domingo, mayo 10 2026

El desarraigo by Avelino Muleiro García

 

            «Aquela lingua era no desterro un signo de identidade, un fío que me tiña vinculado ao meu país e que me permitía seguir sendo eu» (Xosé Neira Vilas:  Carta a Balbino).

«Aquella lengua era en el destierro un signo de identidad, un hilo que me tenía vinculado a mi país y que me permitía seguir siendo yo»(Xosé Neira Vilas:  Carta a Balbino).

En el vertiginoso escenario de una sociedad que se define sociológicamente como posmoderna, donde las certezas parecen desvanecerse ante la posverdad y los lazos tradicionales se diluyen en la inmediatez digital, el desarraigo emerge desafiante como una silenciosa constante que nos rodea y nos acosa provocando cambios profundos en nuestra identidad. Nos movemos entre ciudades con condiciones y estilos de vida diversos, cambiamos de trabajos y de relaciones buscando siempre un sentido de pertenencia que a menudo se nos escapa entre el ruido de las redes sociales y la congestión de una apabullante e incesante -normalmente inútil- tormenta informativa. Vivimos conectados al mundo y a todo lo que en él se mueve, aunque, paradójicamente, notamos la distancia de nuestras raíces, la lejanía de nuestras historias y la lontananza de nuestro lugar en el mundo, que todo esto sí representa lo esencial de la vida. Ante esta incómoda situación, he decidido reflexionar sobre el desarraigo, esa sensación de estar y no estar, de pertenecer y a la vez de ser extranjero en nuestra propia vida.

¿Qué es el desarraigo?

La palabra desarraigo proviene del latín (radix) y significa la acción de arrancar raíces. Etimológicamente, es el proceso de quitar o separar de la raíz, tanto en sentido literal (arrancar una planta) como figurado (separar a una persona de su entorno o de sus vínculos). En el contexto que aquí nos interesa, podemos entender por desarraigo la pérdida o corrupción de las raíces sociales, culturales, políticas y familiares por lo cual la identidad personal sufre una expulsión o pérdida de sentido vital, cultural y social. Sabemos que el desarraigo repercute en la vida emocional de las personas y de los grupos sociales. Es un fenómeno creciente en la sociedad contemporánea caracterizado por la pérdida de vínculos que conectan al individuo con su entorno. Cuando una persona se aleja de estas raíces, comienza a experimentar un aislamiento que afecta intensamente a su identidad. Este proceso proviene de varias direcciones y surge de diversas circunstancias. Puede aparecer por migraciones, desplazamientos forzados, cambios laborales, expulsiones políticas, rupturas familiares…

La filosofía analiza este fenómeno desde una perspectiva universal y con fundamentos esenciales. La filósofa francesa Simone Weil, con su libro Echar raíces, define el desarraigo como una condición casi universal que resulta de la destrucción de los vínculos con el pasado y con la disolución de la comunidad.

Heidegger, por su parte, interpreta el desarraigo como la pérdida del mundo. El desarraigo surge, en su opinión, cuando el ser humano pierde su orientación existencial enfrentándose a una fractura en su relación simbólica con el entorno. Esto genera inseguridad y establece debates sobre el acto de habitar. Heidegger lo denomina Heimatlosigkeit (falta de hogar) y lo relaciona con la alienación derivada de la modernidad, con la explotación de la naturaleza y la contaminación del entorno. Por todas esas perversiones no duda en criticar el mundo técnico moderno, donde todo funciona eficientemente, pero a costa de una desconexión profunda del ser humano con su ser auténtico y su entorno.

Arthur Schopenhauer considera que el ser humano está alienado y desarraigado, tanto de sí mismo como del universo. Describe la vida como un constante conflicto entre el deseo y el sufrimiento. La voluntad impulsa a los individuos hacia metas que nunca satisfacen plenamente al ser humano, generando insatisfacción y descontento. Ese ciclo perpetuo se entiende como una forma de desarraigo existencial, pues el individuo no encuentra un lugar estable ni un sentido duradero en la vida. Schopenhauer considera que “el error innato del hombre es pensar que ha nacido para ser feliz”.

Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo y en La condición humana, analiza cómo la pérdida de un hogar político y social, la falta de un lugar en el mundo y la ruptura de los lazos comunitarios conducen al desarraigo y a la vulnerabilidad de los individuos frente a las fuerzas totalitarias. Para Arendt, el desarraigo es una condición fundamental de la modernidad que amenaza la propia humanidad de la persona.

