La falta de visión, en un sentido intelectual, implica la consecución de problemas futuros, aunque en un primer momento no salten a la vista y se conserven en estado embrionario. Las complicaciones suelen fraguarse a fuego lento para mantenerse agazapadas hasta el momento de su manifestación. Es por esto que no suelen llamar la atención hasta que se consuma el desastre provocando de esta manera un vuelco en las circunstancias y la sorpresa entre los afectados por el cambio de situación. La falta de previsión, la ausencia de preparación y los fallos en la organización establecen el caldo de cultivo para así marcar la posibilidad para el desastre. Con todo, y con independencia del resultado final, la incapacidad para pronosticar la calamidad implica el sentido profundo de las disposiciones confiadas ante un futuro que torna a la oscuridad de manera paulatina.
La altivez y la soberbia son dos de los ingredientes clave para comprender este tipo de fenómenos. Es más, la confusión conceptual entre táctica y estrategia marca la posibilidad del devenir hacia la autoaniquilación. La consecución del rédito inmediato sin la capacidad de establecer un horizonte a medio o largo plazo funciona como catalizador de una disposición ajena a las cuestiones acuciantes. La táctica, que invita a la acción, se enfrenta en muchas ocasiones a la estrategia, siempre con posibilidades a posteriori. Una buena planificación requiere en múltiples ocasiones dejar pasar la ocasión para lograr un beneficio cercano que podría resultar nefasto para logros ulteriores. Esta disposición suele acompañar a aquellos que han disfrutado y dispuesto del potencial necesario para establecerse sobre los débiles. En otras palabras, la disposición acomodaticia orienta al protagonista de estos métodos había la molicie y la suposición de que nada va a cambiar, pues el statu quo parece impertérrito. No obstante, las alteraciones se van dando bajo la superficie y los equilibrios de poder van basculando de un extremo a otro. Ahora bien, estas transformaciones son sibilinas y silenciosas, aunque implacables.
El liderazgo miope de los Estados Unidos de Donald Trump parece ofrecer un ejemplo de esta disposición en la que la táctica se impone a la estrategia. Frente a los pactos a largo plazo y las posibilidades de alianzas sólidas se impone el matonismo y la coacción incluso contra los otrora amigos. De alguna manera, y sin comprender el sentido profundo de este tipo de acciones, no se concibe esta ausencia de confianza, pues se ha atacado urbi et orbi. Los pactos, lazos y vínculos trabajados durante décadas parecen a punto de saltar por los aires a las pocas semanas de una legislatura recién estrenada y todavía pendiente de profundos retos y, por supuesto, cisnes negros. No es posible determinar el momento de la implosión, pero la capacidad incendiaria del mandatario y su tropa de alucinados adláteres resulta insondable. Resulta complicado hacer previsión alguna dado que entre aranceles, traiciones, amenazas y saludos nazis no queda claro cuál será la siguiente sorpresa. Ahora bien, en último término esta circunstancia que, como ya ha quedado dicho, se va cocinando mansamente, terminará por imponerse.
Está claro que esta administración no admitirá sus errores y fracaso próximos. Lo único patente es que será la ciudadanía la que reciba el castigo por este nefasto proyecto ya abortado de nacimiento. Este grupo de multimillonarios podrá retirarse, después de enfrentar y polarizar al conjunto social, a sus mansiones para disfrutar de los dividendos obtenidos en lo que parece va a ser un periodo próspero para un pequeño grupo. Este neoliberalismo, que sin embargo pone trabas al libre comercio, que abre la puerta a las novedades tecnológicas más rompedoras, pero que se parapeta en la tradición más rancia y desfasada ha compuesto un batiburrillo en el cabe el racismo, el clasismo, la aporofobia o la homofobia y donde únicamente se impone el dinero contante y sonante. Todo aparenta ser un paso adicional en el camino del individualismo global que marca el mercantilismo como única vía para la gestión de lo social. Quizás en un futuro habrá que nombrar este nuevo modelo político para explicar esta deriva que en principio resulta irracional e incomprensible.
Con todo, el tiempo de Estados Unidos como superpotencia rectora del destino occidental parece abocado a su fin. Si bien siempre ha hecho gala de una doble moral, ahora es imprescindible agradecer la frontalidad del nuevo planteamiento dado que no caben medias tintas ante las imposiciones y agresiones actuales. Los valores representados por las democracias liberales parecían tener su modelo en esta nación, pero la pretensión parece ser esquivar cualquier posibilidad de sumar apoyos a todo planteamiento moral de alcance universal. Más bien al contrario, el desapego demostrado estos dos meses ante cualquier cuestión ética parecen indicar que este liderazgo ha caducado. Es el momento de la fractura, asistimos a un tiempo gozne del que somos privilegiados testigos, y probablemente víctimas propicias, de esta situación de dimensiones absolutas. También es de esperar cierta mesura futura y que esto no sea más que una técnica dura para la negociación, pero hay puentes que no parecen recuperables. Aquí es donde entra en juego la incapacidad visual para vislumbrar el inconveniente que se presenta y que no es otro que la soledad en la cumbre. Ahora bien, la cúspide es un lugar inhóspito y peligroso, siempre sometido a la presión externa y a la agresión de los pretendientes. En este mundo cambiante el sustrato moral está alterándose, quizás se produzca un cambio de liderazgo y también cabría la posibilidad de que Europa se hiciese con la batuta ante la inactividad norteamericana. Caben múltiples opciones, pero lo único claro para cualquiera con algo de perspicacia es el futuro aislamiento de los Estados Unidos.
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