viernes, septiembre 18 2026

Tóxicos, pero con encanto por Emecé Condado

Todos tenemos uno. O una. O varios, si la vida se nos dio torcida en materia de afectos. Me refiero, por supuesto, a ese espécimen que se resiste a desaparecer: el amigo tóxico. Ese tipo de vínculo que ni el apocalipsis emocional consigue extinguir. Los hay de muchas clases, pero todos comparten una habilidad sorprendente para drenarte la energía, cuestionarte las decisiones y reaparecer justo en el preciso instante en que pueden hacerte más daño.

Hay quien dice que un amigo tóxico no es un amigo. Qué ilusión. Sí lo es. Solo que es un amigo que viene con cláusulas abusivas y una alerta de incompatibilidad emocional que tú ignoras sistemáticamente.

El amigo tóxico susurra, manipula, o simplemente está. Es esa persona que te invita a un café solo para hablar de sí misma durante dos horas, y que al final remata con un: «Bueno, cuéntame tú, ¿Cómo vas?». Empiezas a responder y…

«Perdona, me tengo que ir, quedé con alguien». Mentira. Solo quedó con su ego, que siempre anda pidiendo mimos.

También están los que compiten contigo por todo. Que si tú publicas un libro, ellos autopublican tres. Que si viajas a Oporto, ellos ya han estado en Lisboa, en Coímbra y en el Algarve profundo. Que si tú adelgazas tres kilos, ellos engordan cuatro porque aseguran que nunca se han visto mejor. Y lo peor no es que lo digan: es que tú, en uno de esos ataques de inseguridad que te regala la vida adulta, te lo crees.

Luego vienen los afectos selectivos. Aquellos que aparecen solo cuando se te rompe el alma. Son expertos en cuidar tus heridas, siempre que no brilles demasiado. Porque si algo irrita a una amistad tóxica es verte bien. Cuanto más te va la vida de cara, más empiezan a pasar lista de tus errores, tus
ausencias o tus privilegios. Como si tu felicidad les diera alergia.

Pero ojo, que no todo es negativo. Estas personas, sin saberlo, nos regalan lecciones de oro. Nos enseñan a poner límites, a valorarnos un poco más y, en los casos más extremos, a perfeccionar el arte de la retirada silenciosa. Porque hay batallas que no merece la pena librar, y algunas heridas solo se curan dejando espacio para respirar. Así que, si tienes un amigo tóxico, abrázalo fuerte… y luego déjale ir. Sin rencores, sin dramas, sin piezas rotas de tu vajilla emocional en el camino. Lo echas de tu vida y punto. No pasa nada. ¿No te tacha continuamente de mal amigo, de ingrato o de egoísta? Pues bueno, al menos que lo haga con razón.

Y recuerda: la toxicidad, como la mala suerte, no avisa. Pero una vez que la reconoces, ya no tienes excusas para seguir invitándola a tu vida.

@Emecé Condado
(Especialista en amistades con efecto rebote)


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