Paseando con mi humano una mañana calurosa de junio, vi a lo lejos un mercado lleno de gente… ¡Qué colorido!, ¡cuánta actividad!, ¡qué bonito estaba todo!
Iba yo, con la boca muy abierta y los ojos aún más; las orejas muy tiesas indicándome en qué fijarme y en qué no. Mi corazón de perro se empezó a emocionar. Había tantas cosas para ver, para jugar, para oler, para comer… porque, aunque era un perro, cachorro para más señas, me encantaban las fresas, las nueces… sí, las nueces, incluso alguna manzana habría caído si yo no fuera un perro educado incapaz de comer nada si no me lo ofrecían.
-¡Cuánta gente de todo tipo! Gente que te acariciaba la cabeza, gente que te miraba y sonreía, gente que disimuladamente te apartaba e incluso gente que te daba una patadita para que te apartaras tú.
Aún no entendía muy bien a las personas, pero sí sabía que las bajitas como yo, eran dulces y cariñosas y siempre querían jugar, eran débiles y había que cuidarlos, pero… te miraban con unos ojos que te daban ganas de acercarte y llenarlos de lametones.
Había muchos porque era día de fiesta; unos paseando a la luz del sol, que ese día brillaba como nunca; otros mirando los puestos que tenían de casi todo; incluso algunos bailaban al son de una música muy agradable; otros hacían piruetas como si estuvieran en un circo; otros estaban simplemente observando. Pero había una humana pequeñita que estaba sola, triste, la cabeza baja, con la ropa desarrapada y con cara de dolor; nadie la cuidaba y parecía indefensa. La vi tan necesitada de lametones que, de golpe, mi emoción se esfumó, mi corazón se entristeció; se encogió como una pasa. Casi me dieron ganas de llorar, porque los perros también sabemos llorar, y pensé que cuando fuera mayor me convertiría en un lobo grande, con grandes dientes y afiladas garras para defender a las personas tristes, sin nadie que los cuide, aparentemente débiles, como esa pequeña de la feria, de otras personas que pretendieran hacerlas daño, para que se convirtieran en libélulas y pudieran volar sobre mundos seguros.
Habría tanto que hacer que no sé si me daría tiempo en mi vida perruna.
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