Consiguió bajar al refugio junto a sus hermanos. La suma de la edad de los cuatro pequeños apenas superaba el número de dedos de las manos. La de él, no llegaba a los diez años.
Comenzó la maniobra de distracción con otro cuento. Un terrible monstruo se acerca lanzando ventosidades. Un, dos, tres, cuatro…pedos, gritó eufórico el chaval. Los pequeños rieron.
Siguió modulando la voz para dar emoción a la historia mientras hacía aspavientos con las manos. Las pisadas del energúmeno se escuchan como el ruido de aviones que dejaban caer sonoras ventosidades.
Cuando volvía el silencio los niños atendían al relato. Describía las enormes manos del ogro, su cara angulosa, el torso musculado y sus gigantescas piernas avanzando imparables hacia el lugar donde estaban escondidos.
La prolongada falta de estruendosos sonidos les alentó a salir del sótano. En esta ocasión el engendro no les había capturado.
El chaval dudaba si merecía la pena que el monstruo de la guerra nos les localizará. Quizá lo mejor es que ya lo hubiera hecho, y acabar con la dolorosa farsa de inventar cuentos para disfrazar el miedo, el hambre, la desolación y la incertidumbre de futuro.
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