El pueblo siguió en silencio al recibir la noticia de la muete de Kuru, dentro del plazo establecido por la profecía. Mi poder, apoyado en la historia de mis antepasados, seguía incólume. Los súbditos dejarían de esperar una supuesta liberación de mi yugo, y no quedaría otro remedio que esperar que los dioses me inspiren generosidad. La noche de la muerte de Kuru, me asomé a la torre. La luna iluminó mi corona y mi manto, y el pueblo en el prado, al presentir mi presencia, se arrodilló al unísono y en silencio.
Cumpliendo con lo establecido por mi real decreto, elevé al médico y al astrólogo a principales miembros del consejo y con el paso de los días, me exigieron muy sutilmente que les brinde una parte del reino ubicada al sur. No me negué, iniciamos las negociaciones y en las auroras, a través de la ventana sur del palacio, pude ver la intriga en forma de volutas negras y complicadas, talladas en los vientres de las nubes.
Entonces los invité a una copiosa cena. Los soldados de mi guardia personal, reclutaron mujeres hermosas que con la condición de seducir a los funcionarios reales, podrían quedarse el resto de sus vidas en el palacio . No fue una fiesta pública, sino algo privado: un acuerdo entre mis nuevos consejeros y yo con los que supuestamente compartiría mi reino. Cuando llegaron esa noche, luego de los primeros tragos del vino macerado largamente por los campesinos de la región, vi en los ojos de ambos la permanencia del espíritu de Kuru. Mi reino había estado en peligro por su supervivencia; mi conjura lo seguía arriesgando.
A mi favor estaba la ventaja que ellos no conocían los vórtices tenebrosos de la política, esa capacidad sutil de acariciar con la mano derecha y asesinar con la izquierda. Se limitaban a ser un médico y un astrólogo, versados en sus oficios que suponían poder enfrentarse a un rey sobre quien pesaba una historia densa de incontables generaciones.
De no ser así hubieran recordado la ampolla que ellos mismos prepararan y que había quedado en mi poder. De modo que luego de los tres primeros vasos de vino,, me bastó volcarla en el resto de la jarra para que media hora después cayeran boqueando sobre la mesa, sus manos se crisparan sobre el mantel y en sus ojos apareciera la vieja sombra de la muerte. Si hubieran sido generales, si hubieran pertenecido a la familia real, se levantarían los planteos, y la conjura emitiría sus leves ondas agitando el lago de los poderosos de la corte. Pero ellos eran tan sólo dos funcionarios menores que habían llegado de lo más bajo del pueblo, y me bastó organizar discretos pero lujosos funerales y colocar un par de retratos en la entrada de las habitaciones del este del palacio. En un par de meses serían olvidados.
En cuanto a la Novia de la Muerte de Kuru, cuando la desataron del cadáver, encontré una mujer más vieja: cabellos blanquecinos, piel levemente áspera con una expresión de dolor que no se acababa. No lloró en ningún momento, pero supe que la habían enamorado las endechas de su moribundo. El deterioro de una gran parte de su belleza, reproducía lo que pasaba con todas las jóvenes que oficiaban como Novias de la Muerte. Ese proceso se acentuaría con el paso de los días, y en el curso de un año se convertiría en una mujer madura, a pesar de la juventud . Pasado otro año, sería una respetable anciana. La vida de las mujeres con ese oficio solía terminar alrededor de los treinta años.
Para aquietar mis emociones, el médico que habitaba en las mazmorras del palacio utilizó una serpiente cuyos ojos tuve que observar durante una noche. Al amanecer el ofidio, de una hermosa piel amarilla y roja, se puso negro, se encogió y murió en el crepúsculo. Se había llevado mis celos, mis sentimientos oscuros; mi sufrimiento.
Recurrí a la anciana ama que preparara a Berhane para ser la Novia de Kuru y a través de ella la convoqué a mi cuarto. La anciana asintió, pero metió la mano en su túnica y exhibió un sapo muerto con una lista naranja que lo recorría de la cabeza a la cola: era la señal de embarazo.
— Es del muerto — se limitó a decir.
Yací con la muchacha. Ella se entregó resignada, y permaneció en todo momento con los ojos bajos. Al penetrarla, noté que los abría y en las pupilas me pareció ver otra vez el brillo de los ojos de Kuru.
