Cualquier tiempo pasado fue mejor. Sobre esto no cabe duda alguna, aunque, como siempre, este aserto debiera ser matizado. El devenir temporal ofrece una pátina amable y edulcorada sobre lo pretérito. Baña nuestros recuerdos con un barniz un poco deslucido, pues faltan los detalles, pero con un acabado brillante y en cierta medida majestuoso. Tendemos, pues, a magnificar las memorias. Esto resulta natural dado que, a fin de cuentas, éramos niños o jóvenes con todo por delante y con ínfulas en relación a nuestro tránsito existencial. Con posterioridad, nos envuelve la convencionalidad y nos damos cuenta de que es más cómodo mantenerse en un plano modesto, pero adecuado a los intereses de cada cual. Los pequeños placeres o sinsabores, que de todo hay, tienden a completar nuestro tiempo y al final nos embarcamos en las cruzadas nimias que, sin embargo, configuran nuestro microcosmos para ubicarnos en el macrocosmos. Nuestra andadura queda cuajada de estas pequeñas batallas habituales que establecen un eje de coordenadas a nuestra acción. Asumimos el valor de la catarsis griega de no vernos envueltos en las andanzas grandiosas del héroe trágico o los semidioses ya que la moira termina por imponerse provocando la caída final del protagonista. Es una delicia el hecho de vagabundear en la placidez de las pequeñas venturas del día a día. En cualquier otro caso, de haber sido señalados por la rueda de la fortuna, estaríamos batiéndonos el cobre para salir a flote.
Por supuesto, y como no podría ser de otra forma, podemos encontrarnos con individuos incapacitados para aceptar su sino. En un planeta plagado por más de ocho mil millones de seres humanos lo más probable es que tengamos reservada cierta irrelevancia más allá de nuestros círculos íntimos. Aunque todos en cierta medida admiramos a algún personaje público, lo cierto es que resulta agradable el lento camino de la banalidad. Hay vidas que se antojan complicadas, aunque asumo que esos microcosmos alternativos se mantendrán satisfechos en su propia piel. Al fin y al cabo, ofrecen una imagen estereotipada y tendrán sus propias pequeñeces como asidero. En otras palabras, por mucho que edulcoremos lo ajeno todos somos, en último término, esquirla de universo, que diría Nietzsche. No obstante, y como venía anunciando al comienzo de este párrafo, hay gente que rechaza su propia suerte. Personas en muchos casos con un entorno y unos logros envidiables que terminan por dinamitar lo conseguido por entender, de alguna manera tácita y subrepticia, que el universo les debe algo más. En estos casos, suelen removerse las aguas del éxito anterior en círculos tan exiguos como los del instituto, la universidad o ámbitos parecidos. La chica que fue mona y que no entiende los surcos de la madurez en su físico, el tipo que había sido popular y el gracioso oficial que no entiende que su tiempo ha pasado, aquellos que iban, siguiendo el cliché, a cambiar el mundo sin saber que esto es imposible y demás casos parecidos. Quizás este punto permita explicar las crisis de madurez sufridas por muchos coetáneos empeñados en mantener disposiciones bochornosas en un afán de recuperar el tiempo perdido. Qué lástima, al final lo único que logran es dinamitar lo conseguido.
Podría decirse que, en este caso, juegan con evocaciones impostadas y falseadas por la tintura mencionada en las primeras líneas. Un recuerdo distorsionado y pueril que en nada se corresponde con el presente. Por supuesto, esto implica un tremendo chasco, pero es connatural a la madurez el asumir el verdadero reflejo de la actualidad. Se establece, por tanto, una falacia que viene a distorsionar la auténtica realidad y provocar el desquiciamiento para con unas expectativas que podríamos entender como factibles. Salir de la zona de confort, asumir riesgos o emprender no son más que argucias new age para elementos descontentos con su propia entidad. Así, se marca una época pasada absolutamente idílica e irreal que, por supuesto, no concierne a su auténtico sentido por llevar el lastre del prisma naif de la pubertad. Este es uno de los no-lugares preferidos para el descontento. Nos encontramos, como reza el título, ante Lo que nunca existió. Incluso podría hablarse de una mirada retrospectiva de carácter utópico y con pretensión de porvenir, pues, de alguna manera, se asume la viabilidad de recuperar unas esencias que, sin embargo, no tienen más cabida que en la ficción personal.
Este trampantojo también funciona en un sentido social. Pueden encontrarse paralelismos indudables entre estas anomalías y las construcciones sociales empeñadas en recuperar la gloria pasada. España supone un ejemplo paradigmático en este sentido, pues, desde el Desastre del 98 venimos arrastrando un complejo de inferioridad enlazado con épocas adornadas por la confusión ofrecida desde la remembranza. Con independencia de las penurias de la mayor parte de nuestro siglo XX, algo que salta a la vista para cualquier individuo medianamente ilustrado, somos incapaces de hacer cargo de un presente más que digno orientado hacia un futuro con posibilidades de cierto lustre. No obstante, nos cruzamos con grupos cada vez más numerosos de compatriotas reivindicando periodos luctuosos y oscuros como el franquismo. De ninguna manera puede entenderse este tiempo como elevado. Más bien al contrario, podría concebirse como un lapso penoso que nos incrustó en el retraso económico, social y cultural. Con todo, y a pesar de este impedimento, hemos sido capaces de elevarnos de esta miseria para alcanzar las cotas actuales; muy superiores a los límites tocados por la extinta dictadura. Por tanto, resulta llamativo este empeño en atesorar el resonancia de algo que nunca existió, pues esta nostalgia del totalitarismo únicamente demuestra la ignorancia o inconsciencia de unos pocos.
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