Pssss… Sí, esa que sostiene la copa de champán detrás de Octavio es su mujer, quizá por poco, pero lo que nunca va a dejar de ser es Elena Garro. Guárdame el secreto, pero he escuchado (o a lo peor solo he oído) que escribe novelas europeas aun siendo mexicana. Que sí, que aunque comentan de ella que es una clara epígona (o como se diga) del realismo mágico, lo que escribía mejor eran esas novelas con sabores deliciosos a Boris Vian, a los surrealistas, al nouveau roman francés…
—¿Y entonces en su novelas no hay Macondos, ni Comalas, ni militares sedientos de sexo o de sangre, ni civiles chorreando pena y desamor?
Los hay, pero con otras vestimentas… Son seres sofisticados, bohemios, que arrastran a otros o son arrastrados ellos mismos por las pasiones más o menos elementales. Léete Reencuentro de personajes y verás…
—¿Y qué dices que escribe la mexicana esta, solo novela?
No, no, de hecho es una de las dramaturgas primordiales del país. La señora en su balcón, Los perros, Sócrates y los gatos… Unas obritas breves (por eso lo de obritas), pero que mejoran mucho el teatro del absurdo.
— Vaya, teatro y novela entonces. Completita.
Más aún: se le ocurre ir a España en lo más caliente de la Guerra Civil y escribe unas Memorias de España 1937. Yo te las aconsejo si te quieres enterar de lo más secreto de la intelectualidad del momento. Es que además era periodista.
—¿Y cómo que no la conocía? ¡Es que no me lo explico!
Pssss… Calla, que nos van a oír. Se supone que la mujer fue muy crítica también con los intelectuales de México, los del Movimiento de 1968… Y claro, no se lo perdonan.
— Y su marido, ¿cómo dices que se llamaba?
Octavio. Octavio Paz.
—¡Ah, ese es del Nobel!

Elena Garro (1916-1998) es la novelista, dramaturga y periodista con quienes se ceban los cuchicheos de esta troquelación. Silenciada por ser una voz crítica con el Movimiento de 1968 de México, acusada de reaccionaria (hoy sería una fascista más en X), a pesar de no ser una autora simpática por muchas de las opiniones vertidas en sus escritos periodísticos a los que somos más afines al Libro de Manuel de Cortázar (digamos) es una narradora del máximo interés, a quien se atribuye además el origen del realismo mágico por sus primeras narraciones (sobre todo Un hogar sólido, de 1958, o Los recuerdos del porvenir, de 1963). Es de suponer que su autoexilio en París alimentó mucha de su literatura más estudiada, altamente disfrutable, y repleta de personajes obsesivos y a la deriva. Murió en Cuernavaca, con 81 años, y fue enterrada en el cementerio Jardines de la Paz. Pero definitivamente divorciada de Octavio.
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