Te cuelas en el vagón central de un tren perdido que se aleja de San Petersburgo y huele a magnolias. No te basta que lo esquilmado a la compañía ferroviaria sea un asiento y aprovechas la siguiente parada para trasladarte a un reservado, el que despide un olor a flores, como si fuera una funeraria. Te acomodas en la litera más baja, la que quien reserva el departamento por completo suele destinar a la ropa y las maletas. Allí están, como olvidadas, unas partituras de Manuel García (vaya, un sevillano), de Meyerbeer, de Brahms, de Clara… Hay muchas cartas también, desperdigadas, con letras tumbadas, como escupidas por las manos que las escribieron. Luego una novela impresa, pastas de cartoné forradas con cuero estampado de orillos. No sabes ruso, solo lees: Иван Сергеевич Тургенев. Pero un recorte de la prensa inglesa sí proclama un nombre conocido: Turgenev. Hay una litografía de una muchacha con ojos rasgados y un copete, recortada de un programa de mano o una portada y firmada con letra pulcra, con dedicatoria en francés: A ma chère sœur, par María Malibrán. Y las tildes del nombre y del apellido muy marcadas.
Apenas puedes notarlo, pero se abre la puerta y, sigilosa, una mujer velada y con bata japonesa sale del reservado.
Después del silencio que cubre tu descanso, llega un murmullo in crescendo desde el pasillo del vagón, como en una ópera de Rossini. Pero no es más que el revisor y un agente armado que trabaja para la compañía. Y la mujer de la bata, con mucho miedo en el rostro.
–Tranquilícese, Madame Viardot, ya ve que nadie hay en su departamento que esté removiendo su equipaje. Solo un fantasma o un crítico podría hacerlo en una estancia tan pequeña…
Patricia Highsmith | sus novelas

No importa que hayas sido la novelista a la que los directores de cine le toman el pelo, como Hitchcock a Daphne Du Maurier. Qué pequeña y qué gran novela de horror puro es Los pájaros y qué obsesión más horrorosa del gordo Alfred por las mujeres rubias. Pero yo no he corrido mejor suerte. Me cambian mi cínico Ripley por un niñato y siguen llamando a lo suyo talento. Tampoco le fue bien a Ese dulce mal en esa versión francesa de nombre olvidable. Traducir una sonata alucinada en una especie de thriller es mala cosa.
Sigo en este limbo, como el del viaje de las dos mujeres de Carol, esperando la comprensión de más ojos lectores, o esperando nada, qué cabe esperar, para qué mantenerme en la alerta de Howard en El temblor de la falsificación, agazapado en mi tienda beduina para utilizar mi máquina de escribir como pisacabezas, o persiguiendo autobuses de largo recorrido con un arma punzante, como el Walter de El cuchillo.
Qué quieren, prefiero vivir en esa casa que el ingeniero Forester espía asiduamente. La de la parejita feliz de El grito de la lechuza. Sin culpa. Sin dolor. Y sin rubias.
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.