Sondra observaba la ciudad. De pie, apoyada con su hombro derecho en el pilar que delimitaba la esquina de su despacho y con los brazos cruzados, sabía que aquella cristalera infinita le regalaba unas vistas privilegiadas sobre los rascacielos más emblemáticos. Era una mujer poderosa. Observó su americana reflejada en el infinito, como si su tonalidad beige la hiciera regresar de nuevo a la realidad. Estaba escapando, quería dejar atrás todo lo que era, en lo que se había convertido. Tanto por lo que había luchado y en aquel momento comprendía que nada tenía sentido. Retiró una pequeña pelusa inexistente de la americana que marcaba su estatus. Esa ropa tan cara que establecía una barrera para aquellos que la miraban creyéndola feliz en su pedestal. Observó de nuevo la cristalera para concentrarse en un dibujo iluso de su rostro. Pretendía encontrar la felicidad que había perdido. Sondra no era feliz. Sus ojos, desdibujados en el infinito de la ciudad, le devolvían tristeza. No estaban llorosos, no se lo iba a permitir, pero estaba en el límite, en el precipicio. Había llegado el momento de dar un nuevo sentido a su vida. De nada servían los años dedicados a la abogacía, ser la fiscal más reconocida, con más casos ganados, la que había puesto contra las cuerdas al poder político y económico de la mayor ciudad del mundo. No importaba que temblaran al escuchar su nombre. Todo había dejado de ser significativo para Sondra.
Su reflejo le devolvía la imagen de una mujer derrotada, triste e infeliz. No, aquella americana, aquel traje impoluto ya no la definía, no deseaba seguir siendo una mujer importante y con todo el poder concentrado en sus palabras. No deseaba seguir estando sola.
Recordó todos sus sacrificios, todo lo que había dejado atrás. La recordó a ella.
Estaba cansada de esconderse, de aparentar ser otra persona. Se sabía una mentira, un artificio que había tenido que sobrevivir en un mundo de hombres. Se había convertido en uno de ellos, lo había perdido todo a cambio del poder y la gloria. ¿Para qué? Se preguntó. Observó su manicura, perfecta como siempre. Dejó caer la mano, suspiró y regresó a la gran butaca tras una mesa de roble oscuro que presidía el despacho. Todo era ostentoso para marcar un estatus que la distanciara del resto de la humanidad. Porque la humanidad era justo lo que Sondra había perdido hasta que la conoció a ella.
Marian.
Ella había significado el encuentro con sus sentimientos. El saberse amada en la oscuridad de su lujosa habitación. Pero Sondra había escondido a Marian. No podía permitirse que nada ni nadie las relacionara. Que nada ni nadie pudiera verter un comentario negativo, una opinión o un simple pensamiento fuera de lugar. Y Marian lo aceptó, o por lo menos lo hizo al principio.
Después de tanto tiempo juntas, todo había cambiado. El amor era infinito, pero la paciencia de Marian no. Entonces llegó el ultimátum:
—Asúmelo ya —dijo Marian—. Es hora de que decidas si tus sentimientos por mí valen la pena o si prefieres esta vida de mentiras que has creado. Yo solo pretendo amarte —continuó agarrándole las manos con fuerza—. Permítete tú hacer lo mismo.
Pero Sondra había dudado. Se había echado atrás. Ella, a quien nadie vencía, la que infundía temor, estaba aterrada. ¿Qué dirían cuándo se supiera? ¿Qué pasaría con su reputación? Qué injusta era, pensó mientras cerraba los ojos y se perdía en la comodidad de la piel de su butaca. Qué injusta había sido con la persona a quien más había amado en la vida. ¿De qué servía tenerlo todo si no podía tener lo que más quería?
Abrió los ojos y observó el despacho. La decoración sobria. El cuadro de Miró en la pared izquierda. El sofá donde recibía las visitas y la pequeña mesa con flores artificiales que daban algo de color. Todo impersonal. No había fotos. No había recuerdos. Sondra no se encontraba allí.
No quiso pensar más y se levantó decidida. Se colocó bien la americana evitando cualquier arruga y salió con paso firme a ver a Roger.
Golpeó la puerta con suavidad y entró sin esperar respuesta. Era su jefe, pero hacía años que se había convertido en un amigo. Sondra sabía que Roger sentía algo más por ella, pero jamás se había atrevido a hacer ninguna insinuación, así que cuando ella se sentó frente a su mesa, como había hecho cientos de veces, Roger sonrió. Sabía que Sondra iba a explicarle algo importante, siempre lo hacía cuando comenzaba la conversación con un: «escúchame con atención».
A medida que Sondra le hablaba de Marian, de su vida, de sus sentimientos, los ojos de Roger se iban haciendo más grandes, sus labios dibujaban una o y sus manos se unían sobre la mesa. Allí estaban las respuestas que tanto había buscado.
—¿Nos vas a abandonar? —preguntó Roger cuando Sondra acabó de hablar.
Sin embargo, no le permitió responder. Alzó la mano para que se detuviera en cuanto vio que sus labios comenzaban a articular palabras.
—¿Crees que no vamos a entender que tengas una relación con una mujer?
La observó con atención. Tenía frente a él, por primera vez, a una mujer débil, casi derrotada, con los hombros caídos y sin el aplomo que tanto la caracterizaba. Había agachado la mirada. Aquella mujer no era la Sondra que él conocía, de la que se había enamorado.
—He tomado una decisión —contestó ella—. Me elijo a mí, Roger. Por una vez en mi vida necesito ser feliz. Y mi felicidad está junto a Marian. Debo recuperarla. Y si para ello tengo que irme a la otra punta del mundo, lo haré. Ha llegado el momento de quererla, de quererme, de permitirme ser yo.
Sondra alzó la mirada y sonrió. No recordaba la última vez que había sonreído de una forma tan sincera. Se había vaciado por completo y, al mismo tiempo, acababa de llenarse de coraje y valentía. Se levantó y rodeó la mesa para abrazar a Roger y besarlo en la mejilla. Antes de salir del despacho, se quitó la americana y la colgó en el perchero que había junto a la puerta.
Se giró hacia Roger y le guiñó un ojo.
—Te llamaré —dijo antes de cerrar la puerta tras ella.
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
+ There are no comments
Add yours