Me preguntaron porque quería el trabajo y no me entendieron al principio cuando les expliqué que necesitaba comprar tiempo. El tiempo no se compra me dijeron, el tiempo se invierte, el tiempo vale.
Yo necesitaba tiempo y dinero para poder escribir una novela y siempre que tenía una cosa me faltaba la otra pero nunca tenía las dos cosas juntas. Dinero para comprar lapiceras y papeles, para comer, para beber café. Tiempo para esperar que la tormenta de palabras se desate dentro de mi y quedar atrapado dentro de ella ,tiempo y dinero para encerrarme y escribir como un loco sin parar porque cuando el tren de las palabras arrasa con todo alrededor, no hay estaciones donde descansar y la noche trae las frases desbordantes que yo necesitaba escribir, que yo estaba esperando escribir y todas vienen en tropel, a los gritos enloquecidas desde lejos, desordenadas como siempre, atolondradas y yo las iba recibiendo una a una con sonrisas de bienvenida, con ojos de placer.
Ellas me fueron mostrando el camino recordado, la memoria pródiga, la imaginación febril e incansable, la fascinación por descubrir lo oculto, porque sabían que iba a estar solo durante noches eternas conversando con ellas, con las palabras, entre las horas y los días, entre la magia y la poesía, cambiando mil veces las cosas de lugar, escribiendo su nombre hasta el hartazgo entre los marginales costados de las páginas, para poder escuchar en silencio, el susurro de su voz detrás de las cosas que no tienen nombre.
Escribir una novela es morir y vivir mil veces al mismo tiempo, la fiebre alocada de los personajes, los viajes, los cambios constantes, el delirio razonable de la palabra fin, tan breve y definitiva como la palabra amor.
Y voy escuchando mientras escribo la música pausada de las frases en cada punto, en la férrea orden de los acentos autoritarios que lo remarcan todo y a pesar de eso, la angustia de que falta algo, de que puede estar mejor escrito, de que los tres puntos suspensivos no siempre alcanzan para hacernos preguntas, y los tachones y los yerros que nunca faltan, tan necesarios como la escasa lucidez que a veces a deshoras nos visita y nunca cuando realmente la necesitamos.
Y la siempre maldita perfección desvelada que nos castiga, que nos altera los planes obligándonos a empezar de nuevo.
Y la extraña fuerza que se va retirando de a poco cerca del final, con el veneno sobre las copas que no he dejado de beber, con el recuerdo del sexo de su boca en mi garganta, con la sombra de su rostro que se agiganta, con su bella desnudez que me perturba y me acosa en la pared.
Gracias a ella pude terminarla otra vez, gracias a ella pude sentir lo que escribo en su piel.
@Jesús María Cello.
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