SE ABRIÓ LA PUERTA…
La lluvia caía de tal forma que no se podía ver más allá de los zapatos. La luz amarilla de las farolas apenas podía iluminar el espacio que tenían debajo. Por las estrechas y empedradas calles el agua descendía como ríos caudalosos. Los paraguas se hundían por la fuerza de la lluvia. Los zapatos de los escasos paseantes navegaban sin rumbo llevados por la corriente.
La gente optaba por descalzarse para seguir camino en la casi total oscuridad. Una pareja corría bajo los estrechos aleros de los tejados intentando guarecerse de la tromba de agua. Su paraguas de rayas azules y blancas había quedado inservible en la papelera anterior. Entre la manta de agua les pareció ver, tres portales más adelante, una puerta de la que salía una luz, débil y rojiza. Era su oportunidad para no mojarse más. Se miraron y echaron a correr hacia aquel portal.
La lluvia no cesaba y ahora además se levantaba un viento casi huracanado. Cuando llegaron, antes de entrar, se dieron un beso mirándose a los ojos y cruzaron la puerta entreabierta hacia el interior.
Los dos temblaban como carámbanos por la mojadura. Desde el fondo del local, les llegaban unas voces mezcladas con música de rock.
En el espejo dorado de aquel hall se reflejaban sus rostros empapados. De pronto, una sombra, a sus espaldas, levantó los brazos. En la pared roja se dibujó nítida la silueta de un hacha enorme que descendía sobre sus cabezas. Un único grito se escuchó dentro y fuera del local, hasta más allá del final de la estrecha callejuela. Gritó él preso del terror, al ver ante sus ojos como la cabeza de su amada se partía en dos con la facilidad de un melón maduro. El espejo, salpicado de sangre, reflejaba ahora los ojos del hombre con una expresión difícil de describir.
Una figura vestida de negro blandía el hacha acercándose a él. Una opresión en su garganta le impedía balbucear palabra alguna y menos aún gritar pidiendo ayuda. El filo ensangrentado recorrió su cuerpo aterrorizado haciendo saltar en el aire cada uno de los botones de la americana y de la camisa rayada dejando su pecho velludo al descubierto. Sin saber lo que pretendía quien portaba el hacha con su acción, su cuerpo con los músculos paralizados, se deslizó hacia el suelo alfombrado de azul. La musculosa figura de negro levantó de nuevo el hacha con la intención de descabezar al hombre y en ese momento….
El hacha cayó de sus manos clavándose en el suelo entre las piernas del recién llegado. Sin dar
tiempo a nada la cabeza del atacante rodó sobre la alfombra azul con los ojos mirando al infinito.
La sangre se fundió con él color rojo de las paredes y de los apliques que iluminaban todas las estancias.
Unas manos femeninas sostenían una catana recién afilada, los ojos la miraban fijamente y al cadáver de aquel enorme cuerpo. La déspota y cruel dueña de aquel local, el prostíbulo La Dama Negra, terminaba sus días con su cabeza separada de sus ciento cincuenta kilos de puro músculo.
Desde el fondo del local regresó la música con más fuerza que nunca, en ésta ocasión sonaba para todos Led Zeppelin.
@Carlos Cubeiro relato
@Imagen Pinterest
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