El día empieza con la nueva promesa de luz, pero hoy tengo que matarte porque lo exige mi país, mi patria, la verdad de mi tierra, de nuestros intereses, nuestra seguridad, nuestro derecho a la prosperidad. Tú y yo estamos en guerra, y no me importan las razones de tu país, de tus padres, de tus gobernantes y generales. Hay que ganar la guerra, y tengo que matarte. En un camino de Georgia quiero destruirte el pecho con una bala que es como la de todas las épocas, con su diseño letal para que tu corazón ya no bombee más vida. Antes de conseguirlo, cerca nos explota una bomba. Quedamos tirados, heridos. Un viejo que cultiva mandarinas nos recoge (1). No sé para qué. Nos lleva a su casa, su huerta, entre sus canastas de cítricos, con gajos llenos de zumo o jugo.
Nos protege.
Nos cura.
Nos alimenta.
Nos cuida de nosotros mismos.
No comprende nuestra guerra. Quisiera que se pusiera de mi lado y me ayudara a matarte. Un enemigo que se mata en guerra, como tú, no tiene alma ni madre. Pero el viejo de las mandarinas no se pone de mi lado, y nos obliga a comer en una misma mesa.
Nos hace ver el uno al otro. No quiero saber nada de ti. Pero es tanto el tiempo y el aburrimiento aquí que la única distracción es decir algo. ¿Pero por qué dices que tienes una madre, una hermana, una novia? Dices que quieres hacer teatro, y no puedo negar que yo también tengo una madre, un hermano, una esposa, un hijo, que me esperan. Y a ti también te esperan. ¿Por qué ya no puedes evitar saber mi nombre, Niko, y yo no puedo evitar conocer el tuyo, Ahmed? ¿Por qué los días pasan y hablamos en la mesa ya no como soldados sino como el solitario que eres tú, y el otro solitario confundido que soy yo? ¿No será que solo somos seres de carne y hueso y deseos y sueños antes que máquinas de matar?
Y el viejo nos dice que seamos libres. Tu tendrías que volver a la guerra. Yo también. Otra vez deberíamos masacrar la primavera. Y vuelvo a verte a tiro de mi arma. Tendría que usar la bala. Pero ahora te conozco, Niko, y ya no podré matarte. Y yo tampoco, Ahmed.
Esteban Ierardo
(1) El viejo de las mandarinas remite a la película Mandarinas (2013), coproducción entre Georgia y Estonia, dirigida por Zaza Urushadze. El viejo de las mandarinas es Ivo, un solitario de origen estonio radicado en Abjasia, que junto con un médico salva la vida al checheno Ahmed y al georgiano Niko, dos soldados heridos durante la guerra civil en Abjasia en 1992, conflicto que se libró entre las fuerzas del gobierno georgiano y las fuerzas separatistas de Abjasia, que contaban con el apoyo de los rusos, cosacos, chechenos, y otros.
Foto arriba Ivo con el checheno Ahmed.

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