Era una fría tarde de julio, adormecida por los vientos y el silencio en las calles. El sol no había decidido brillar. Doña Amanda estaba en su casa, sentada en su mecedora con la estufa cerca de las piernas y tapada con una manta que ella misma había hecho. Las voces de una vieja radio AM eran
lo único que se escuchaba.
Se encontraba tejiendo una bufanda para su nieta cuando el sonido del timbre la arrancó del
baúl de los recuerdos. Dejó el tejido, se levantó pesadamente y a paso lento fue hasta la puerta con sus noventa años a cuestas. Escudriñó por la mirilla y vio que era el cartero de siempre, acompañado por dos personas vestidos con traje. Sin abrir, preguntó que necesitaban alzando la voz.
─Doña Amanda, soy yo, Aníbal. Vengo con dos jefes del correo que necesitan hablar con usted. Es muy importante.
─Bueno, ya te abro nene─Dijo y fue a buscar las llaves.
Luego de abrir e intercambiar saludos, la abuela los invitó a pasar, aunque no a sentarse pues presentía no era una visita de cortesía.
─Ustedes dirán.
─Muy bien señora, mi nombre es Alfio Pérez y soy gerente de correos. Me acompaña Germán, mi asistente y Aníbal, su cartero amigo. El motivo de esta visita es para entregarle en mano una carta que por distintos errores humanos, se traspapeló. Aunque es importante que no se haya perdido. Recorrió el país hasta llegar a usted, hoy. Es de un familiar suyo que le escribió en el año mil novecientos ochenta y dos. Queremos entregársela y darle este cheque de cien mil pesos en compensación por la imperdonable falla en el servicio.
La anciana escuchaba, lo miraba y nada decía. Luego de unos minutos de aterrador silencio le sacó el sobre de las manos. El papel amarillo y sucio denunciaba el paso del tiempo. Al abrirlo y ver la letra, supo que era de Facundo, su hijo. Su corazón retumbó.
Cuando los ingleses invadieron Malvinas, el joven estaba haciendo el Servicio Militar. Lo llevaron al sur a pelear en la Guerra. Pero nunca regresó. Figura en los registros como desaparecido, ni vivo, ni muerto. Sus ojos enrojecieron y estuvieron a punto de estallar en miles de frágiles cristales. Mas tragó su dolor y se dispuso a abrir la carta, mientras los tres hombres la observaban y se miraban sin saber qué hacer. La anciana acomodó sus lentes y comenzó a leerla.
Malvinas, 13 de mayo de 1.982
“Querida mamá.
¡Cómo estás vieja linda! ¿Cómo te trata el frío en Buenos Aires? Cuidate y cuidalos a papá y a mi hermano. ¿Qué hacen, se portan bien o te hacen renegar? ¡Madre santa!
Quiero que sepas que los recuerdo y los extraño todo el día. Tu beso a la mañana, el desayuno, el colegio que me aburría. Ahora daría cualquier cosa por estar en el aula con mis amigos, tirándonos tizas, papelitos, banditas elásticas. Acá solo balazos y granadas se tiran. Recuerdo las tardes de fútbol con los chicos del barrio, las tareas, los paseos con Marina. ¿Cómo está? Yo la amo, vieja. Mucho. ¿Vos la querés no? Necesito que la quieras, mamá. ¡Qué linda era la cena en casa! Cuando comíamos los cuatro juntos, tus milanesas con puré, el flan con dulce de leche, las conversaciones con papá que siempre terminaban mal, pero se nos pasaba rápido el enojo. ¿Me extrañan? ¿Qué dicen?
¡Puta, que lindo era enojarse con el viejo! ¡Qué lindo era verte haciendo las cosas en casa! Ahora me doy cuenta del amor que le ponés a todo lo que hacés. De haber sabido que tres meses después de haber entrado al Servicio Militar iban a enviarme a una guerra de verdad…
¿Qué hago acá, vieja? ¿Qué tengo que ver yo y todos los chicos con este quilombo?
Tenemos diez y ocho años. ¡Hasta el año pasado íbamos al colegio, debo materias todavía! Tengo que dar matemáticas, inglés y física. Y quiero rendirlas porque voy a ir a la facultad como te prometí, quiero recibirme de abogado, vieja.
¡VENÍ A BUSCARME MAMÁ!
Decile a papá que me saque de acá. Que hable con algún amigo, sé que tiene muchos. Estamos cagados de hambre, sucios, y a cada rato veo a un compañero muerto, con las tripas afuera. Nos bombardean de todos lados. Los ingleses son soldados de verdad. Nosotros somos pendejos que hasta hace tres meses no sabíamos lo que era un FAL y encima, algunos ni disparan, se traban o explotan. ¡Son unos fusiles de mierda, del siglo pasado!
Escucho llorar y gritar de dolor todo el día. Somos chicos ¡La puta madre que los parió! El último muerto que había visto en mi vida fue al abuelo cuando tenía seis años y que me obligaron a darle un beso estando en el cajón. ¡Que frío estaba! No dormí esa noche. Y encima al primo Hugo le pegaron un cachetazo porque no quiso dárselo. ¡Un genio! Ahora veo muertos a cada rato. Trato de ayudarlos, pero ¿Cómo hago para pegarles la cabeza o el brazo al cuerpo? ¿O meterles las tripas adentro?
Perdóname vieja que te cuente todo esto, pero es que sos la única con la que puedo hablar. A mi hermano no le cuentes que es chico y a papá, si querés contale, pero cuidado, acordate que del corazón no está bien. Está muy gordo el viejo ¿Adelgazó algo? Dale menos de comer.
