Mr. BOO by David Santaolaya

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Los fines de semana, a primera hora de la mañana, antes de levantarme y todavía en un estado de duermevela es cuando se me ocurren los relatos más surrealistas. Este es un buen ejemplo, que he tenido que teclear muy rápidamente y en pijama, antes de que se me vaya de la cabeza.

 

Mr. Boo

El hombre entró en el restaurante con un maletín y fue inmediatamente interceptado por un amable camarero.

— ¿Tiene usted reserva? Preguntó solícito.

— No, pero espero que les pueda quedar libre una mesa pequeña para dos.

— ¿Qué le parece aquella de la esquina del fondo?

 

El hombre pidió un Ribera mientras hojeaba la carta. Después de elegir el menú abrió el maletín, que mostraba grandes letras de vivos colores con el texto: “Mr. Boo”. Sacó una marioneta de trapo y madera y se la ajustó a la mano izquierda. El muñeco abrió y cerró los ojos varias veces, como desperezándose.

— ¿Qué pasa? ¿Dónde estamos? ¿Qué es esto? ¿Es un restaurante? – Preguntó el títere con su voz chillona en falsete. – ¿Qué vamos a comer?

— Yo, una sopa y unas albóndigas. Tú, nada, tú no puedes comer: eres un muñeco.

—Pues, si no voy a comer, ¿Para qué me despierta, jefe?

— Ya sabes que no me gusta comer solo.

Y así continuaron en animada conversación y discutiendo por todo como si de un veterano matrimonio se tratara. De pronto, el cliente empezó a respirar pesadamente y con un gemido gutural echó la cabeza hacia atrás y perdió el conocimiento. El muñeco Mr. Boo, con su voz en falsete, llamó la atención del camarero.

— ¡Auxilio! ¡Que a mi jefe le ha dado un parraque! ¡Llamen a una ambulancia!

El camarero pudo evidenciar que el cliente no se encontraba bien y que parecía que no respiraba.

Minutos más tarde llegaron los enfermeros. En vista de que no les era posible reanimar al hombre in situ, optaron por llevarlo al hospital.

— Déjenme ir con él. Suplicó Mr. Boo. No tiene a nadie más en este mundo. ¡Por favor!

Y juntos los montaron en la ambulancia.

En el hospital, lo ingresaron rápidamente en un box de urgencias. Pero nada pudo hacerse por salvarle la vida.

— ¡No se vaya, jefe! ¡No me deje aquí! ¡Qué va a ser de mi sin usted! – Gemía desesperado el muñeco con su temblorosa voz en falsete.

Cuando llegó el médico se llevó las manos a la cabeza.

— ¿Pero qué es esto? ¡Quítenle inmediatamente el muñeco de la mano!

Pero ninguno de los enfermeros ni los auxiliares se atrevió. todos estaban paralizados.

— ¡Vaya panda de inútiles! Tendré que hacerlo yo, como siempre. Protestó el médico.

Le llevó un rato extraer el muñeco, debido a la rigidez de la mano del paciente. Una auxiliar dijo en voz baja: «el rigor mortis» y una compañera asintió en silencio. Mientras, el muñeco gritaba desesperadamente entre «¡Socorro! ¡Jefe, no me abandone! ¡No me abandone!»

El parte médico sentenció: Varón cuarenta y nueve años, ingresó cadáver. Causa de la muerte, parada cardiorrespiratoria debida a un infarto agudo de miocardio..

Un funcionario se hizo cargo del papeleo. Pudo comprobar, por la documentación, que el finado no tenía familia. Hijo único, sus padres habían fallecido y no tenía pareja ni hijos. Tampoco primos. Había hecho testamento en el que indicaba: «Lego todos mis bienes a mi querido y leal compañero Mr. Boo». Pero sus posesiones eran muy pocas. Vivía en un piso de alquiler en el que a penas había objetos de valor. Y el minúsculo saldo de su cuenta bancaria tan solo sirvió para cubrir el coste de las exequias y los gastos funerarios.

Mr. Boo, quizás por el trauma de haber perdido a su compañero, o tal vez por pura cabezonería, no volvió a emitir una sola palabra (en su desagradable voz en falsete) nunca más.


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