Relato incluido en el libro Relatos de una Adoratriz
Se sentía cansada, un cansancio de los que produce tristeza, tristeza que le llegaba cargada con la consciencia de la fragilidad de todo en la vida, en su vida en aquel momento. Arrastraba el peso de las desilusiones, un lastre que en muchas ocasiones sentía que la impelía lejos de los mares azules de aguas calmas, llevándola hasta otro mar, de color oscuro y fondo insondable, mar de los Sargazos donde podría transformarse en un nuevo pecio que viniera a incrementar el amplio cementerio del mismo.
Por ello, en aquel tiempo, había dejado de creer en las mariposas, en esas mariposas multicolores que nos llenan el estómago y nos hacen creer que la magia existe al rozar con nuestros dedos el polvo brillante de sus alas. Lentamente había dado la espalda a los colores para adentrarse de lleno en la oscuridad, como las polillas atraídas por la luz artificial, sin saber que precisamente, esa atracción es la que termina matando a esas mariposas suicidas de la noche, dando vueltas frenéticamente alrededor de esa luz, hasta quemarse inmoladas en su propia obnubilación.
A veces, cuando se cansaba de pensamientos baldíos, recuperaba cierto brillo de antaño y caminaba con la confianza incierta del que cree todo vivido ya, pero con la esperanza latente del que sigue queriendo más, del que siempre quiere todo. Así, se asomaba a los acantilados de aquella agreste costa, queriendo dar la espalda a la artificial luz y deseando encontrar ese faro de luz diáfana que le mostrara que todavía era posible, que quedaba tiempo aún de seguir sintiendo el vértigo en el estómago y de despojarse de inútiles lastres.
Él llegó en un momento preciso, casi en el instante en que la fe se había retirado, en el momento en el que la duda ganaba terreno a la creencia.
Y ahora, sin esperar nada, pero deseándolo todo, sintió que podía asomarse al acantilado de sus ojos y sentirse libre, y sentirse ella, y lanzarse con las cinco palabras que conformaban aquella pregunta que desde hacía tiempo le quemaba en sus pensamientos:
—¿Te tocas pensando en mí?
—Sí, claro que me toco.
Desde aquel día no pudo dejar de pensar en aquella respuesta, y en todas las imágenes que implícitamente acompañaban a la misma. Hay pensamientos que terminan transformándose en gérmenes, comienzan siendo esa pequeña semilla que termina reproduciéndose hasta convertirse en una voraz enredadera que día a día tapiza nuestro interior. Así se encontraba ella, tapizada de imágenes que aun sin quererlo se filtraban hasta en lo más prosaico de su día a día.
De este modo, tuvo la certeza de que necesitaba hacer realidad aquella constatación de palabras, necesitaba ver lo ya imaginado una y cien veces, por lo que no dudó en invitarle a estar con ella en aquella habitación donde la luz se filtraba por las rendijas de la persiana, donde la cama se manifestaba presente y rotunda para dar la espalda al deseo soñado y ofrecerle toda la delantera al deseo carnal y cierto. Desnudos, enlazados, separó su boca de sus labios y le susurró vibrante de deseo al oído: «mastúrbate para mí, quiero verte». Ya no era un pensamiento, ya no era una pregunta, eran palabras, esas palabras dichas que conforman el mundo, cinco palabras de nuevo, ahora en modo imperativo con el apremiante de la necesidad de llenar sus ojos de las imágenes de él, de él deslizando su mano por sus testículos, de él aferrando su verga, de él deslizando lentamente esa mano arriba y abajo, cubriendo y descubriendo el glande de su miembro. En aquel momento ella supo que podía darle la espalda al mar tenebroso, que podía de nuevo bañarse en el azul intenso del cálido mar que nuevamente la inundaba y la arrastraba en una cálida y abrumadora humedad. Sintió que podía asomarse a aquellos ojos y abandonarse al vértigo. Abrió sus piernas y comenzó a acariciar su clítoris, tratando de acompasar su ritmo a aquella otra mano ajena a ella y a la vez tan propia. Sintiendo, deseando. Deseo del que fascina, del que embriaga, del que por un instante se transforma en único centro, difuminando todo lo demás.
Ella se volvió de espaldas, deslizando su mano por debajo y, sin parar de tocar cadenciosamente su clítoris, acompasó ahora su ritmo a la respiración de él; le instó a continuar, a que no parara hasta correrse sobre sus nalgas. Se asieron a sus respectivas respiraciones, tal como si estas fueran el hilo de Ariadna, el mapa de la isla del tesoro, la carta esférica para iniciar un lejano viaje que les permitiera sincronizar la llegada al final. Apenas sintió la deseada humedad deslizándose, mojándola ahora por fuera, se dejó arrastrar en un orgasmo pleno y lleno de diáfana luz, que barrió en el momento cualquier atisbo de artificialidad.
Creyó, o quiso creer que tal vez, que quizás el lastre podía quedar atrás, que las bombillas se habían apagado y sin esa luz las polillas se habían replegado nuevamente en la oscuridad, y que toda aquella humedad latente en su interior no era más que azul, mariposas azules con alas repletas de polvo brillante. Y pensó lo que tantas veces había creído, que el camino del sexo siempre es el más cierto, en él nos despojamos de trajes innecesarios, de cualquier disfraz de esos que usamos a diario. Que el sexo es un atajo que lleva directo al conocimiento del otro.
Volvió a asomarse a la tan conocida costa, sonriendo al ver las ráfagas de luz barrer el dibujo de la misma. El faro funcionaba, de momento no habría naufragios, de momento…
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
+ There are no comments
Add yours