DE ELEFANTES Y PALOMAS Relato incluido en Relatos de una Adoratriz by Raquel Villanueva

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Vuelvo a pensar en aquello, a pesar del tiempo transcurrido, las imágenes siguen frescas en mi mente, es lo bueno de los recuerdos, podemos preservarlos a nuestra conveniencia dentro de nuestra memoria. Una sonrisa se dibuja en mi rostro y ¿por qué no?, he de confesarlo, la sonrisa siempre viene precedida por la humedad latente en mis bragas.

Dicen no obstante, que nada es como se recuerda, que la memoria reconstruye los recuerdos a conveniencia de uno mismo para hacer de los momentos del ayer ese país imaginario al que siempre uno querría regresar. Pero no, esto no es cierto en absoluto, hay ayeres que nunca debieran ser recordados, hay ayeres, que sencillamente, nunca debieran haber existido. Pero vaya si el ayer que yo recuerdo ha existido, vaya si el ayer que yo rememoro y con el que me solazo y excito, ha de ser recordado.

Nunca me han atraído las mujeres, vaya esta afirmación rotunda y sin dobleces por delante, es cierto, completamente cierto, nunca me han atraído pero… desde que tengo memoria, desde que conocí y descubrí el escote de Leo, me han gustado las tetas de Leo. Y que me gusten las tetas de Leo, no significa para nada que me atraigan las mujeres, porque son cosas diferentes, aunque haya siempre quien quiera tergiversar lo que para mí está claro. Más que ella misma, más que su persona en sí, más que todo el conjunto que conforma todo lo que Leo es, me quedo con sus tetas, con su magnífico escote, con sus rotundas,  grandes y proporcionadas tetas. A este magnífico pecho le acompañan unas estrechas caderas, como de chico adolescente aún por desarrollar, por lo que el contraste entre su parte superior e inferior es llamativo. A ello se le unen unos labios finos pero con sonrisa encantadora y una mirada inteligente, presta siempre a analizar aquello donde se posa. Leo es mi amiga, no una amiga de las de la infancia, ni una amiga a la que yo haya colmado o hastiado de confidencias, pero nos une una amistad, un destello de complicidad que percibí en su mirada la primera vez que nos vimos, una complicidad ante el mundo, ante la vida, ante el enigma de nuestra propia existencia. Nos conocimos en invierno, por lo que más allá de su innata inteligencia, nada físicamente me llamó la atención de Leo. Fue en una cena con más amigas, donde vino el descubrimiento. Se presentó con una camiseta negra, escotada hasta un grado casi obsceno. Sí, era la misma Leo, pero tan distinta a la Leo hasta ahora conocida. No, nunca me han atraído las mujeres, no me cansaré de repetirlo, pero desde aquella cena me gustó el escote de Leo, las tetas de Leo, y no pude dejar de pensar en él, en ellas. Allí, sentada delante de aquel escote, nació el germen de pensamiento, nació la fantasía que terminaría por hacerse realidad. Quería acariciar, quería lamer, quería aprisionar entre mis labios aquella parte del cuerpo de Leo. Pero tampoco la quería para mí sola, no soy  para nada avariciosa, así que por ello quería compartirla, compartirla con él, quería ver cómo no solamente era deseada por mí, quería ver cómo él también la deseaba. Quería disfrutar con ella, quería disfrutar con él, quería que ella disfrutara, quería que disfrutáramos al unísono, no solo yo, no solo ella, sino también él, mi amigo, mi compañero Diego. Diego, que no era mi elefante, aunque tampoco yo era ninguna paloma, pero guardaba cierto paralelismo a Rivera, en su genialidad desbordante, en su nunca disimulada lujuria. Mi paralelismo, en este caso con Frida, iba en la admiración/devoción que yo sentía por él, por Diego. Sí, quería un trío, un trío con el protagonismo de Leo, mejor dicho, con el protagonismo del escote de Leo, con el protagonismo de las tetas de Leo, con la verga de Diego como actriz secundaria e imprescindible y con mi presencia e intervención también presente y por supuesto imprescindible.

