viernes, mayo 29 2026

En la cuenca minera por Carlos Cubeiro

Octavio madrugaba todos los días para acudir a su puesto de trabajo en la mina. Su abuelo y su
padre se habían dedicado desde lo que recordaba a la extracción del carbón y ahora le tocaba a
él a sus dieciocho años recién cumplidos.

Desde muy pequeño se asomaba a la puerta de casa para ver salir por la bocamina a los mineros tiznados de negro con sus cascos y sus lámparas de carburo, pero sobre todo a su padre que llegaba cansado y con dificultades para poder respirar.

Ahora le tocaba a él ir a la mina para mantener a su madre y a sus tres hermanos pequeños. Cuando las primeras luces del alba se veían en el horizonte, Octavio estaba ya en la entrada de la mina dispuesto a iniciar su turno. Su madre lo miraba preocupada, pero no podía hacer otra cosa que confiar en el buen hacer de los mineros para que el día terminara sin sobresaltos, ahora que
faltaba el cabeza de familia fallecido un par de meses atrás por graves problemas pulmonares.

Aunque sabía qué era un trabajo de riesgo, Octavio lo afrontaba con ilusión y con los ánimos por las nubes, aunque éstas fueran del color del carbón. Además pensaba en su familia y que no había otro modo de salir adelante. Picando aquí y allá, apilando baldes llenos de carbón para su posterior traslado a la estación del ferrocarril y otros menesteres de menor importancia fueron
pasando las horas y los días. Daba igual que amaneciera soleado o cubierto de nubes, allí abajo el
polvo fino convertía el aire en casi irrespirable.

Al terminar el turno su madre lo esperaba con impaciencia tras los cristales de la cocina. Aguardaba la llegada de su niño cubierto por una capa de polvo negro que lo hacía igual a los demás compañeros mineros.

A esa hora dejaba a un lado sus labores de costura para abrirle la puerta y abrazarlo como si no hubiese un mañana. Una tranquila mañana de Diciembre, para ser más exactos el día de la patrona Santa Bárbara, las cosas estaban a punto de cambiar para siempre en la cuenca minera donde faenaba Octavio, donde cada jornada arrancaba el negro carbón para ganarse el pan que llevar a su familia.

Tras varios años trabajando, su vista estaba cansada y ennegrecida, veía el panorama a través de una especie de telaraña gris que le impedía alcanzar más de una treintena de metros. Su salud se iba debilitando día a día y con más frecuencia de la deseada manchaba con esputos negruzcos los
pañuelos que con mimo le planchaba su madre cada día. Aún con todos los males que sufría confiaba en vivir bastantes años más, al menos hasta que sus hermanos pudieran defenderse por sí solos.

Un ruido infernal procedente de la mina hizo temblar la tierra, y todas las casas de los alrededores. Salía polvo negro y humo a partes iguales, al tiempo que un minero, otro y hasta
una docena iban saliendo al exterior envueltos en negrura, mientras la bocamina se derrumbaba
tras sus pasos.

La potente sirena de alarma sonó en el lugar. Montones de piedras tapiaron la entrada dejando encerrados a un gran número de trabajadores. ¿ Estaría Octavio entre ellos o por el contrario era una de las decenas de víctimas bajo los escombros de la entrada. Con lágrimas en los ojos que le iban empapando las mejillas una mujer contemplaba la terrible escena con impotencia sin poder hacer nada, era la madre de Octavio deseando que su hijo no estuviera entre los sepultados.

Junto a la entrada de la mina se escuchaban gritos de dolor de los heridos y de dolor del alma de sus familias aguardando trágicas noticias. Cómo siempre ocurría ante las desgracias, los habitantes del pueblo se acercaban para prestar ayuda a sus vecinos, llegando incluso desde lugares muy alejados. Las rencillas y rencores no tenían cabida en medio de las desgracias, las manos de todos se juntaban para quitar las piedras una a una y rescatar a los que aún podían salvar o a los muertos para darles sepultura.

Al ver aquello, Marisa, la madre de Octavio, cerró los párpados para rezar en silencio por su hijo mayor. De pronto, sintió una fuerte opresión en el pecho, una sensación de angustia incontrolable, luego un dolor punzante que no cesaba con los analgésicos habituales. No podía esperar a que él regresara de la mina, debía llamar al médico. Con mucha dificultad fue marcando los números uno a uno haciendo girar la rueda en el sentido de las agujas del reloj, el auricular quedó colgando del cable ¿ Diga, diga?- se escuchó-. Marisa no podía contestar y el médico tampoco sabía quién llamaba.

Lleno de tizne y polvo, Octavio había logrado salir sin mayores heridas del derrumbe. Lo primero que hizo fue correr al encuentro de su madre para evitar que se preocupara. Al llegar a casa le extrañó no verla en el quicio de la puerta con los brazos abiertos. Giró la llave y lo que vio lo paralizó por completo. El cuerpo de su madre yacía en el suelo de madera de la salita con el auricular del teléfono dando tono de línea ocupada.

En el momento en que llegaba el médico lo hacían también los hermanos de Octavio. Tras un rápido examen, el rostro y el gesto negativo del doctor no permitían equívocos. Esa misma noche, las campanas de la iglesia tocaban a difuntos, los de la mina y Marisa por la angustia de no saber nada de su hijo durante más tiempo que su corazón podía soportar.

Unos años más tarde los hermanos de Octavio iniciaron su trabajo en la mina y así los cuatro
hermanos trabajaban juntos, así era su vida y no tenían ninguna queja a pesar de la innegable
dureza.

Suena la sirena, ¿una nueva explosión..?

Éste es un relato que bien pudiera estar basado en la vida de alguna de tantas familias que
vivieron siempre de su duro trabajo en las cuencas mineras a la luz de las lámparas carburo
picando carbón.

A todas ellas..

@Carlos Cubeiro relato
@Imagen Pinterest


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