A veces hablamos entre nosotros, pero no mucho. Cuando no nos disparan, ni ganas de hablar y tratamos de dormir para no pensar en el frío y el hambre. A nuestra trinchera llega comida cada muerte de obispo. Las mantas tampoco llegan y no nos cambiamos de ropa desde que llegamos. Estamos sucios y mojados las veinticuatro horas. Pero a pesar de todo sigo pensando que voy a regresar cuando termine esto. Quiero que estos ingleses se vayan, porque no quiero que más chicos mueran. No somos soldados.
¿Por qué estoy acá, mamá? ¿Hice algo tan malo como para tener que estar en este infierno? Me peleé, robé caramelos, rompí vidrios con la pelota, mentí, me copié en los exámenes, pero ¿Era para tanto?
Si es así pido perdón. Solo me quiero ir, levantarme una mañana y caminar hacia la ruta, tomarme el micro y dormir todo el viaje en uno de esos asientos cómodos y limpios. Quiero regresar al barrio donde nací, ver la casa blanca recién pintada por el viejo, al rengo Fred correr hacia mí con el rabo girando loco como una hélice. Quiero abrazar a mi hermano, a papá, a vos y no soltarlos. Después quiero ir a ver a Marina para besarla toda la noche. Nunca pensé en la importancia de una familia. Ahora veo todo más claro.
Es lo más lindo del mundo vieja, tener un padre y una madre a los cuales abrazar, un buen hermano, un perro, amigos y una novia. ¡No necesitamos más en la vida, mamá! Te amo vieja, también a papá y a Rafa. Dales un abrazo muy grande de mi parte. Llamala a Marina y decile que voy a volver, que la extraño, que la amo. Y a vos, viejita querida, solo darte las gracias por darme la vida, cuidarme y quererme. Escribirme por favor, lo necesito, saber de ustedes me alegra el día y me da fuerzas.
Un millón de besos. Espero dártelos pronto. Sueño con eso cada vez que cierro los ojos.
Tu hijo Facundo”
Doña Amanda terminó de leerla y tambaleó por un instante, pero se repuso. Ninguna lágrima cayó de sus ojos. Llevaba treinta y ocho años llorando a su hijo mayor. Su fuente estaba seca como el desierto. Al año de desaparecido su hijo, su cabello renegrido desapareció. Sus sienes se tornaron blancas como así también su entristecido pubis. Dobló la hoja, la metió nuevamente en el sobre y la apoyó sobre su pecho sin decir palabra.
Fue el señor Pérez que habló, algo incómodo por la situación.
—¿Está usted bien señora? ¿Necesita algo?
La anciana, lo miró, miró a los otros dos, respiró profundo, cerró un puño y dijo.
—Sí que necesito algo, pedazo de granuja. Quiero que se vayan de mi casa, ¡YA!
Desaparezcan, pero antes deme el cheque porque con esa plata les voy a iniciar semejante juicio que vamos a ser todos famosos. Seremos tapa en todos los diarios. Son unos inútiles, incapaces, indolentes, hijos de puta. Me privaron del testimonio de mi hijo durante casi cuarenta años. Me privaron de la posibilidad de responderle. De haberlo hecho quizás le hubiera dado fuerzas para regresar. Pero ustedes con su incapacidad no me lo permitieron. Son una lacra. Mi marido se murió
de tristeza por Facundo, no soportó su ausencia. Mi hijo menor aún trata su depresión con psiquiatras. Todo por el hermano perdido. Nunca supimos nada de él, nunca. Hasta hoy.
¡BASURAS!
Deme el cheque y desaparezcan ahora—Gritó enardecida.
—Señora, lamento mucho su dolor y su reacción, pero no entendió. Solo puedo darle el cheque si usted renuncia a hacernos juicio. Y para ello tiene que firmar este documento, si no lo hace no le puedo dar nada. ¿Me entiende? —Respondió el gerente visiblemente perturbado por la reacción de la señora.
Dicho esto, la anciana se levantó de su asiento, fue hacia la cocina y regresó blandiendo una pala con la punta oxidada. Los hombres corrieron hasta la puerta y en la carrera, al hombre se le cayó el cheque al piso. Ya en la calle se subieron a su auto y desaparecieron en la ciudad. Con la furia aún a flor de piel Amanda cerró la puerta, acomodó todo y más tranquila fue a tomar la pastilla para la presión. Al regresar de la cocina encontró el cheque que guardó en el bolsillo de su delantal. Luego se lavó la cara y con el inmenso dolor que asomaba para quedarse, llamó a Rafa para contarle lo sucedido.
El muchacho no podía creer lo que acababa de ocurrir.
—¿Querés que vaya para allá, mamá?
—No hijo, no hace falta, estoy bien, quédate tranquilo—Respondió con la voz quebrada por la emoción.
Al cortar la comunicación Rafa supo que debía ir a verla. Le avisó a su esposa y salió en el coche rumbo a la casa de su madre. Amanda, con el teléfono aún en la mano, decidió hacer otra llamada.
—Hola, ¿Marina? ¡Como estás! Soy Amanda.
—Hola Amanda querida. Que lindo escuchar su voz después de tanto tiempo. ¿Cómo anda?
─Bien hijita. Espero no lo tomes a mal, pero…tengo noticias de Facundo.
Del otro lado un silencio ahogado por la tristeza estalló.
—¿Pe…pero cómo? —Balbuceó Marina.
—Si, recibí una carta que perdió el correo por treinta y ocho años.
Los voy a demandar, pero no te llamo por eso.
En la carta me habla de vos y quiero que sepas lo que sentía en aquel momento Facundo, nena.
—Voy para allá—Respondió Marina.
@Richard.-Ricardo Mazzoccone
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