Todo vino dado sin buscarlo, como suelen venir dadas las mejores cosas en la vida. Otra cena entre amigas, otro escote desmedido y mi mirada, mis ganas, mi deseo colgado del mismo. Aún no sé cómo pude atreverme, está claro que ayudaron las apremiantes ganas de librarme de aquella fantasía que hasta el momento solo había existido en mi cabeza, que hasta el momento solo había existido en palabras que yo había vertido en los oídos de Diego alguna que otra tarde de sexo, porque el sexo con Diego era mucho más que un mero acto carnal, eran fantasías verbalizadas a las que tanto él como yo dábamos salida en nuestros encuentros. Las ganas de pasar de las palabras a la realidad, las ganas de materializar la fantasía, de hacerla tangible, real y sobre todo palpable, influyó sobremanera para hacerle a Leo la indecente/deliciosa propuesta: «¿Te apetece venir conmigo a casa de un amigo?» Nueve palabras fueron suficientes para encontrar la aquiescencia de Leo, nueve palabras para que ella traspasara conmigo la puerta de la casa de Diego, nueve palabras para que ella se adentrara en aquella habitación en la que yo tantas veces me había dejado llevar por las palabras de Diego, me  había abandonado a las manos de Diego, me había abierto a la verga de Diego, me había bañado con el semen de Diego.

Leo resulto ser una compañera silenciosa, dejándose llevar hasta Diego en entregada sumisión. Me quedé allí, sentada a cierta distancia, observando el deseo en los ojos de mi amigo, un deseo que pensé era el mero reflejo de mi propio deseo, deseo vibrante y creciente, húmedo y palpitante. Vi como sus manos comenzaban a recorrer aquel cuerpo, que a pesar de tener los ojos cerrados, delataba en su respiración que el deseo también existía. La ropa fue retirándose, dando paso a la piel. Por fin pude contemplar, liberado ya de ropas y sostenes,  lo que tanto deseaba de Leo. Era magnífica… eran magníficas, tanto como lo habían sido en mis pensamientos, tanto como lo habían sido verbalizadas, sin llegar a hacerse carne. Pero ahora, todo verbo era carne ya, sus pezones estaban erectos, deseé atraparlos en mi boca, me moría de ganas de hacerlo, pero allí estaban ya los labios de Diego, como tantas otras veces, haciendo realidad mis pensamientos. Yo seguía sentada, vestida, notaba toda mi entrepierna palpitante, mojada, completamente empapada. Flotaba en la estancia un olor delicioso, a sal marina, a sexo sin más aditivo. Me cansé de observar, quería participar, quería crear un bodegón de cuerpos y miembros, así que desde donde estaba sentada le dije a Diego que se tumbara boca arriba, le ordené a Leo que se incorporara y flexionara ligeramente su torso sobre el sexo de Diego, que lo asiera en la mano, que frotara su glande sobre sus pezones. En aquel momento lo mío ya no era humedad, era una pequeña inundación contenida a duras penas dentro de mi ropa. Decidí desnudarme lentamente, mientras Diego comenzó a masturbarse despacio, muy despacio. Conocía perfectamente aquella cadencia con la que tenía a gusto friccionar su enhiesta verga. Ya sin ropa me acerqué a ellos, y fue mi mano la que terminó con aquella masturbación, fue mi mano la que dejo correr todo aquel semen sobre las tetas de Leo, y fue mi boca, fueron mis labios, fue mi lengua la que terminó lamiendo, sorbiendo el semen de Diego sobre las tetas de Leo. Me recosté, me giré un poco y besé apasionadamente a Diego, volví a mi posición inicial y también besé a Leo, no con apasionamiento, pero sí con un indecible agradecimiento.

Leo y yo seguimos siendo amigas, como siempre, sin confidencias, pero con una complicidad que no necesita palabras. Nunca hemos hablado de aquel día, dicen que cuando algo no se nombra es como si nunca hubiera existido, que son las palabras, las dichas, las habladas, las escritas, las que dan forma a la realidad. Olvidan el peso de las palabras mudas, de las nunca dichas pero no dejadas de pensar. Diego y yo seguimos siendo amigos, Diego, a quien colmo de palabras y de cuyas palabras me siento colmada. Diego, con quien solo vivo momentos deliciosos, pero contados y efímeros momentos. Confieso algo que a él nunca le diré, a veces sueño que él es mi elefante y yo soy su paloma, porque eso es lo que más desearía en esta vida, pero sé que es un mero sueño, un sueño imposible e inviable, intuyo que por mucho que nuestros deseos vayan acordes, esto no es extensible a nuestros sentimientos. Pero me conformo, me consuelo y pienso también que ser algo más de él, que ser algo más con él sería imposible. Algunos días rememoramos con palabras susurradas aquel día, así volvemos a excitarnos, volvemos a traer a nosotros la realidad vivida, volvemos a traer a Leo a nuestro lecho, y disfrutamos uno del otro y el otro del uno con Leo siempre en la mente de ambos.

En el amor con Diego, en el sexo con Diego, todo lo que uno se imagina puede existir, hasta Leo.

 

 

 

 

Datos autora:

Raquel Villanueva Lorca

ravilor@hotmail.com

 


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