La plaza de mi vida por Tatiana Deriabina

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Paré mi R5 justo debajo de una de las torres inclinadas. Me eché a llorar. De los nervios. Del tráfico loco. De que odiaba conducir.

—¿Qué te pasa, niña?

—Iba a Madrid… y no sé dónde estoy.

Entonces no existían los GPS. Ni sabía que aquella plaza era mi destino. La plaza de mi vida.

Las torres KIO las acababa de ver en El día de la bestia. ¿Pero aquellas chabolas que se asomaban por detrás?

—En Madrid estás —el taxista me sonrió y pidió la dirección de la casa de mi primo.

Aliviada, le seguí.

La sorpresa llegó al día siguiente, cuando salí de la boca del metro. Eso lo había visto ayer. Las mismas torres, el mismo viento haciendo remolino con las hojas del año pasado.

Bravo Murillo 377. Justo en la esquina de la plaza.

La recepcionista cogió mi CV:

—Esta noche empiezas.

Y siguió con la siguiente.

Aquella noche entramos 87 grabadoras de datos. Contrato por obra. Tres meses.

Antes del turno llamaron a cuatro.

—Tómate un café y a casa.

—¿Cómo? ¿Qué han hecho?

—Las cuatro últimas de la lista no siguen con nosotros.

Estaba obsesionada con no quedar atrás. Compré el manual de mecanografía.

En español. Ejercicios a todas horas. Jfjf jf fjfjj fjj.

Hacía horas extras. Todas las posibles. Descansar estaba sobrevalorado.

Ya conocía todo alrededor. Había un 7-Eleven si querías un refresco. Un Burger King abierto hasta las tantas. El Asador Aranda. Allí iríamos algún día, sin sentirnos pecadores.

Los gritos de gitanas en los bancos frente a los juzgados:

—¡Mi hombre! ¿Me oyes? ¡Aquí estoy!

Me daban pena. Aunque parecían vivarachas. Pasión en estado puro.

De vez en cuando me intentaban regalar una ramita de romero.

Las esquivaba.

—Soy de aquí. De Madrid.

Mirar por la ventana es perder el tiempo. ¿Qué tengo que estudiar para trabajar en la pecera?

Peluquería. Paneles de madera, todo muy serio. Con clase. Entré después de cobrar mi primer sueldo.

Pepa atendía a las señoras. Juan, a los caballeros.

—Te he visto por aquí…

—Llegué hace un mes —se lo conté todo en confianza.

Íbamos a cambiar el color de mi pelo. Estaba a la moda: reflejos cobrizos.

Nos saludábamos en el famoso Gagos. Yo también era clienta habitual.


Se podía contar de todo. Nadie te juzgaba. Hoy por ti, mañana por mí.

Nada quedaba fuera de su saber. Los pliegues de Madrid. Planes secretos. El último chirrido de la tendencia. El pulso de la capi.

—¿Dónde aparco?

Se volvió de vital importancia: implementaron la zona azul. ¿Bajar a poner el tique cada cuatro horas? ¡Menuda ruina!

—No cunda pánico. Toma la llave. La plaza 43.

Clatz-clatz de tijera. El tacto frío del tinte.

—Me compro una casa.

—¡Qué alegría! ¿Dónde está?

Gel. Fijador. Espuma.

—Hazme lo que quieras, confío en tu gusto.


Estaba feliz. Mi pareja, en el sillón, envuelto en la capa negra. El talento de Juan hacía justicia a su cabellera.

—¿A dónde vas hoy?

—A una cena con baile… y me mudo a Madrid.

—Esta vez sí que sí. Esta ciudad no te dará más patadas…

Crucé los dedos. Me miré en el espejo: el recogido era magnífico. Con mi vestido de noche, estaría espectacular.


—¡Ay, va! ¡Qué moderno todo!

—¿Te gusta? Hay que renovarse… o morir.

Todo estaba lleno de espejos y brilli-brilli. La modernidad se reflejaba en cada secador.

El pañuelo rodeando mi cabeza.

—¿Y eso?

—Hay que cortarlo todo, antes de que se caiga.

La nueva peluca, asomándose tímidamente desde el bolso.

Chismes revisteros para pasar el rato. Las torres KIO se abrazaban sin sentimientos.

Juan bajó la persiana.

—Hoy no aceptamos más clientes. Disculpe la molestia.

Estaban solo para mí.

@Tatiana Deriabina

 


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