lunes, junio 1 2026

La resaca del 4 de enero: entre la magia forzada, los regalos pendientes y el golpe a la cuenta bancaria por Emecé Condado

Hoy es 4 de enero. Ese día raro en el que la Navidad ya huele a caducada, pero todavía queda el último gran acto: los Reyes Magos. Es como una película que se alarga más de la cuenta, con un final previsible y demasiados efectos especiales. El árbol empieza a parecer una planta que se ha rendido, las luces parpadean como si pidieran auxilio, y tu cuenta bancaria… bueno, esa ya ha colgado el cartel de «cerrado por derribo».

Porque, seamos sinceros, la Navidad es una época maravillosa… para gastar. Adornos nuevos porque «los del año pasado ya no combinan», cenas imposibles que convierten tu cocina en un campo de batalla, y los regalos. Ah, los regalos. El gran campo minado de estas fiestas. Si creías que el verdadero reto era envolverlos sin que parezcan obra de un niño de cinco años, espera a ver la cara de quien abra ese pijama que compraste a última hora.

Y no olvidemos los grandes excesos de vestuario. Las lentejuelas que te hicieron sentir una diva en Nochevieja ahora están tiradas en el suelo, brillando más que tu ánimo. Esos jerséis navideños, que supuestamente son «divertidos», han logrado lo imposible: hacer que desees volver a ponerte la sudadera de siempre. Y, por supuesto, los tacones, esos instrumentos de tortura que prometen glamour y terminan con ampollas.

Pero el gran colofón llega el 6 de enero, con los Reyes Magos. Esa noche mágica en la que los niños saltan de emoción y los adultos rezamos para no haber metido la pata con los regalos. Porque todos sabemos que hay dos tipos de presentes: los que aciertan de lleno y los que acaban en un rincón, olvidados, junto a los buenos propósitos de Año Nuevo.

Y mientras tanto, ahí estás tú, haciendo malabares con los restos de turrón, la última copa de cava y el saldo que queda en la tarjeta. Porque si algo caracteriza a la Navidad es esa capacidad de hacernos gastar como si no hubiera un mañana… hasta que llega enero y descubres que el mañana ya está aquí, con su factura de la luz, la compra del mes y esa sensación de haber caído, otro año más, en la trampa del «espíritu navideño».

Pero, oye, al menos siempre nos quedará el humor. Porque si algo tiene esta época, es que al final todo resulta tan caótico que no te queda más remedio que reírte. De las lentejuelas, del jersey de renos, del perfume equivocado y de esa vez que intentaste fingir que te encantaba un regalo espantoso. Porque la verdadera magia de la Navidad no está en los Reyes, ni en las luces, ni en los adornos, sino en sobrevivir a todo esto con un poco de dignidad y mucho sarcasmo.

@Emecé Condado


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