— Nadie ha podido vencer a la muerte — dije al levantarme de la cama — Reconoce que fue una ilusión pensar que tu novio moribundo iba a vivir. Dime lo que sientes
Pocas veces en mi vida había acariciado los cabellos de una mujer, y esta fue una de ellas. Ella se volvió a mí procurando no mirarme.
— Eres el rey — murmuró — asentiré a todo lo que afirmas y obedeceré tus órdenes hasta el final de mis días.
Habilité para ella un cuarto que daba al sur del pueblo y destaqué dos doncellas para su servicio, pero la joven no dejaba de llorar en las noches. Durante el día, su tristeza era larga como la sombra de la torre sur.
Finalmente en el día quincuagésimo de su embarazo, en la mitad de la hora segunda se arrojó por la ventana de su cuarto, muriendo en el acto. El hijo no llegó a nacer.
A mi pedido, médicos y astrólogos profetizaron mi muerte que se cumplirá dentro de tres años a partir de esta fecha. En mis sienes crecerá un zarpullido verde, y mi pulso tomará el sonido de un perro cuando hoza la tierra.
Moriré al atardecer, cuando el cielo se tiña de listas violetas y amarillaas.
Mi novia de la muerte pertenecía al pueblo vecino, y mi ejército aniquiló a su familia en la última guerra. Tiene trece años cumplidos, y un cuerpo lleno de hendiduras y promontorios. Las ancianas me informaron que en su sexo acababa de descender el rojo océano. He prohibido la música en el reino, pero ella tiene una facilidad natural para los principios del baile. Disfruto en la tarde con sus movimientos graciosos, cuando cierra los ojos, respira con profundidad y mueve los pies y las caderas al ritmo de una música que sólo ella escucha.
Al ver a la muchacha mi deseo crece. No quiero que sea la novia de mi muerte, sino aspiro a tenerla como novia en mi vida. Mi poder tiene límites: puedo robarle su virginidad, impidiendo de ese modo que sea mi novia de la muerte, pero no puedo llevarla a mi harem.
¿Qué debo hacer siendo un rey con poder absoluto? Si muero en tres años no me importa ahora romper la ley. Habrá una intensa discusión en el consejo, pero haber alterado esa ley no será importante; procuraré que no figure en el libro de la historia de mi reinado y no sería la razón de una rebelión.
Cuando las dudas me asaltan, cuando los asuntos del reino se complican, me tranquiliza pensar que Kuru ha muerto. Su agonía semejó una resurrección, pero ahora me siento libre nuevamente. Quizá dentro de tres años, mi cuerpo pierda chorros de vida en cada gesto, pero hoy la noche recién abre sus puertas. La luna se tiende sobre las hierbas secas del otoño. Dejo mi trono, mi manto mis atributos reales y visto ropas del pueblo. Junto a los cuartos de las mujeres hay un par de guardias que me reconocen y apartan sus lanzas para que pase. La joven duerme con dos sirvientas gordas que resoplan. El sueño de la muchacha es leve como una gota de rocío en el otoño y despierta a un toque de mi mano. Tapo su boca para que no grite, la tomo en los brazos y la llevo a mi recámara, donde la amo hasta el amanecer.
Amar a su novia de la muerte puede permitírsele al rey, ya que hay una cláusula en el códice que lo excluye de las condiciones que deben respetar los demás miembros de la corte. Introducirla en mi serrallo y convertirla en mi favorita, sólo levantará protestas, envidias, odio. La conjura volverá a dibujarse en el vientre de las nubes y esta vez me resultará mucho más difícil exhumarla.
La joven, que se llama Irina, duerme desnuda sobre el lecho . Las curvas de su perfecta piel, son el tenue laberinto en el que podría perderme para siempre.
Luego de la última guerra debo realizar un regalo importante al rey del reino de Sin. Puedo decir al consejo de la sabiduría que deje de buscarlo. Que ya lo he encontrado.
Despierto a la joven, quien se cuelga de mi cuello y me llena de besos. Como a una niña, le explico que debe marcharse, que formará parte de la corte de otro reino. He quedado sin novia , y mi muerte se tiende vacía frente a mí, sin sombras, llantos ni heridas, como la lisa piedra que forma el extenso piso de la torre del este.

GOCHO VERSOLARI
LAS NOVIAS DE LA MUERTE – Kuru y Berhane
11/03/2025
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SAFE CREATIVE
Gocho Versolari
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