Después de las vacaciones de verano, que este año fueron tardías, me dispuse a volver a escribir. Y me salió este relato hotelero, o más bien motelero, con tintes cinematográficos.
Motel
La habitación del Motel era notablemente más grande que mi exiguo apartamento de Brooklyn. El apartamento del tío Bill que había heredado mi madre y del que me había apoderado yo diez años atrás. Y el destartalado Impala del 68 que me ha traído a este pueblo en medio de la nada.
Salí de Brooklyn huyendo de mi mismo y de mi pasado. Patty me acompañó hasta Tennessee por la interestatal 81: cara A, cara B y luego cara A otra vez. En Knoxville saqué la cinta del radiocasete y la metí en la guantera, bajé la ventanilla y respiré el aire puro en silencio.
Había sacado todo el dinero de mi cuenta, para evitar que me rastrearan por la tarjeta de crédito. En Virginia paré a comprar un arma. La chica de la tienda, al detectar mi falta de conocimientos, me aconsejo una vieja Glock de segunda mano. La invité a cenar y acabamos durmiendo en su casa. Al día siguiente me marché temprano sin despedirme, pero dejando como pista falsa una tarjeta de visita que había cogido en una gasolinera de Pensilvania.
La mujer de recepción tenía aspecto y acento paquistaní. Me ofreció la habitación con cama king size por el precio de la queen size. No le quedaban más libres. Firmé con un garabato ilegible y pagué por adelantado. Desde la ventana de la habitación podía ver mi auto aparcado junto a una farola.
El pueblo parecía tranquilo, una tranquila y anónima población del sur. Salí a caminar y en busca de un local en el que tomar una cerveza fría y un plato de carne. Para camuflarme me había dejado unas largas patillas, de “chuleta de cerdo” como las llaman por aquí. Ahora estaban medio difuminadas por una barba incipiente de tres días. El pelo largo y unas gafas de espejo completaban el modelo. Conjuntadas con un raído pantalón y unas exageradas botas vaqueras.
El Snak-Bar Atlanta tenía buena pinta. Un garito oscuro con mesa de billar y luces de neón de propaganda. Me dirigí a la barra y, quitándome el palillo de la boca, pregunté si me darían de cenar. El camarero, un hombre gordo con aspecto de motociclista roquero y cincuentón, me señaló la mesa que estaba junto a la ventana. En la carta había burritos, nachos y costillas a la brasa. Opté por lo último, regado con una Budweisser bien fresquita.
Llevaba más de una semana pernoctando en moteles, en granjas, en bosques o en el asiento trasero de mi Impala. Avanzando de manera errática por carreteras de diferente denominación. Girando hacia el norte o hacia el sur alternativamente. Sin dejar un rastro claro. Distribuyendo pistas falsas por doquier. Era imposible que me localizaran. No tan pronto.
Cuando el bigotudo con sombrero de ala ancha entró en el local recordé que había dejado la Glock debajo de la almohada. Siempre a mano para una urgencia nocturna. Y todavía no me habían servido ni el bol de patatas fritas. Las pisadas del sicario sonaron como campanadas en toda la sala. Se acodó en la barra dándome la espalda. Señal inequívoca de que venía a por mí. ¿Él y cuantos más?
Hubiera sido mejor quedarme en Nueva York y afrontar mi destino. Mickey hubiera sido magnánimo conmigo: una paliza y una cojera de por vida. Y yo habría aprendido la lección. Pero tuve que hacerlo difícil. Si al menos hubiera sido un veterano de guerra o un exmarine o un agente especial de la CIA… pero no era más que un mediocre comercial de una empresa de telefonía móvil. Pero no todo estaba perdido. Aún no. Disponía de un buen tenedor y un cuchillo chuletero. Di gracias a dios por no haber pedido el burrito.
Hice como que recibía una llamada y me acerqué el móvil a la cara. Hablé dando voces, como discutiendo con mi interlocutor mientras me levantaba y me dirigía a la puerta. Le hice una seña al camarero heavy como indicando que volvería enseguida.
Un minuto más tarde el bigotudo entraba despacio al callejón adyacente. La mano derecha en el bolsillo del chambergo abultaba algo más que mi pequeña Glock. La primera cuchillada le alcanzó el antebrazo, la segunda le seccionó la yugular. Cayó al suelo como un fardo. Arrastré el cuerpo hacia lo oscuro y le despojé de arma y billetero: dinero y documentación.
En menos de dos horas cruzaré al estado de Kentucky. Me da rabia quedarme sin probar las costillas del “Atlanta” y la cama king size del motel, aunque hubiera sido solo. Demasiada cama para un hombre delgado como yo. Espero que la ventaja de dos horas sea suficiente. Vuelvo a poner a Patty en el radiocasete. ¡Qué paz conducir de noche por carreteras secundarias!
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.