Los caminos de la paternidad son inescrutables. Una de las paradas obligatorias es la de aplastarse en el sofá abrazando a tu criatura mientras ambos os rendís al poder hipnótico de la televisión. A través de oscuras y misteriosas maquinaciones, el mando a distancia impone Peppa Pig como la elección inevitable, acompañada de jaleos infantiles de aprobación. Después de unos meses viendo capítulos, y con la prepotente ensoñación de haberlos entendido, me gustaría compartir unas puntualizaciones que le voy haciendo a mi hija sobre la marcha y que a ella parecen convencerle:
i) Peppa es una cerdita consentida y odiosa. Actúa en todas las escenas como si fuera una diva de Hollywood. Siempre dispuesta a montar el pollo cuando alguno de sus planes —revolcarse en el barro o quitarle los ruedines a la bicicleta— se va al traste. Consecuencia del pasotismo y la tibieza de sus padres, que deberían ponerse las pilas si no quieren crear un monstruo.
ii) La serie es marcadamente machista. Mientras Papá Pig tiene una imagen de patriarca y persona independiente que la comunidad respeta, Mamá Pig complace cocinando galletas y relativizando su carrera profesional. Propongo un capítulo en clave igualitaria, en el que Mamá Pig sea quien conduzca el descapotable familiar. Al final intente aparcar mientras escucha las indicaciones del padre quien acaba poniéndose nervioso. Tras diez minutos y mil maniobras, la señora sigue sin aparcar y Peppa aprende que es mucho mejor ir en el coche de San Fernando.
iii) George, el hermano pequeño, se pasa la serie repitiendo constantemente la palabra dinosaurio y jugando en solitario. ¿Nadie se ha planteado que ese muchacho requiere algún tipo de atención especial? ¿Una visita a la orientadora del centro? En lugar de ello, Peppa se dedica a avasallarle. ¡Menudo ejemplo!
iv) Casi todos los capítulos acaban con los personajes en el suelo revolcándose de risa. Generalmente es la resolución de alguna situación divertida. Otras veces la escena están tan forzada que revienta la ínfima verosimilitud de la serie. ¿Por qué no dar un toque de realidad y acabar con los personajes mirando al techo, revisando la contabilidad familiar o desatascando el fregadero de la cocina?
v) Otro aspecto sangrante de Peppa Pig es la falta de madurez para asumir que la familia protagonista es en realidad una piara de cerdos. El destino de un cerdo es el de donar su cuerpo al ser humano para que este se deleite con un buen jamón, unos torreznos o una tapa de morro frito. Los creadores deberían plantearse una excursión de Peppa a Segovia que se culmine con una cálida visita al horno de Casa Cándido.
vi) Los padres muestran una preocupante tendencia a tolerar la mediocridad de sus hijos. De hecho, se podría considerar que Peppa Pig es una oda a la mediocridad de nuestra sociedad y, en caso de que fuera una serie con un trasfondo crítico, tendría su pase. Mi hija me lo ha hecho saber en reiteradas ocasiones: «Padre, yo no quiero ser astronauta ni escritora; yo quiero ser Peppa Pig».
vii) Si algo me da rabia de Peppa Pig es que genera una adicción que no he sabido curar. Una vez que acaba un capítulo, te engatusan con un título irresistible como La comida u Ordenando la habitación que hace imposible retomar tu vida cotidiana. A veces, cuando mi hija y pareja están en la cama, me encuentro viendo la televisión y sucumbo a la tentación de marcarme un maratón de Peppa Pig. Y así, gritándole a Peppa, George, Papá y Mamá Pig, me paso las madrugadas. Solo espero que cuando llegue el día en que mi hija deje de ver la serie, yo también sea capaz de hacerlo.
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