La cuestión sobre la distinción entre ser humano y persona resulta pertinente dada la deriva contemporánea en relación a los atributos y méritos ostentados por algunos sujetos. Es más, se abona la perspectiva que implica la cuestión de la personalidad con lo material sin llegar a distinguir una realidad de la otra, pues, de manera evidente, las cosas son ajenas a las posibilidades de lo personal. Los objetos, por tanto, no suponen una extensión de una entidad cercana al ser humano, aunque separada por innumerables diferencias. Este debate está inserto en múltiples ámbitos, desde el ético al jurídico y, por supuesto, también desde el biosanitario al religioso. El ser humano podría identificarse con un ejemplar sano y completo de homo sapiens. Es decir, nos encontramos ante una realidad biológica obligada a valerse con los recursos del entorno. Sin embargo, es posible acordar que la persona va más allá de los lindes de lo biológico, pues, para comenzar, el homo sapiens hace tiempo que se desentendió del entorno natural para generar su propio ambiente cultural. Se abre una sima con respecto al resto de seres vivos que, por otro lado, nunca termina de separarnos definitivamente, pues también estamos sometidos a las necesidades más elementales. La persona, por tanto, debe desenvolverse en el terreno de la producción ejecutando acciones que satisfagan su faceta humana y que paradójicamente le separan de esta condición. Es decir, un bróker de Wall Street necesita pagar su alquiler, su manutención y su ropa. En un sentido básico no es más que el camino para la supervivencia, aunque esta ruta esté cuajada de conocimientos exclusivos en economía, matemáticas e incluso los propios de un tahúr. Ahora bien, consigue dar satisfacción a sus necesidades con las particularidades de su persona que, para el ojo experto, a buen seguro es reconocible en los rasgos de su personalidad. Quizás la ostentación de un reloj valioso o la altivez propia de su modo de vida individualista podrían darnos pistas sobre una apariencia superpuesta al ser humano funcional. Ahora bien, la persona se construye con acciones y hechos que adornan al animal. Es más, este agente bursátil ávido de beneficios no sería distinguible en un conjunto de individuos en una convención nudista, pues todos estarían despojados de los atributos vinculados a la persona.
Si nos ceñimos a las propuestas existencialistas de Jean Paul Sartre o Albert Camus, por poner dos ejemplos, el individuo es un ser arrojado a la existencia, aunque carece, en un primer momento, de una esencia definida. Los seres humanos, para lograr superar su circunstancia existencial, deben dotar de contenido su vida o, lo que viene a ser equivalente, construir un proyecto vital a partir del cual alcanzar la condición de personas. Por tanto, y partiendo de esta base, podríamos determinar que un ser humano se identifica con su realidad biológica y, por su parte, la persona trasciende este estadio para lograr la construcción de una esencia particular que permita el desarrollo de un proyecto personal. Por tanto, la simple función trófica o el funcionamiento de nuestros órganos vitales no nos hacen personas, pero, por otro lado, el empleo de nuestras capacidades para escapar de esta condición, que podríamos señalar como prácticamente animal, mediante el arte, el estudio, la cultura o las relaciones interpersonales en el plano de la comunidad y la política nos convierten en entidades con un carácter único y particular. Es en el terreno de la comunidad en el que la persona es capaz de mostrar toda su potencia debido a nuestra disposición gregaria. Sin esta particularidad hubiésemos sido incapaces de sustraernos del estado natural en el que nos encontrábamos. La colaboración y esfuerzo común de las innumerables personas que nos han precedido han generado el estado de cosas actual.
Es habitual comprobar cómo en el presente las redes sociales están cuajadas de seres humanos que entienden su proyecto vital desde la perspectiva de la acumulación de riqueza y elementos materiales. Si bien es cierto que en el desarrollo de esta actividad se ponen en juego destrezas que van más allá de la mera faceta biológica, también se puede decir que estas metas no pueden convertirse en un fin en sí mismo. El motivo no es otro que el abandono de elementos propios de nuestra dimensión esencial como lo político, lo social, lo artístico o lo cultural; componentes que realmente nos distinguen de otros seres vivos. Por tanto, y volviendo a las propuestas existencialistas, podría decirse que la actual tendencia acumulativa y hedonista no es más que un trampantojo que lastra al conjunto por generar modelos de personas incompletos y entregados a la mera satisfacción de lo material. Vivimos un momento de superficialidad en el que muchas aspiraciones existenciales se limitan a la pompa y la acumulación. La pretensión no es otra que la distinción como personas, pero en este caso se trata de un retorno a la dimensión más primitiva, pues esta tendencia al acaparamiento de riquezas podría asemejarse al hámster que todos los días llena sus carrillos de comida para conducirlo al pequeño refugio de su jaula. Todas las jornadas tendrá su comedero lleno, pero su instinto le conmina a la acumulación. Nunca se sabe cuándo terminará la bonanza. Los seres humanos de esencia defectuosa, incapacitados para la vida política, algo fundamental para el desarrollo de una existencia plena, esconden su deficiencia bajo capas de lujo superfluo. Una verdadera confusión dado que un ser humano no se convierte en persona por sus atributos materiales, necesita demostrar su completitud por medio de sus acciones y estas alcanzan su máxima expresión en el espacio público por ser el depositario del constructo cultural que nos ha sustraído de la animalidad.
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