Mis abuelos por Pilar García Torres (Algarabia).- Poesía

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Aún recuerdo sus caras, sus dichos, sus enseñanzas.
Eran menudos, como yo, morenos de ojos marrones
Ella era Manuela de piel blanca, muy blanca,
su pelo de nieve siempre brillante,
vestida de negro por los hijos que tuvo que enterrar.
Era el verano, los trabalenguas, la siesta, la vida
el contacto con la tierra y con el cielo.
Amaba a su hombre con esa desesperación de quién se sabe vulnerable
de quién ha tenido que ganarse la vida a fuerza de trabajar.
Amaba a sus hijos y a los hijos de sus hijas con el calor de la hoguera,
con el amor silencioso de las mujeres castellanas,
aquellas que aprendieron a temer el dolor de la ausencia.
Las que vivieron el miedo a una guerra sin guerra,
a un horror con terror, al hambre que sintieron,
a vivir en silencio, hablar en voz baja, a sentir represiones,
temiendo al señorito de la casa en que servían.
Manuela era cariñosa, entrañable, buena y celosa,
muy celosa de Felipe.
El tiempo distorsionó su entender con palabras amables
que se repetían una y otra vez, y entonces le decía:
“el día que sienta que me muero
te cojo del cuello y te vienes conmigo.”
Y se lo llevó un año después.
Felipe se rompió por dentro sin Manuela.
Él era el invierno, el calor, la risa, el cascabel.
Luchando toda su vida por lo justo, por lo que importa,
por un trabajo digno, un salario decente
y entonces llegó el apocalipsis,
la muerte, el miedo, el hambre, la guerra.
Y con ella sus ilusiones.
Contador incansable de cuentos interminables
que hacían nuestras tardes amenas y cálidas.
Nunca hablaba de esa guerra, de su encierro,
tres meses lo tuvieron sin saber dónde,
nunca habló de ese tiempo, nunca supimos.
Volvió sucio, enfermo
y con la tristeza en la mirada de quien ha perdido la esperanza,
nunca sentimos su dolor, sólo la menguada salud que los esbirros del tirano le dejaron.
Pero vivió para poder votar por primera vez muerto el sapo.
Murió de ausencia y de pena por Manuela

“nadie se muere por nadie”
Pero cuando las ganas de vivir nos dejan, cuando la vida nos pesa por el dolor que
sentimos,
cuando el amor de nuestra vida se va,
cuando extrañamos el latir compañero,
cuando el amor de otros no nos basta,
como le pasó a Felipe, ya nada vale nada.
Nos dejó sus tardes de invierno y su amor,
sus cuentos, sus navidades, sus panderetas y su amor.
Nos acunó con sus canciones y su alegría de vivir.
Manuela y Felipe se amaron por encima de sus posibilidades;
y nos amaron por encima de las nuestras.
Ojalá todas las criaturas tengan unos abuelos como los míos.
Ojalá mañana, mis nietas puedan pensar lo mismo de mí.

@Pilar Torres poema

@Imagen Pinterest


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