Vivimos un momento de cambio y aceleración. Esto es una evidencia en la que no merece la pena insistir. Algo, por otra parte, connatural a cualquier época histórica, ¿quién no ha estado integrado en la dinámica propia de cualquier cultura o civilización? El avance histórico es la norma. No hay otra forma de entender el transcurso temporal. Tendemos a observar el pasado desde la atalaya del presente y esto nos ofrece, al menos a la mayoría, una foto fija para compartimentar lo pretérito. Es una manera como cualquier otra de simplificar los innumerables flujos y variantes que confluyen en un momento determinado. Algo inabordable para el individuo. Es cierto que no hay nada absolutamente detenido, pero lo que puede diferenciar nuestra época es la velocidad.
Podrían ponerse múltiples ejemplos, pero desde una perspectiva personal puede aclararse lo que quiero decir. Para mi tatarabuelo y bisabuelo la vida debió ser prácticamente idéntica. Estamos hablando de la segunda mitad del siglo XIX y el primer tercio del XX. Para dos hombres de aldea en la Asturias de esa época entiendo que la tradición, establecida sobre la ganadería, la agricultura y una economía de subsistencia, debía ser la bisagra de su existencia. Las cosas se hacían de una determinada manera, la tradición oral marcaba la pauta y el proceso de enculturación emanaba de la propia comunidad. Existían escasas aportaciones externas. En una aldea del norte, mal comunicada y separada de la meseta por la Cordillera Cantábrica, las noticias desde la capital o los avances en distintos campos debían llegar con cierto retraso. Las idas y venidas de políticos, monarcas o textos constituyentes en poco o en nada afectaban a estas personas. A buen seguro seguían haciendo uso de los mismos animales de tiro y de los mínimos avances técnicos con los que contaban. Se mantenían congelados en el tiempo y supongo que llevaron unas vidas duras, pero previsibles. Sobrevivieron y prolongaron su legado, que ya es bastante decir. Con sacar adelante a sus familias tendrían suficiente. El horizonte estaba claro: trabajar en el campo y continuar con la herencia recibida. Para mi abuelo, sin embargo, la cosa fue un poco distinta. Nació en ese mismo entorno, pero el primer tercio del siglo XX ya daba muestras de la mutación por llegar. Con dieciocho años se vio envuelto (a la fuerza, claro está) en la Guerra Civil y a partir de esa destrucción y las novedades tecnológicas comenzó el movimiento. Fue el primero de los hermanos en estudiar, en migrar a la ciudad y en trabajar en algo en principio remoto en su pequeño universo: la banca.
Los cambios se precipitaron con cierta inercia y ya mi padre pudo acceder a otras posibilidades para, por último, aunque la saga continúa, poder ofrecerme un mundo totalmente distinto al de mis ancestros. Bueno, más que ofrecerme, que también, fue el propio mundo el que se transformó. Aquí vamos llegando al fondo de la cuestión. Para mí, que crecí en los ochenta y los noventa, es patente el salto que se ha dado en las últimas tres décadas. Podría admitirse que vamos lanzados y todo se sucede de manera vertiginosa. Para muestra el modo en que nos relacionamos, los usos vinculados a las redes sociales o este mismo blog que, aunque escasamente seguido, cuenta con potencialidad para llegar a todo el mundo. Pensemos, pues, en este último apunte: la comunicación. En el mejor de los casos mi bisabuelo podía enviar una carta o acercarse, para algún trámite, a un núcleo urbano. Cualquiera de estas acciones implicaba varias jornadas y resultaba un verdadero engorro; eso dando por supuesto que supiese leer y escribir con corrección. Ahora, dando a un botón, podemos enviar este texto hasta los confines del planeta, siempre que se cuente con acceso a internet, o con mi certificado digital puedo resolver cualquier gestión burocrática en pocos minutos. En esto no hay duda de que hemos mejorado.
No todo puede entenderse necesariamente como un paso adelante, pues toda herramienta puede emplearse de manera torcidera. Uno de los ejemplos en este sentido es el de la inteligencia artificial. Por un lado, se trata de un auxilio innegable para muchos campos del conocimiento. Lo mismo puede ayudarte a clasificar unos archivos o buscar información que servir de apoyo para descifrar los problemas genéticos de una enfermedad degenerativa. No faltan las voces que alertan de sus peligros. Creo que aquí caemos en algo similar al milenarismo, pero enfocado a nuestras propias creaciones. Una buena muestra podemos encontrarla en Frankenstein de Mary Shelley, y partiendo de este arranque contamos con infinitas variaciones narrativas que auguran nuestra propia destrucción. Lo que sí es cierto es que muchos trabajos creativos se están viendo alterados por la irrupción de este instrumento. Aquí los agoreros hablan de una sustitución y de la imposición de las máquinas frente a una inteligencia que podríamos denominar como natural. Nada más lejos de la realidad, en este punto hago una defensa cerrada de nuestras posibilidades y hago mención al título del escrito: los humanos vamos a vencer. Con esto no quiero decir que estemos en guerra. Lo que pretendo expresar es que mientras haya seres humanos existirá la inclinación a la lírica, la pintura, el juego, la discusión o cualquier otra acción creativa que se nos ocurra. Podrán crearse con el auxilio de la inteligencia artificial canciones o relatos, pero la pulsión con la que contamos, en mayor o menor medida, no podrá ser erradicada. Siempre se impondrá nuestra naturaleza y tengo la certeza de que somos insustituibles. No por el desarrollo de la fotografía se ha dejado de pintar y la irrupción de los móviles no ha orillado una buena conversación en persona. Somos seres creativos y lúdicos, disfrutamos de este tipo de actividades y aunque se produzcan imitaciones no vamos a renunciar a ellas. No perseguimos la ejecución perfecta, sino emplear nuestro tiempo en aquello que nos completa por medio del disfrute.
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