viernes, septiembre 4 2026

Sala ocre by Natalia Doñate

Concebir una alfombra de hojas entretejidas, que sea bella y singular, es tarea fácil. Lo frustrante, aquello que termina por quebrar el alma de cualquier artesano, reside en la comparación con las semejantes; igual de irrepetibles y, no por ajenas, menos especiales.

―¿Es que no es única en su especie?

―¿Acaso no lo éramos todos?

Yo, que algo tengo de artista, encuentro gran placer en observarlas. Ingreso al museo por la “Sala del Sol” (sobrevalorada; aire acondicionado deficiente) y enseguida me enraizo en la siguiente, frente a la exposición de alfombras. Ellas se ruborizan por mi devoción mientras yo, mate en mano, lloro su suerte de tapiz.

¿Por qué las ubican en la pared y no en el suelo? ¿Qué niño sería capaz de desafiar a la gravedad para sentir el crujido ocre bajo los pies, la humedad subyacente, llevar a cabo la alquimia del papel picado?

Yo, que ya tengo en mi haber cuarenta y tres visitas a este museo ―con sus respectivos souvenirs―, que he fotografiado todos los matices inimaginables de cobre y dorado, todavía agradezco el privilegio de asistir. Con respiración contenida sacudo la pieza más nueva ―una belleza persa apolillada por un comentario mal intencionado― y la devuelvo a su hábitat, haciendo alarde de mi humanidad. Luego les dedico unas horas a sus hermanas caídas en desgracia: alfombras deshilachadas, carcomidas por el tiempo y las ratas o decoloradas por exceso de atenciones. Hay miradas que muerden.

Un roce en la nuca desata en mí una sucesión de escalofríos. El guardia de siempre ―años miles, blazer bordó, pupilas de brea flotando en un mar azul― ha dictado sentencia en mi oído:

“Hora de avanzar”.

La certeza de una sociedad de esculturas de mármol, fundada a fuerza de martillos y cinceles, me roba un hálito de ínfimos cristales; nubecilla creciente que anuncia la llegada de la era de hielo. Atravieso la puerta.

En días como este me consuela saber que, unos pasos más adelante, siempre doblando a la izquierda, se encuentra la “Sala de las Flores”; la favorita de los turistas. Pero no, no pienso dejarme seducir por su fragancia a jazmín. De momento, disfrutaré del encanto del vacío blanco, de la pureza de lo estéril. Después de todo, ¿quién me corre? Ninguno de los nosotros ―todos únicos en nuestra especie― sabe cuándo será su última visita al museo.

 

NATALIA DOÑATE


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