El roble añejo del vecino se desplomó contra el capó de su Volkswagen. La colisión no emitió sonido alguno, pero las balizas parpadearon azoradas hasta extinguirse. Junto a mis pies helados, cuatro huevos de gorrión me ofrendaron sus despojos de calcio y aire, mientras los neonatos del mundo silenciaban su llanto, erigidos en entusiastas embajadores de la era de la desidia. Sus primeras sonrisas todavía aguardan, con la templanza de la sabiduría pura, tras danzarinas cortinas de seda.
El único en rebelarse fue el mosquito tardío. Sus estrofas eléctricas resonaron en mi oído izquierdo antes de caer, con el peso del hielo, entre los obeliscos de césped azul. El invierno es un comienzo desprovisto de aplausos.
Hacia la hora tres del segmento de la tarde, mi monólogo se convirtió en un no-logo. Comprendí que ya no volvería a hablar:
ni hacia afuera,
ni hacia adentro,
ni mucho menos con la yema de los dedos.
Desde entonces, para mi pavor y consuelo, no ha ocurrido absolutamente nada.
NATALIA DOÑATE
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