente iguales a los de mi hijo Caetano, solo que éste niño lo doblaba en edad, tendría 7 u 8 años tal vez, pero su parecido era asombroso, podía proyectar a mi hijo a través del tiempo simplemente con mirarlo. Tiene los ojos grandes y negros como Meteoro el as del espacio infantil.

No puedo dejar de observarlo cuando juega y habla solo con un muñequito de Batman al que al parecer le está confiando algunos secretos, están haciendo planes, puedo presentirlo, como si quisieran escapar de ahí, de éste lugar, es una situación extraña, rara, poco común. A través de sus ojos enormes, enormes y felices por estar jugando vaya uno a saber en qué planeta de su imaginación, puedo verme a mí mismo cuando era niño jugando en el viejo patio de baldosas de ajedrez, cuando creía que todos los pájaros se llamaban » tiempo » porque siempre escuchaba que mamá decía que » el tiempo pasa volando » y también creía que las gitanas eran monjas en colores y ahora que veo éste niño tan igual a mi hijo que soy yo y él al mismo tiempo, porque él me mira justo ahora, como pidiéndome ayuda en silencio, sin dejar de seguir planeando cosas con el muñequito de Batman.

Es hermoso y mágico como cualquier niño, sobre sus espaldas carga una gran y pesada mochila azul como una continuación natural de la geografía de su pequeño cuerpo. Sobre la mesa hay un lápiz y un cuaderno, también una cajita de leche chocolatada con sorbete y unas masitas desparramadas como un juego. Yo sigo fingiendo leer los diarios y cuando una de las mozas pasa a mi lado le pregunto por el niño que hace 10 minutos que está solo en el medio del salón y ella me contesta con un dejo de tristeza imposible de disimular.

» el padre es ese que está ahí afuera, hablando por el celular, siempre hace lo mismo »

Hasta que el padre entra malhumorado seguramente por la última llamada y se sienta en forma brusca frente a su hijo, con gesto adusto le arranca de las manitos el muñequito de Batman con cierta violencia, separando las masitas y la cajita de leche chocolatada como quién separa lo que no sirve y con un tono suavemente amenazante e intimidados le ordena que agarre el lápiz y haga la tarea porque él está muy ocupado. La situación es incómoda y anormal, incluso visualmente porque un padre no puede ni debe sentarse frente a su hijo como un rival, sino acompañar con un gesto comprensivo poniéndose a su altura porque el bar no es el lugar adecuado para que un niño realice sus tareas escolares en medio del rumor de la calle que se filtra por las ventanas y las risas de la gente, en nivel de concentración es mínimo que el padre parece ignorar. Advierto qué al niño le cuesta prestar atención a sus cuentas, escucho su frágil vocecita infantil lanzar al aire números desordenados, pronunciados con miedo y mucha inseguridad hacia su propio padre.

Los ojos del niño intentan evadir la mirada inquisidora y severa y naturalmente equivoca una y otra vez, veo el miedo y el terror en sus grandes y hermosos negros de Meteoro. El padre golpea una birome contra la mesa y observa discretamente a su alrededor, mientras arroja al suelo el muñequito de Batman y el niño comienza a llorar mientras lo levanta del suelo como quién levanta una mariposa herida. Estoy a punto de levantarme para intervenir porque no podía soportarlo más, y como por arte de magia ocurre algo inesperado. Comienza a sonar el celular del padre, como si un arcángel protector llegara en su auxilio para terminar con el asedio y el tormento, con el abuso y el apremio psicológico contra su propio hijo.

El padre contesta y sale afuera para escuchar mejor, parece que la señal no es buena y camina nerviosamente de lado a lado sin darse cuenta que ahora los parroquianos del bar miran todos hacia afuera como el móvil de la Policía se acerca lentamente y estaciona frente a la puerta.

El niño queda solo en el medio del salón y llora desconsoladamente, su pecho se estremece hacia arriba y hacia abajo como una convulsión de tristeza, una y otra vez, extendiendo su mano hacia el muñequito de Batman, lo acaricia y le susurra algo al oído. Cuando intento acercarme a él, veo que una moza del bar, que fue la que llamó a la Policía, se agacha y besa y abraza al niño explicándole con dulzura como se hacen las cuentas.

El rápidamente comienza a sonreír mirando hacia afuera con recelo y desconfianza dónde está su padre conversando con 2 policías. Hace una llamada más por celular y en breves minutos llega la madre del niño. Antes de irse alcanzó a escuchar nítidamente como le confiesa a la madre…

» Ojalá que la llamada no termine nunca »

Apretando el muñequito de Batman lo dijo.

@Jesús María Cello.


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