Para Albert Camus, el desarraigo es un tema central en sus libros, especialmente en El extranjero y en El mito de Sísifo. En ellos explora la irritante sensación de alienación, la repugnante falta de significado y la desconexión del individuo con el mundo y con los demás seres humanos. El sentimiento de lo absurdo surge precisamente de esta confrontación entre la búsqueda humana de un sentido y el silencio absurdo del universo, lo que inevitablemente termina generando una profunda sensación de desarraigo existencial.

Pues bien, en el seno de esos principios filosóficos y en el inmenso océano en que navegan tan diferentes opiniones sobre la naturaleza inherente del desarraigo, surgen voces, se apiñan vivencias e impactan diferentes grupos humanos que muestran la cara visible de ese desarraigo metafísico que propone la filosofía. Esa inmensurable multiplicidad de desarraigos empíricos puede afiliarse en diferentes categorías a tenor de su específica naturaleza. Y así, podemos catalogar los desarraigos en sociales, familiares, culturales, laborales, migratorios, ideológicos… todos ellos con características afines en cuanto a sus nefastas consecuencias.

Las personas que se alejan de sus raíces, bien sea de forma voluntaria o por decisión impositiva, acaban con grandes dificultades de adaptación a nuevas claves culturales, y finalizarán sufriendo sentimientos de tristeza, nostalgia, ansiedad, depresión y soledad. En gran parte de estos desarraigos suele aparecer el llamado “síndrome de Ulises”, caracterizado por un estrés crónico múltiple debido a la pérdida de seres queridos, lengua, costumbres, entorno, estatus y grupo de pertenencia.

Catálogo histórico de desarraigos

            La Biblia, a través del Génesis, convierte el desarraigo en un atributo consustancial a los primeros humanos, Adán y Eva. Su expulsión del paraíso es uno de los episodios más emblemáticos sobre el desarraigo en la tradición judeocristiana, pues se trata de un desarraigo que no solo es físico, sino también existencial al suponer que esa ruptura inaugura una nueva etapa para la humanidad marcada por la lucha y el sufrimiento. Existen pueblos que llevan anexado el desarraigo en los anales de su misma historia. Es el caso de algunos pueblos indígenas de la Patagonia y de la Pampa, desarraigados de sus territorios por la colonización europea. Sucede lo mismo con el pueblo armenio, víctima del genocidio del Imperio Otomano. Y al pueblo saharaui, invadido por el ejército marroquí, que vive desplazado en campamentos de refugiados en Argelia.

Más lejano queda el desarraigo del pueblo judío, que tras la destrucción del Templo de Jerusalén por los romanos, en el año 70 d. C., se dispersó por todo el Imperio Romano dando lugar a la diáspora judía.

Y en los últimos tiempos, está el pueblo palestino. La historia de Palestina está ligada profundamente a conflictos históricos y políticos. Sin embargo, durante la guerra árabe-israelí, simultánea con la creación del Estado de Israel, en 1948, más de un millón de palestinos, viendo tras de sí una destrucción masiva de viviendas y localidades, se embarcó en la Nakba, un éxodo forzoso, desolador y teñido con el negro color de la tragedia.

Uno de los últimos paradigmas del desarraigo llega en pateras. Miles de personas, impulsadas por la pérdida de medios de subsistencia y por falta de oportunidades en sus países, se ven presionadas por las mafias, que empujan a jóvenes y familias a buscar un futuro incierto en Europa. Para todas ellas, el verdadero desarraigo comienza al tocar tierra. Tras sobrevivir a la travesía, los recién llegados se enfrentan a la incertidumbre legal, a un futuro incierto y a la separación de sus raíces y familias.

El desarraigo no deja de crecer en la actualidad con la guerra de Ucrania, con casi dos millones de  venezolanos emigrados a países vecinos por la crisis política, con más de seis millones de sirios refugiados a causa de la guerra civil, con más de dos millones de afganos huidos por la violencia talibán, por millones de desplazados en la República Democrática del Congo…

La emigración normalizada.

Basta repasar su rica historia para entender cómo en España, igual que en otros muchos países europeos, la emigración ha sido -y sigue siendo- un fenómeno habitual y voluntario. Especialmente en Galicia, donde la emigración forma parte de su identidad y donde el desarraigo se transforma en morriña y saudade. Acudir a la obra de Rosalía de Castro es más que suficiente para comprender los complejos recovecos psicológicos del emigrante gallego. Tanto en Galicia como en el resto de España, las grandes etapas de emigración, salvo casos excepcionales, han sido voluntarias y, generalmente, con el fin de mejorar económica y culturalmente. Piénsese en los miles de estudiantes que actualmente, año tras año, cruzan las fronteras de su país para su formación intelectual y su enriquecimiento cultural.

