lunes, septiembre 14 2026

Ensoñación por Ricardo Mazzoccone

Era una fría tarde de lunes en Buenos Aires.

El viento aceleraba el paso de la gente que caminaba bajo un cielo gris, iluminado por furiosos relámpagos. A pesar de ello, Mariana caminaba displicente. No le importaba lo que ocurría a su
alrededor. Sus demonios habían escapado del dormitorio para acompañarla.

Decidió entrar en una librería antigua.

La campanilla de la puerta le avisó a Luis que alguien había entrado.

─Hola, buenas tardes. Soy Luis, el arquitecto de un mundo de fantasía. Siéntase bienvenida.

─Hola, soy Mariana─ fue la escueta respuesta y siguió su camino.

El hombre sonrió. La mujer comenzó a caminar por aquellos mágicos pasillos. Encontró miles de libros de todos los tiempos, prolijamente desordenados. El perfume de las hojas, del cuero, encendían la imaginación, la fantasía, los recuerdos. Las luces tenues estaban bien distribuidas. La calidez de los estantes y los muebles antiguos de madera junto a los detalles de pequeños faroles, cuadros, lámparas antiguas y hasta un sillón para sentarse y leer, creaban una atmosfera irreal.

La temperatura era perfecta dentro de aquella tienda de libros. El tiempo parecía no correr, estaba quieto. El silencio solo se interrumpía con los murmullos de los protagonistas, escapando de los
libros.

Luis era un hombre alto de cabellos blancos, delgado, con los surcos de la vida bien marcados en su rostro y un porte distinguido. Mariana, era una mujer de clase media, culta, viuda, con rasgos muy bellos y ojos color café. Su mirada triste se disimulaba detrás de unas elegantes gafas.

En un momento, Luis se acercó para preguntarle.

─Perdón que la moleste, pero quería saber si acepta tomar un café. La casa invita.

─Me encantaría─ fue la respuesta.

Luis fue hasta la pequeña cocina y sirvió tres cafés, uno para Mariana, otro para un señor que buscaba libros de historias sobre la segunda guerra mundial y el último para él.

Mariana se acercó a la mesa donde estaban servidos y se sentó en una silla de siglos pasados.

Luis sonrió complacido y se sentó en su vieja mecedora.

─Espero que sea de su agrado Mariana.

─Estoy muy a gusto aquí. Y es raro en mí. Me recuerda a las librerías francesas.

─ ¡Qué bien! Estuvo en París. ¡Magnifique! ¿Sabe que viví allí veinte años? ─dijo Luis.

─Habrá sido maravillosa esa experiencia. Yo viajé hace algunos años. Ya solo quedan los recuerdos con mi difunto marido.

─Lo lamento Mariana─ dijo compungido. Ella solo miró al piso. Y preguntó.

¿Y dígame…porque se volvió a Buenos Aires? No es fácil alejarse de Paris. ¿A qué se dedicaba?

─Tenía una librería “Le bouquiniste”, con quien fuera mi esposa, una divinidad francesa llamada Sophie. Si tiene tiempo le cuento.

─Nadie me espera en casa, Luis. Si usted no tiene que cerrar, me quedo. Hace mucho tiempo que no me siento tan a gusto en un lugar.

─Bien, solo espero no aburrirla. En los setenta era un joven inquieto, con ganas de recorrer el mundo. Trabajaba y viajaba. Solo. Así conocí Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia y México. De cada lugar tengo recuerdos magníficos.

Cuando cumplí treinta, me propuse conocer Europa. Un par de años después, estuve en Barcelona, Madrid, Roma, Florencia. Y llegué a París. Su belleza me hipnotizó, sus calles, sus edificios me recordaban mucho a mi Buenos Aires. Su gente me pareció encantadora.

Era primavera y sucumbí a la magia parisina, con sus avenidas ribeteadas por un verde suave y los árboles en flor. Decidí quedarme un tiempo. Quería conocer todo; sus museos, las plazas, a sus pintores y sus poetas, sus ruinas, sus iglesias.

Renté una buhardilla en el último piso de un edificio del siglo diecinueve. Tenía una cama, un lavabo y un bidet. Las duchas y bañeras estaban en una sala grande en otro piso, igual que los retretes. Estaba en Francia…─ dijo y sonrió.

─Perdón, ¿Quiere otro café?

─Si no es molestia─ respondió Mariana.

El señor que buscaba libros de historia se había ido sin comprar nada.

Afuera, el frío traía consigo la melancolía del invierno, música lenta y fogatas encendidas.

─Sigo. Una mañana, entré a la Boulangerie cerca de mi domicilio para pedir un Pain au chocolat─ dijo y se detuvo al ver el rostro de placer de Mariana.

─Podría vivir comiendo eso─ dijo la mujer, extasiada.

─Eso y croissants…Bien…Al entrar la vi. Estaba de espaldas. Era una mujer alta, delgada, con el cabello rubio que le llegaba a la cintura. Tenía botas altas y un vestido ajustado por demás breve. Pero al darse vuelta, el amor traspasó mi alma, toda mi existencia, desde la primera hasta la última.
Sus ojos verdes, eran los mas hermosos que había visto en mi vida, su boca era un fruto prohibido, su piel blanca invitaba a acariciarla y su sonrisa…su sonrisa era un estallido de alegría y sensualidad. Nos miramos. Sonreímos y ella siguió comprando.

Hasta que me decidí.

─ ¡Hola, buen día! ─ le dije.

─Salut─ respondió.

─ ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? ─ me preguntó.

