Eran las 12 de la mañana y el viento soplaba fuerte fuera de casa.
Papá Noel se levantó de la cama. No había descansado tras un 24 de diciembre movidito, pero quería ver como estaba el taller.
Todos celebraban el comienzo de las vacaciones con un gran desayuno en el que no faltaba detalle, pero sí faltaba alguien.
Sabía dónde encontrar a quienes faltaban, los sastres. Cada año se esforzaban porque sus muñecos de trapo, peluches o vestidos encandilaran a los más pequeños, pero la ilusión de los niños aspiraba más en conseguir algo con pilas o batería que un muñeco a quien su imaginación le diera vida.
Se acercó a ellos y abrazó a Lalia, la jefa del departamento, y a Lornat, el benjamín del grupo, que se asustó al verle sin su traje rojo y blanco, sus botas negras y su eterna sonrisa.
Los condujo a su trineo y les llevo a ver a varios niños, que abrazaban, achuchaban, vestían y jugaban con sus últimas creaciones.
La sonrisa y la alegría invadieron a los presentes. Había niños que sí querían sus trabajos, que aún querían inventar mil y una historias y no separarse de sus muñecos y peluches.
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