jueves, septiembre 3 2026

Cartas desde la otra América: Remitente 12: Alejo Carpentier by Félix Molina

Alejo, dónde está tu Cuba, en qué jícara del tiempo la has perdido, ahora que los diplomáticos con querencia por las letras de medio mundo te rodean en París en un velorio, esperando tu repatriación y, de repente, estás en una plaza, contemplando el cielo de Oviedo, pendiente de que un rey te entregue un premio. Te duermes una siesta y cuando te levantas descubres como un ritmo en los ventiladores y en las mucamas que vierten té dulce o lento café en cada taza de cada estudio. ¿Ya en Cuba al fin? Radio Habana. Te peinas hacia atrás, pero miras siempre hacia delante, querido director, aleteando entre las guajiras y los rescoldos de la máquina, la guillotina de El siglo de las luces en tu frente.

Venezuela, ahora mismo. México. Haití. ¿Buscando siempre tu Cuba, Alejo? Ahí escribes un cuento donde todo vuelve a la semilla, como esta prosa que te troquela, pero ya otra vez Francia, ya otra vez la música, siempre la música, que va y viene, que es de nadie, que no es país ni destino, solo tránsito, Alejo, piano que se vuelve clavicordio y al revés. Mira: Cuenca, Toledo, Madrid… ¿Está ahí tu Cuba, Alejo? ¿Se escucha entre las bombas del 36, entre el jarabe lánguido del acento de Federico, entre los capitelillos barrocos de la catedral?

A Francia otra vez, parece tu destino. ¿Escribes en francés, Alejo? ¿Intentas remedar con las liaisons francesas las elipsis cubanas, ese comerse todo lo que se pueda mientras se habla? Oh, los surrealistas. La joya más hermosa de Europa. Iniciarte en los cuentos. El realismo mágico o lo real maravilloso. Tú y tus búsquedas. ¡Écue-Yamba-O!

Pero ya estás en Cuba. Escribes en La Discusión. Has vuelto (como no) de París, donde soñabas con ser un pianista. O un clavicordista, quién sabe. Ya cerca de Loma de Tierra. Tu padre, Jorge Julián, que ya no está, que se ha ido sin irse, te leía en voz alta y en francés a Poe, a Whitman… Y en español apagado pero vibrante a Martí. Tu madre, Lina, te consuela de esa ausencia con Chopin, con ese Chopin guajiro que te recibe en casa tras los primeros trabajos.

Un minuto y Lausana, Suiza, Europa. La luz, entre el pelo de una mujer que te acerca su boca. Detrás la voz de un hombre, que parece recitar, pero solo dice tu nombre: Alejooooooo… El primer pensamiento, sin nombre.

¿Dónde tu Cuba?

Alejo Carpentier (1904-1980) es el primer escritor cuya muerte recuerdo siendo yo un niño. No lo leía aún, iba a tardar en leerlo. Escuché ese nombre en la televisión y me sonó barroco, como de otro mundo más bien, porque poco sabía yo de estilos ni de arte. Diplomático, musicólogo y escritor, toda su existencia está taladrada por estas dedicaciones. El tránsito (y el tiempo como una de sus formas), la música y la literatura colman su existencia, troquelada a la inversa en esta prosa, como en su cuento Viaje a la semilla (1944), narración maestra en lengua española sobre los traspiés del tiempo, como lo fue en lengua inglesa el Benjamin Button de Fitzgerald. Écue-Yamba-O, Los pasos perdidos, El siglo de las luces o Concierto barroco son algunas de sus partituras, perdón novelas, donde nunca pierde esas otras conciencias de su vida: el trasiego y los sonidos, presentes siempre en su escritura. Escribió cuentos inmejorables en francés y en español, como los de Guerra del tiempo que esta prosa troquela, o ensayos sobre música y literatura (La novela latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo y otros ensayos). Escribió un libreto de ópera, y cabe imaginarlo muy feliz en ese momento.

 


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