viernes, septiembre 18 2026

El triunfo de lo humano by Nacho Valdés

Vivimos un momento de cambio y aceleración. Esto es una evidencia en la que no merece la pena insistir. Algo, por otra parte, connatural a cualquier época histórica,  ¿quién no ha estado integrado en la dinámica propia de cualquier cultura o civilización? El avance histórico es la norma. No hay otra forma de entender el  transcurso temporal. Tendemos a observar el pasado  desde la atalaya del presente y esto nos ofrece,  al  menos a la mayoría,  una foto fija para compartimentar lo pretérito. Es una manera como cualquier otra de simplificar los innumerables flujos  y variantes que confluyen en un momento determinado. Algo inabordable para el individuo. Es cierto que no hay nada absolutamente detenido, pero lo que puede diferenciar nuestra época es la velocidad.

Podrían ponerse múltiples ejemplos, pero desde una perspectiva personal puede aclararse lo que quiero decir.  Para mi tatarabuelo y bisabuelo la vida  debió ser prácticamente  idéntica. Estamos hablando de la segunda mitad del  siglo XIX y el primer tercio  del XX. Para dos hombres de aldea en la Asturias de esa época entiendo que la tradición, establecida sobre la ganadería, la agricultura y una economía de subsistencia, debía  ser la bisagra de su existencia. Las cosas se hacían  de una determinada manera, la tradición oral marcaba la pauta y el proceso de enculturación emanaba de la propia  comunidad. Existían escasas aportaciones externas. En una aldea del norte, mal comunicada y separada de la meseta por la  Cordillera Cantábrica, las noticias desde la capital o los avances en distintos campos debían llegar con cierto retraso. Las idas y venidas de políticos, monarcas o textos constituyentes en poco o en nada afectaban a estas personas.  A buen seguro seguían  haciendo uso de los mismos animales de tiro y de los mínimos avances técnicos con los que contaban. Se mantenían congelados en el tiempo y supongo que llevaron unas vidas duras, pero previsibles. Sobrevivieron y prolongaron su legado, que ya es bastante decir. Con sacar adelante a sus familias tendrían suficiente. El  horizonte estaba claro: trabajar en el campo y continuar con  la herencia recibida. Para mi abuelo, sin embargo, la cosa fue un poco distinta. Nació en ese mismo entorno, pero el  primer  tercio del siglo XX ya daba  muestras de la mutación por llegar. Con dieciocho años se vio envuelto (a la fuerza, claro está) en  la Guerra Civil y a partir de esa destrucción y las  novedades tecnológicas comenzó el movimiento. Fue el primero de los hermanos en estudiar, en migrar a la ciudad y en trabajar en algo en principio  remoto en su pequeño universo: la banca.

Los cambios se precipitaron con cierta  inercia  y ya mi padre pudo acceder  a otras posibilidades para, por último, aunque la  saga continúa, poder ofrecerme un mundo totalmente distinto al de mis ancestros.  Bueno,  más que  ofrecerme, que también, fue el  propio mundo el que se transformó. Aquí vamos llegando al  fondo de la cuestión. Para mí, que crecí en los ochenta y los noventa, es patente el salto que se ha dado en las últimas tres décadas. Podría admitirse que vamos lanzados  y todo se sucede  de manera vertiginosa. Para muestra el modo en que nos relacionamos, los usos vinculados a las redes sociales  o este mismo blog que,  aunque escasamente seguido, cuenta con potencialidad  para llegar a todo el mundo.  Pensemos, pues, en este último apunte: la comunicación.  En el mejor de los casos mi bisabuelo podía enviar una carta o acercarse, para algún trámite, a un núcleo urbano. Cualquiera de estas acciones implicaba varias jornadas y resultaba un verdadero engorro; eso dando por supuesto que supiese leer y escribir con corrección. Ahora, dando a un botón, podemos  enviar este texto hasta los confines del planeta, siempre  que se cuente con acceso  a internet, o con mi certificado digital puedo resolver cualquier gestión burocrática en  pocos minutos. En esto no hay duda de que hemos mejorado.

No todo puede entenderse necesariamente como un paso  adelante, pues toda  herramienta puede emplearse  de manera torcidera. Uno de los ejemplos en este sentido  es  el de la inteligencia artificial. Por un lado, se trata de un auxilio innegable para muchos  campos  del conocimiento. Lo mismo puede ayudarte a clasificar unos archivos o buscar información que servir de apoyo para descifrar los problemas genéticos de una enfermedad degenerativa. No faltan las voces que alertan de sus peligros. Creo que aquí caemos en algo  similar al milenarismo, pero enfocado a nuestras propias creaciones. Una buena muestra podemos encontrarla en Frankenstein de Mary Shelley, y partiendo  de este arranque contamos con infinitas variaciones narrativas que auguran nuestra  propia  destrucción. Lo que sí es cierto es que muchos  trabajos creativos se están viendo  alterados  por la irrupción de este instrumento. Aquí los agoreros hablan de una sustitución y de la imposición de las máquinas frente a una inteligencia que podríamos denominar como natural.  Nada más lejos de la realidad, en este punto hago una defensa cerrada de nuestras posibilidades y hago mención al título del escrito: los humanos vamos a vencer.  Con esto no quiero decir que estemos en guerra.  Lo que pretendo  expresar es que mientras haya  seres humanos existirá la inclinación a la lírica, la pintura, el juego, la discusión o cualquier otra acción creativa que se nos ocurra. Podrán crearse con el auxilio de la inteligencia artificial canciones o relatos, pero la pulsión con la que contamos, en mayor o menor medida, no podrá ser erradicada. Siempre se impondrá  nuestra naturaleza y tengo  la certeza de que somos  insustituibles. No por el desarrollo de la fotografía se ha dejado  de pintar y la irrupción de los móviles  no ha orillado una buena conversación en persona. Somos seres creativos y lúdicos, disfrutamos de este tipo de actividades y aunque se produzcan imitaciones no vamos a renunciar a ellas. No perseguimos la ejecución perfecta, sino emplear nuestro tiempo en aquello que nos completa por medio del disfrute.


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