La lamparita de gas por Inmaculada Campos

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No consigo mantenerme en pie, todo me da vueltas. Intento caminar por la plaza cuando ¡ bam ! Una chica me embiste como un toro. La oigo gritar furiosa, pero no entiendo sus palabras.  Algo malo me está pasando, lo intuyo, pero me cuesta comprender qué es exactamente lo que me pasa.

Si cierro los ojos tengo la sensación de que todo acabará pronto, pero no logro mantenerlos abiertos. Leí en algún sitio que cuando la muerte está cercana toda tu vida pasa ante tí, como si fuera una película.

Sin proponérmelo veo a mis padres. Ellos son una pareja joven, nos llevan a mi hermana Juanita y a mi de la mano. Vamos a la heladería del Italiano, que ocupa una de las esquinas de la plaza, Mis padres se compran siempre un cucurucho de tres bolas y sin embargo -a pesar de nuestras protestas-, mi hermana y yo nos tenemos que conformar con una tarrina. Mi madre tiene miedo que se nos caigan las bolas de helado sobre nuestras bonitas ropas de los domingos.

En uno de los bancos de la plaza nos esperan nuestros tíos Ángeles y Marcial y nuestros primos. Terminamos los helados a todo correr para poder acercarnos al quiosco de Bernardo, que siempre nos obsequia con unos caramelos de esos que se te pegan en los dientes, pero que aún así son deliciosos. Seguro que después iremos todos juntos a casa de la abuela Mercedes a comer sopa de cocido y croquetas. Qué entrañables me parecen los domingos. Por la tarde mientras los mayores juegan a las cartas. Nosotros jugamos al juego de la oca, soy un experto , gano siempre para berrinche y pataleta de mi hermana y mis primos.

Atravieso la pequeña plaza con presteza y casi me doy de bruces con D. José, el director de la escuela y la señorita Adela, su mujer y profesora de Lengua y literatura española. Me saludan con una inclinación de cabeza y llamándome caballero cosa que me hace mucha gracia, pues me suena muy antiguo.

Llegó hasta el único banco de la plaza, bajo la única y mustia farola que emite una luz de color amarillo, macilento y apagado, que cuando cae la noche y las luces de los carteles comerciales se apagan, apenas dejan ver los contornos del lugar. Me siento y espero, se que están a punto de llegar.

Y allí vienen efectivamente, mis amigos. La pequeña lamparita de gas de Macarena es inconfundible. Desde uno de los rincones de la plaza empieza a llenarlo todo con su luz. Nos sentamos todos en corro, en el suelo a su alrededor y bajo la triste farola. Entonces empieza la magia. Primero jugamos a la botella a propuesta de los chicos, pero las chicas no están por la labor, nos llaman niñatos y creídos y terminamos jugando a las cartas, comiendo pipas y riendo a mandíbula batiente,  Pero el gas va agotándose y la luz se va con el. Nos despedimos hasta mañana, los chicos con una palmada en la espalda , las chicas entre ellas, con besos en las mejillas.

Los sábados me despierto pronto, en el pequeño huerto a las afueras del pueblo me espera el abuelo Ginés. El abuelo, luce una espesa barba blanca, fue un hombre guapo, con inmensos ojos azules, pero ya anda algo encorvado por la edad y los ojos han perdido parte de su antigua vivacidad. Pero hoy, cuando llegó al huerto corriendo y con la lengua fuera,- -a mi abuelo le disgusta mucho la impuntualidad- lo encuentro inusualmente joven. No está encorvado, la barba es corta y negra y los ahora vivarachos ojos azules me miran con cariño. Hace un gesto con la mano invitándome a ayudarle a arrancar malas hierbas que crecen en el campo de lechugas recién sembradas. Después me premia con unas cuantas manzanas de las que recolectamos esa misma mañana. Le dejo con el corazón lleno de dicha y regreso feliz a casa.

De repente, escucho que alguien me llama por mi nombre, es una voz familiar, aunque el rostro aparece ante mi algo borroso, aun así distingo a Macarena, ella que era mi amiga de juventud, es ahora mi mujer y de su mano trae a mi pequeña Aurora, la luz de mis ojos. Me parece que me cuenta alguna cosa, la escucho a lo lejos ,como si algo me tapara los oídos, como si me hablara en segundo plano. De su boca salen palabras como “corazón, colesterol y médico” por momentos parece que llora o gime, me toma la mano. Mi niña Aurora, Lucia, trae en su mano la lamparita de gas y la enciende. La plaza a mi alrededor se ilumina y todo parece más bonito, empezaba a oscurecer. Tengo sueño, me siento tan cansado…

Mi cuerpo se desploma contra la persiana de la cafetería. Distingo al barrendero corriendo hacia mí.

—¡Resista! —me grita. Pero ya es tarde. Siento frío. Mis ojos se cierran para siempre.

@Inmaculada Campos.

@Imagen Pinterest


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