La huida por Vanesa Zamora

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Recuerdo mi niñez con el cariño y la ternura que mis padres habían sembrado en nuestra familia. Vivíamos en una casa con terreno a las afueras de la ciudad, y la tranquilidad reinaba en el día a día. Durante la semana, el micro me pasaba a recoger para ir al colegio, donde tenía muchos amigos. Cuando terminaba la jornada, siempre iba a natación con mis compañeros. Todos, incluso mi profesor, estaban alucinados con las marcas que tenía y me animaban a que me presentara a la competición regional.

Mi madre, aunque nunca quiso reconocerlo, siempre salía antes del trabajo para verme nadar. A ella no le gustaba la idea de que pudiera competir, ya que, como siempre decía: “La competencia nos hace menos humanos”. Siempre me protegió.

Me costó convencerla para que me dejara ir a la excursión del colegio, y ojalá le hubiera hecho caso. Se trataba de ir desde Tenerife hasta la isla de El Hierro para ver El Sabinar, esos árboles torcidos por el viento.

Esa mañana tuve un mal presentimiento, pero decidí no hacer caso. El problema fue que, a mitad del recorrido, hubo temporal y el barco naufragó. Lo siguiente que recuerdo es aparecer en la orilla de un lugar que desconocía, con sombras, ruidos y un clima que no me eran familiares.

Tenía nueve años, y el miedo recorría todo mi cuerpo, se apoderaba de mí. Sabía que debía correr mucho y lo más rápido que pudiera. El terreno no era el más adecuado para una situación como aquella. Corría en un desierto, los pies se me enterraban en aquella fina arena, y las dunas parecían engullirme. Si aminoraba un poco el ritmo, aquellos monstruos deformes se acercarían cada vez más a mí y conseguirían atraparme.

Se trataba de gigantes con forma de ensaladilla rusa. Podía ver en sus ojos el deseo que tenían por alcanzarme y darme caza. Levantaban los brazos hacia mí y abrían la boca pastosa queriendo apresarme. Aquellas masas iban perdiendo algún que otro ingrediente a cada paso que daban. Trozos de zanahoria, aceitunas… Los guisantes caían disparados como proyectiles. Menos mal que, por lo enormes que eran, carecían de agilidad, y yo aprovechaba esa torpeza para escapar.

Mientras huía despavorida, llegué a una pradera. No entendía cómo había podido aparecer ese bello lugar, así de pronto, en medio de aquel infierno. El día era soleado y había animales y vegetación por todos lados: caballos, ciervos, conejos… Mientras que cuando corría en el desierto, el clima era ventoso, no se veía el sol y era un día gris.

En aquella pradera estaba a salvo, me sentía feliz y segura… Al menos, eso pensaba. No había ningún niño, ni hombres tampoco. Solo mujeres embarazadas, animales, un gran vergel y yo. Había también, justo en el centro de aquel paisaje, un tubo circular que parecía ser un ascensor en el que se introducían las mujeres. Yo pensaba que no hacía ningún mal, ¿qué otra cosa podía imaginarme? Pero cuando levanté la vista hacia el cielo, observé algo terrorífico y espantoso: vi cómo aquel cilindro las oprimía. ¡Ese tubo aplastaba a las mujeres con sus bebés en el vientre!

Estaba desconcertada, quería impedir semejante atrocidad y asesinato, pero no sabía cómo. No podía parar de gritar y llorar. Estaba muy asustada de nuevo, no entendía lo que estaba pasando. Quise preguntar a una de las mujeres qué era lo que estaba pasando, pero no me contestaba. Ni ella, ni ninguna. No podían hablar.

El miedo había vuelto.

Yo sabía que los animales no podían hablar, o al menos eso pensaba, hasta que un ciervo se dirigió a mí y me dijo que tenía que huir cuanto antes. Me dijo que allí no estaba a salvo y que debía seguir mi camino. También me dijo que podía irme con Rufus, un precioso caballo blanco, y así no estaría sola y él podría ayudarme. No me podía creer lo que estaba pasando. Les conté que llegué a esa pradera después de que el barco en el que iba naufragara y de haber estado huyendo durante horas de unos enormes y horribles monstruos con forma de ensaladilla que querían devorarme.

Ahora tendría que volver a huir… No sé si podría ser capaz de hacerlo, de volver a aquel desierto.
Fue entonces cuando dos monumentales águilas reales me subieron encima de Rufus.

—Tranquila, a partir de ahora no irás sola en tus travesías —me dijo Rémy, el afable ciervo—. Te presento a Álex y a Cosmo; ellos irán a cada lado tuyo protegiéndote.

Decidimos partir y emprender nuestro viaje. Yo me aferraba a la cabellera de Rufus con mucha fuerza y me abrazaba a su cuello. El pánico volvía a apoderarse de mí.

—Trata de mantener la calma, Lisa, no dejaremos que te ocurra nada —trató de tranquilizarme Rufus mientras las águilas asentían mirándome.

Rufus comenzó a andar, sus patas también se hundían. Los monstruos, al vernos, volvieron a intentar capturarme. El caballo empezó a trotar para luego galopar. Las águilas gañían en señal de apoyo y emitían un agudo chillido que solo Rufus comprendió.

Entonces pasamos de ir galopando a volar. Para mi sorpresa, estábamos sobrevolando el desierto y Álex y Cosmo estaban a nuestro lado, custodiándonos. Rufus no era un simple caballo, era un hermoso Pegaso.

Pude ver cómo aquellos temibles monstruos apenas podían mantenerse en pie; eran como una masa blanca pastosa, que cogía volumen y fuerza alimentándose del miedo que causaban. Cuando ya por fin nos alejamos de aquel lugar, íbamos los cuatro volando cuando nuestros amigos cambiaron el rumbo. Antes de separarnos, nos dieron indicaciones del camino que debíamos seguir.

—Lisa, cada vez que te sientas triste o sola, o simplemente quieras vernos, solo tienes que desearlo con todas tus fuerzas y allí estaremos —me dijo Rufus—. Esto no es una despedida, solo un hasta pronto.

Fue entonces cuando Felisa, la cuidadora del micro, me despertó.

—Vamos, señorita, ya estamos en casa. Estará tu madre esperándote con la merienda preparada.

@Vanessa Zamora.

@Imagen  Pegaso de Francisco Fatatis


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