─Me llamo Luis y soy de Argentina, de Buenos Aires, Piazzolla. ¿Y tú? Hablas bien el castellano, creo.

─Me llamo Sophie, nací en Burdeos, pero mi infancia transcurrió en Madrid. Durante mi adolescencia regresamos a Francia y mis padres quisieron radicarse en Paris.

─Que bien. ¿Y qué haces aquí?

─Trabajo en un banco y en mis ratos libres pinto.

Yo no podía dejar de mirarla. Cada palabra, cada segundo contemplándola era una gota mas de amor que caía en mi fuente.

─ ¿Y tú que haces aquí?

─Me enamoro─ dije sin pensar pues mi corazón había tomado las riendas de la situación.

Sophie estalló en carcajadas. Aquella risa me enamoró aún más.

─Pero… ¿Te enamoras de todas?

─Solo de ti─ dije sin respirar.

Esta vez ella no rio. Me miró y un escalofriante silencio corrió por el aire. Hasta que ella dijo.

─Bien, cuéntame más sobre eso. Ven, vamos a mi departamento.

Mi corazón se escapaba de mi pecho. No podía creer que aquella mujer me estaba invitando a su casa. Bajo un sol francés, caminamos hasta que llegamos. En el antiguo ascensor de hierro y paredes de madera, nuestros pulsos ya estaban acelerados, nuestra piel hervía y la respiración era jadeante.
Comenzamos a besarnos con furia y pasión, a acariciarnos por debajo de las ropas.

Al llegar al octavo piso, bajamos e hicimos el amor en la puerta de su casa. Luego entramos y estuvimos todo el día desnudos, a los ojos del sol y de la luna, viviendo entre orgasmos y estrellas…perdón Mariana, ¿La incomoda el relato?

─Para nada mi amigo. El buen sexo es un placer olvidado. Gracias por recordármelo.

─Ok. Durante meses el placer dominó nuestras vidas. No podíamos estar vestidos, no podíamos dejar de besarnos, de decirnos mil veces “Te amo”, de soñar que solo amor cultivaríamos hasta morir. Entre lunas y mas orgasmos soñados, decidimos poner una librería donde también
exhibiríamos las pinturas de Sophie. Con los ahorros de ambos pudimos lograrlo.

Durante cinco años la vida fue una sinfonía universal. El negocio marchaba bien, las pinturas de Sophie se vendían como pan caliente y las noches eran solo nuestras. Ella, yo y una cálida nada alrededor.

Hasta que un día conocimos la fragilidad de la existencia. Fue en una noche lluviosa que Sophie perdió el control de su auto y volcó en la ruta. Quedó paralítica. Su alma quedó deshecha. También la mía. Amábamos nuestra vida y sabíamos que ya nada seria como antes. Mi corazón era solo fragmentos. Su corazón había quedado atrapado entre los fierros retorcidos del coche.

Después de varias semanas, salimos del hospital con ella atada a una silla de ruedas para siempre.
Nuestra casa en los suburbios ya no fue la misma. Sophie le daba vida, luz, alegría. A los treinta y cinco años, postrada para siempre, era un golpe muy difícil de asimilar. Durante las noches, el llanto sordo de mi amada hacía crujir al cielo. Ninguno dormía.

Sus ojos habían perdido el brillo que da la vida, su piel se había opacado, a su cabello le faltaban los rayos del sol. Y su peso estaba por debajo de lo normal. Pasaron los meses y no salía del cuarto. No hablaba, se higienizaba solo con ayuda, apenas comía y bebía solo agua. Su deseo de vivir se había extinguido.

Jamás la dejé sola, nunca me fui de su lado aun sabiendo que nada la traería de vuelta. Estuvimos dos años así. La casa comenzó a caerse a pedazos, la librería estaba casi siempre cerrada y las pinturas de Sophie volaron con el viento hacia la cueva de las ilusiones perdidas. Nuestro sueño de amor quedó encerrado en una burbuja de melancolía.

Y fue al atardecer de un día gris que entré al cuarto de Sophie. Me emocionó verla con una sonrisa en su rostro.

─ ¡Que lindo es verte sonriendo, amor mío! ─dije.

─Ven amor, bésame como si fuera la última vez.

Me acerqué a ella y la besé con una pasión contenida de siglos, con la dulzura que ella merecía, con todo el amor que por ella tenía. Hasta que su último aliento se quedó dentro mío. Allí sentí una dulzura inexplicable en mi boca que luego se guardó en mi pecho. Era su alma besando a la mía.
Lloré su muerte por años. Aun la amo y la amaré hasta el último segundo de mi vida…

─Perdón, señorita… ¿Se encuentra usted bien?

Mariana abrió los ojos y la miró sin entender, estaba aturdida.

─Sí, sí, perdón. Luis estaba contándome su historia con Sophie y no sé que pasó. De pronto te veo a vos. Perdón otra vez ¿Luis dónde está?

La mujer la miró y sonrió.

─A ver si puedo ayudarla. Mi nombre es Mercedes y soy la dueña. Vi que usted tomó el libro de Sophie y Luis. De hecho, aún lo tiene en su regazo.

─NO, no pue…si…si…lo tengo en mi falda. Estoy muy confundida. Entonces…

¿Quiere decir que nada fue real?

Mercedes le tomó la mano para tranquilizarla y le dijo.

¡Es la magia de los libros mi estimada amiga!

Mariana, emocionada, abrazó a Mercedes, le compró el libro y salió dispuesta a vivir su propia historia. Luis había logrado sacarla de su letargo con aquella historia de amor.

@Ricardo Mazzoccone.


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