En las antípodas de estas migraciones está esa cada vez más normalizada emigración hacia las residencias de mayores, ese destino donde el desarraigo se ceba en los ancianos de forma macabra y traumática. Se les expulsa de su propio hogar para adentrarse en un territorio totalmente desconocido, en un espacio ajeno donde los rostros que los rodean suelen estar marcados por la fragilidad de la enfermedad y la sombra silenciosa de la melancolía. Es un desarraigo silencioso y devastador que deja su huella indeleble en las residencias de ancianos, sembrando inhumanos estragos en el alma de quienes allí habitan. La profunda sensación de soledad y la pérdida de identidad se ciernen como sombras persistentes sobre las personas mayores arrancadas de su entorno familiar y social. Lejos de los rostros y lugares que alguna vez les dieron sentido, los residentes permanecen allí, sin esperanza de retorno, aguardando en la antesala del ocaso donde la vida parece desvanecerse entre recuerdos y nostalgias. Esos lugares de éxodo impositivo son, con frecuencia, resultado consecuente del desarraigo familiar.

Desarraigo familiar psicológico

En la mayoría de los casos, no son las personas mayores las que piden vivir en una residencia, sino que son los propios hijos quienes dictan sentencia de ese destierro. Ese desarraigo, impuesto de forma dictatorial, es consecuencia en muchos casos de vejámenes y maltratos psicológicos filiales. La ley entiende por maltrato psicológico las acciones -normalmente de carácter verbal- o las actitudes que provocan o pueden provocar daños psicológicos a una persona.

En la sociedad actual, cada vez con más frecuencia se escuchan historias de padres que sufren el desarraigo psicológico por parte de sus hijos. Este fenómeno, aunque silencioso y casi siempre sin denunciar, deja profundas cicatrices emocionales tanto en quienes lo ejercen como en quienes lo padecen.

Desarraigo invisible

Dentro del desarraigo familiar perturba y sobrecoge el desarraigo paterno-filial. Esa vulnerabilidad emocional con la que algunos hijos afanosamente someten a sus padres pasa, por lo general, desapercibida para la sociedad. Hijos que humillan a sus progenitores denegándoles el vínculo afectivo, desatendiendo sus necesidades físicas y psicológicas, desestimando sus esfuerzos tenaces y, en general, despreocupándose de su vulnerable vida. Yo lo llamaría desarraigo PEOE (Progenitores expulsados al ostracismo emocional). Esa situación suele causar un profundo sentimiento de soledad, angustia, abandono y exclusión, especialmente en esa etapa de la vejez donde el apoyo familiar es fundamental. Después de años de entrega, sacrificio y amor incondicional a los suyos, la soledad y la angustia se convierten en una presencia constante, casi tangible, para esos progenitores tan detestados.

Ante tal anomalía psicológica y humana, la sociedad ha considerado que las víctimas deben poder defenderse ante sus agresores y ha tomado la decisión de legislar en su defensa. Y así, el Govern de la Generalitat ha propuesto (año 2022) una reforma del Código Civil de Catalunya para que los testadores tengan más facilidades legales a la hora de poder desheredar a aquellos hijos o nietos con quien se mantiene una mala o nula relación familiar. En España -año 2014- el Tribunal Supremo ha considerado que el maltrato psicológico a los padres debe interpretarse como motivo para desheredar a los hijos ya que se asimila al maltrato de obra y a las injurias graves de palabra que contempla el Código Civil como justas causas para excluir de la herencia a los descendientes. En China, donde no existe la figura de la «legítima» que obligue a dejar una parte de la herencia a los hijos, el testador tiene una amplia libertad para decidir a quién deja sus bienes. La sociedad considera que estos desarraigos parecen incompatibles con los deberes de respeto y consideración filial.

Seres esencialmente desarraigados

Reconozcamos que los humanos somos seres ontológicamente desarraigados. Llegamos a este planeta sin una identidad previa, tamquam tabula rasa, pero con la obligación de fabricar nuestro yo en un lugar extraño y absolutamente desconocido. De un modo o de otro, por cambios físicos, emocionales o culturales, la sensación de no pertenecer completamente a un lugar o a una identidad nos invita a reflexionar sobre nuestra condición humana. Reconocer ese desarraigo nos abre la puerta a la empatía, al entendimiento y a la búsqueda de conexiones auténticas que nos permitan reconstruir nuestras raíces, aunque sean nuevas y diferentes.


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