miércoles, junio 10 2026

Mi nombre es Lara por Emecé Condado

´Jueves, 19 de junio

Nos habíamos cruzado tres veces en el ascensor. Cuatro, si cuento la del martes, cuando apareció en el portal justo mientras yo me peleaba con el buzón, ese traidor que decidió cerrarse como una almeja en ese momento. Al levantar la vista, ahí estaba él. Alto, y con esos ojos verdes que parecían un cachito de mar. Llevaba unos cuantos libros bajo el brazo y una camiseta negra que decía: «TE
ESTÁBAMOS ESPERANDO». Empezó a volar mi imaginación, que últimamente se activa con poca cosa.

Me sonrió con esa clase de sonrisa que no sabes cómo interpretar, pero que estás segura de cómo quieres interpretarla. Yo, que llevo meses practicando el celibato más por resignación que por convicción, le devolví la sonrisa. No sabíamos nuestros nombres. No nos hacía falta. Las miradas bastaban para hacer inventario de lo que podría pasar, de lo que no, de lo que quizás ya habíamos soñado o de lo que ni siquiera nos habíamos atrevido a imaginar… No me lo pude quitar de la cabeza en toda la tarde.

Y anoche, como el calor no me dejaba dormir, subí a la azotea, a mi rincón de siempre. Apoyé la espalda contra el muro, con las piernas cruzadas. Respiré profundamente y me puse a mirar las estrellas. O a adivinarlas. Oí pasos, luego el crujido de la puerta y el sonido de alguien que se acercaba. Era él, con un cigarro en los labios. Se quedó de pie mirando los tejados, de espaldas a mí. Cada calada iluminaba la silueta de su cabeza. Yo lo miraba absorta, en silencio, rezando para que no me descubriese.

—¿Te molesta que fume? —preguntó.

Me sobresalté.

—Joder, me has asustado.

Sonrió. Esa sonrisa, otra vez…

—¿Te molesta? —insistió.

—Solo si no compartes.

Se acercó y se sentó a mi lado. Me pasó el cigarro. Y no era tabaco. Durante unos segundos, silencio. El humo se colaba entre nosotros mientras yo intentaba llenarme con su aroma. Olía a piel. No a perfume. No a gel masculino de supermercado. A piel. A deseo en pausa. Me entró por la nariz, pero se instaló más abajo. Bajó sin pedir permiso y se quedó ahí.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Lara.

—Simón.

No nos dimos la mano. Tampoco dos besos. Ni falta que hacía. Él me miraba como si ya me hubiera visto desnuda. Como si ya lo hubiera imaginado. Yo, mientras, me sabía derretida. Permanecía callada al principio, me limitaba a escucharle, porque temía que al abrir la boca se notara que me temblaban hasta las ideas. Y es que nos tocábamos sin tocarnos. Con el humo. Con el aliento. Con cada pausa. Yo solo pensaba en su lengua. En cómo sería oír mi nombre susurrado entre jadeos.
Hablamos del insomnio. De la ciudad. De la noche. De su último libro. Pero yo ya  estaba en otra escena. Una con paredes y una cama de sábanas blancas. Una con su boca bajando por mi vientre. Una con sus dedos sabiendo por dónde empezar para volverme otra.

Pero, contra todo pronóstico, solo hablamos.

Y, sin embargo, ardíamos.

Cada vez que se pasaba la mano por la nuca, mi piel tomaba nota. Con cada sonrisa suya me ardía el coño. Y yo pensaba: «Ufff… y eso que todavía no me ha tocado. ¿Cómo será cuando lo haga?».

Continuará…

@Emecé Condado


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