lunes, junio 1 2026

Crónica de un viajero sin nombre por María José Luque Fernández

No sé exactamente en qué punto de este camino dejé de ser yo. Tal vez, fue cuando vendí, lo poco que tenía para pagarle a un hombre sin rostro que prometió llevarme lejos. O quizás, cuando mi madre, con su ojos húmedos, me besó en la frente y susurró que no mirara atrás. Desde entonces, yo he sido muchos individuos: un pasajero sin billete, un polizón bajo un camión, un cuerpo flotando con otros cuerpos en esa negrura del mar, que pocos conocen.

Partí de un lugar que no suelo nombrar porque a nadie le importa. Era un rincón seco, sin registro en los mapas y olvidado de la mano de Dios. Allí no se nace, se es un sobreviviente. Allí aprendí a leer las miradas de los que se marchaban antes que yo, y entendí que si me quedaba, terminaría como ellos: atrapado, resignado o muerto. La única opción era el viaje, ese mito entretejido en las sombras de las noches sin electricidad, donde  todos los hombres hablan en voz baja, susurrando sobre un futuro mejor, que nos espera.

Pagué más de lo que tenía. Cada moneda era un pedazo de mi vida, y cuando no tuve más, vendí mis miedos y mi dignidad. La primera parte del trayecto fue sobre ruedas, escondido en el vientre de un camión que cruzaba fronteras como si fueran líneas invisibles. El aire escaseaba y el hedor de otros como yo se mezclaba con el miedo. Un niño a mi lado lloraba en silencio. Apretamos los dientes y avanzamos.

El mar vino después. Nos amontonaron en una barcaza que no era más que madera podrida y promesas huecas. Nos empujaron sin mirar, como si fuéramos ganado. La noche en el agua fue eterna. Vi estrellas que nunca había visto y oí los rezos de quienes sabían que no llegarían al otro lado. Algunos saltaron o cayeron, tragados por el mar. Yo cerré los ojos y esperé a no ser, el próximo en hundirse.

Desperté en una costa que no reconocí. Me arrastré fuera del agua con los labios partidos y el estómago vacío. Nos encontraron, nos contaron, nos encerraron. Papeles, nombres falsos, órdenes que no entendía. Me soltaron en una ciudad donde nadie me miraba, donde mi idioma era ruido, mi historia era polvo. Me convertí en una sombra más en este paisaje de hormigón  y neón. Trabajo cuando alguien me lo permite, duermo donde buenamente puedo, es decir, vivo sin estar.

Y ahora, después de todo, sigo preguntándome si valió la pena el precio de este viaje. Dejé mi tierra para ser nadie en otra. Me arriesgué a morir para aprender que en esta civilización moderna, la muerte no siempre es el peor destino.

@ María José Luque Fernández

@Imagen Pinterest


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