El compás estaba sobre la mesa de trabajo. Un colorido mapa náutico mostraba el Mediterráneo y estaba marcado con una recta línea de navegación que unía Gibraltar con Atenas. Iban a ser quince días de travesía en el velero, por el mar Mediterráneo. Viajaría con su novia en una especie de luna de miel anticipada.
Zarparon. Laura y Lucas se entendían muy bien, sabían lo que querían, generalmente coincidían en sus ideas y se sentía como si fueran el uno para el otro, dos navegantes en mismo barco rumbo al mismo destino. Pero algo ocurrió en el viaje. No sabemos si fue un error de lectura de las estrellas que iban consultando para ajustar el rumbo, ella indicó subir unos grados, él insistía en bajar unos
grados, como no se ponían de acuerdo siguieron sin ajustar el derrotero y se toparon con una
tormenta a proa. El bote comenzó a ser tragado por esas nubes negras. El cielo desapareció.
Sin la guía de las estrellas y con gran temor intentaron rodear el frente oscuro. Pero fueron alcanzados por una lluvia torrencial, el viento agitó la nave como si fuera de trapo. En medio de la lucha por sostener el timón y salir de esa trampa mortífera, perdieron la carta de navegación con un manotazo de agua turbulenta. Sin embargo, siguieron luchando por dejar atrás las malas condiciones.
Cuando salieron del puerto iban felices, esperanzados, deseosos de ese futuro aventurero. Después de la tormenta, se sintieron abatidos, desconfiados, casi arrepentidos por haber minimizado los peligros o por haber sido tan incautos que ni siquiera habían hablado con pilotos experimentados en esa ruta.
Asomó el sol de la mañana como una nueva vida. La negrura se vio como un recuerdo que se alejaba a cada minuto. Allí estaba el compás, pero no había mapa. Discutieron nuevamente. Estaban tan agotados que cualquier cosa los sacaba de quicio. Por fin, coincidieron en buscar la costa, un refugio donde encontrarían una nueva carta náutica y se proveerían de los víveres que habían perdido en la voracidad del mar.
Al llegar a un embarcadero, respiraron aliviados. Todavía les quedaba una sonrisa para congratularse del esfuerzo de ambos. Consiguieron la carta y los víveres. Descansaron todo un día y sin emitir palabra volvieron a la embarcación. Pero una vez que se disponían a soltar amarras, se miraron y no se reconocieron, porque él no quería asumir el riesgo de una nueva tormenta en altamar. Ella, en cambio, pensaba que podrían sortear cualquier obstáculo juntos, como lo habían hecho recién. Pero la mirada fue todo lo que necesitaron para saber que todo había cambiado.
Él desembarcó. No dijo nada. Le dejó el bote a ella. Y la miró cuando se alejaba de la costa seguro de que ella estaba equivocada. Sabía que los peligros que le esperaban serían muchos y que sola en la nave el riesgo era aún mayor. Pero como se hace con las cosas que no se entienden, se dijo que ella estaba loca y con un chasquido con la boca y un meneo de cabeza, la sacó de su mente.
El barco se perdió en el horizonte. Lucas supo que un bote había tocado costas africanas, luego
pasó por Sicilia y más tarde por Malta. Por unos días no se supo nada más hasta que tuvo noticias de Creta. Pero luego, contrariamente a lo que habían planeado, en lugar de Atenas pasó por Egipto y, más tarde, por Turquía.
Él se preguntó qué hubiera pasado si hubiera embarcado con ella. Pero estaba feliz en Ibiza, así
que la pregunta no le duró mucho tiempo en la mente.
Ella también se preguntó qué hubiera pasado si él la hubiera acompañado. Pero sus preocupaciones ahora eran el mar, las corrientes y el tiempo.
@Mirna E. Gennaro
@Imagen Pinterest
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