lunes, mayo 25 2026

Cartas desde la Otra América: Remitente 11: Gabriel García Márquez by Félix Molina

—La lluvia es distinta desde esta ventana—dijo—.  

                                                           Es como si estuviera lloviendo en otro pueblo.

Gabo, en su paraíso, vive bajo un terrazo como de uralita transparente, alimentado casi por los puros habanos y varios tipos de salsas, no quiere más; sus paradisíacos personajes si son hombres llevan guayaberas florales –algunas con restos de sangre, otras de café– y si son mujeres vestidos blancos de volantes y orquídeas rojas en el pelo.

Varias veces ha tenido que frenar El Coronel (así lo motejan sus personajes) la insurrección de doscientos soldados que, apostados en algún recoveco, ametrallan a nobles, a niñitos y a prostitutas, para beberse después su sangre en cualquier parterre. Otras, su otra vida es más sencilla, y simplemente tiene que presenciar la ascensión de las vírgenes nativas o la irrupción de la selva, mojada y verdinosa, en los pueblos y en las aldeas.

No le debe gustar que, a escasos metros de su chamizo de uralita, Florentino Ariza, perfectamente vestido a la europea (será el único que no lleve guayabera), le dé la espalda. Por eso es que se acerca con sigilo a su sombra, le roza el hombro melancólico y, de un repente misterioso, su simulacro de cuerpo se disuelve, y Florentino es primero polvo enamorado de Fermina Daza y después un millón de mariposas amarillas que dibujan en el cielo azulón el nombre de la amada.

En cuanto al Coronel  –al verdadero Coronel, es decir, al personaje–, no deja de jugar con el autor una eterna partida de algo (ajedrez, damas, dominó, según la humedad o el aburrimiento). Aureliano Buendía levanta entonces la mirada del tablero y, entre las lamas de plástico, descubre un remero en pie sobre una barcaza, flequillo al aire, mirada al frente.

–Fíjese, Coronel, ¿pues no es el lámpara de Vargas Llosa ese que rema?

Gabo resuelve la jugada y mira al lado, casi sorprendido.

–Ese autor no está muerto, Aureliano. Eso tiene que ser una fantasmagoría, una reverberación de las aguas…

Aureliano mueve sin ganas la ficha y frunce la mirada. Es como si estuviera pronunciando un pensamiento.

–¿Y qué querrá?

 

Gabriel García Márquez (1927-2014), el Gabo de esta prosa, es el narrador que, despegando de su urdimbre periodística (el caso de Relato de un náufrago, 1970), nos entrega un universo crujiente, de tan nuevo, pero al mismo tiempo prehistórico, o en todo caso anterior a todo tiempo o toda historia, centrado en Macondo, una de las grandes poblaciones de la literatura (junto con las de Thomas Hardy o Faulkner). Allí las leyes físicas son una anécdota frente a la carga sentimental y la maleta fabulosa de cada personaje (los de Cien años de soledad, Los funerales de la Mamá Grande, La hojarasca, La mala hora o El coronel no tiene quien le escriba), como en la troquelación. Con Crónica de una muerte anunciada (1981) une ambos procedimientos (el testimonio y la fábula) en un relato engarzado de elipsis que ya transciende en su técnica incluso a Macondo y su mundo. Es autor también de cuentos simplemente perfectos, como los de Doce cuentos peregrinos (“Tramontana” es difícilmente olvidable). Vargas Llosa tiene más que justificada su presencia troquelada aquí, pues entre ellos dos (más otros cuantos y cuantas, como Carpentier o Elena Garro) poblaron la realidad de una magia a salvo para siempre de la muerte y la destrucción.


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