sábado, septiembre 19 2026

El álamo carmesí. by M. D. Álvarez 

Aquel hermoso y cimbreante álamo albergaba el espíritu de su amado. Descubrió que cada vez que ella pasaba delante de él, sus racimos de flores rojas florecían de inmediato. Ella lo recordaba apuesto, incluso en el día que murió. Por eso, cada vez que pasaba ante aquel hermoso álamo, sentía la presencia de su amor.
Ella no podía explicarlo, pero una calidez serena la envolvía cada vez que las flores rojas estallaban en una danza silenciosa. Dejó de ser una casualidad para convertirse en un ritual. Cada tarde, al caer el sol, se sentaba bajo su sombra y le contaba cómo había transcurrido su día, sus penas, sus pequeñas alegrías.
Un día, cargada por una tristeza particularmente pesada, apoyó su frente contra la rugosa corteza del árbol. Una suave brisa meció las ramas, y un único racimo de flores se desprendió, cayendo suavemente sobre su hombro como una caricia consoladora. En ese instante, con una claridad que le cortó la respiración, sintió no solo una presencia, sino el eco de una voz familiar susurrando en el susurro de las hojas: «Siempre aquí».
A partir de entonces, supo que la muerte no era el final, sino una transformación. Y que el amor, como las raíces del álamo, era capaz de agrietar incluso la frontera más impenetrable para florecer, eternamente, en un ramillete de flores.
M. D. Álvarez

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