Tía Inés fue una mujer especial. Dócil y firme. Analfabeta y sabia. Alegre siempre, y afligida en los momentos precisos.
La vida de aquella época y las costumbres obsoletas, presionaron las costuras de su libertad y constriñeron sus sueños, pero ganó la batalla a lo previsible con su forma valiente de vivir.
Su composición, era similar a la del bambú que resiste hasta una tonelada por centímetro cuadrado de comprensión. Ella soportó estoicamente la presión del hambre, el trabajo y la sumisión. Tenía la mirada puesta en otro futuro, y su manera de actuar, dirigida hacia el cambio planteado.
Como las ramas del bambú, era fortaleza con la certeza de saberse suave, ligera y flexible ante las circunstancias impuestas por la existencia. Estas plantas secuestran más anhídrido carbónico que otras especies vegetales y producen un treinta por ciento más de oxígeno. La tía Inés absorbía las inevitables penurias mientras expulsaba gran cantidad de optimismo, coraje para enfrentarse a lo esperado y trocar un mundo que se le quedaba estrecho, por otro alejado de los pensamientos limitantes.
Mucho antes de que nadie hablara de igualdad, de feminismo, de compromiso o de independencia, ella fue consciente de la necesidad de luchar para conquistar estos valores. Para ello viró sobre lo establecido, obró de manera diferente, y no dejó que el silencio cercenara sus palabras.
De sus arrestos, para caminar por una senda nueva dejando la huella firme de sus pasos en esa andanza vital, aprendí a transitar en la vida con libertad.
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