jueves, septiembre 3 2026

El poeta de la calle arbolada por Ricardo Mazzoccone

Sé que estoy escribiendo las últimas hojas de mi larga vida.

En el pesado libro se halla mi nacimiento, del cual no recuerdo nada, mi infancia, de a ratos feliz, de a ratos no, mi adolescencia complicada como todas, una juventud signada por el esfuerzo y el trabajo, una etapa adulta, intentando recoger los frutos por tanto sacrificio, una fatigada vejez, donde puedo decir lo que pienso, gritar lo que siento, expresar la verdad sin que me importe si molesto a alguien.

Y me detendré en mi adolescencia pues aún conservo las visiones de cuando tenía quince años, viviendo en la vieja ciudad frente al mar. A pesar de las neblinas, mis ojos pueden ver la calle arbolada, de casitas bajas, con techos rojos y paredes blancas.

Allí es donde aprendí a caminar, a andar en bicicleta, jugar a la pelota con mis amigos, a contar cuentos de terror en las noches, a esconderme de la ira de mi padre, a jugar a las payanas y a las escondidas.

También aprendí a besar a Eugenia, la adolescente más bella que existió. A ella le di el primer beso de mi vida, una noche, a oscuras, con la luna iluminando su rostro, sus labios, sus ojos bien cerrados, su pasión.

Muchos besos pasaron hasta que llegó la más brillante luz, de alguno de los eternos faros. Estábamos tumbados sobre la hierba, detrás de los añosos árboles, con el viento susurrando nuestra canción preferida, que ocurrió. Ella solo con su pulsera de oro que tintineaba y yo sobre su cuerpo, dentro de ella. El estallido de luces y colores fue tan precioso que me prometí a mí mismo, recordarlo aun siendo polvo de estrellas, volando sobre las olas del mar.

Quizás en algún momento se refugien en el pecho de una ninfa del océano para dormir allí, hasta que la eternidad decida los destinos…

En esa calle arbolada, llené mi alma de vida y también de muertes. Mirando desde el ahora, último escalón, siento que caminé esta tierra por siglos. ¿La vida es corta? No lo creo, tenemos el tiempo exacto. El problema es que lo perdemos cuando dormimos sin soñar.

Vi a aquella muchacha partir en el viejo Dodge polara de su padre, mirándome por la luneta trasera, llorando y meciendo su mano en señal de adiós. Fue el padre de mi mejor amigo que me enseñó a conducir un auto.

Vi al coche fúnebre, llevarse el cadáver de mi hermano hacia el cementerio. No sirvió de nada ponerme delante del mismo; se lo llevaron a pesar de mi resistencia. Vi soldados sacando a buenas personas de sus casas. Fue triste no volver a verlos. Vi el auto de mi amigo que llegaba para llevarme a la estación de trenes, en otra noche triste, llena de sombras y demonios sueltos.

Salí con un bolso donde había algo de ropa, discos, unos pocos libros algunos ahorros. Ojalá no hubiera escrito esa nota a mis padres, contándoles que me iba pues me negaba a ser invisible y no quería vivir más en el mausoleo en que se había transformado aquella casa, a mis dieciocho años. Hubiese querido decírselos frente a frente, quizá con una taza de café.

Pero no me hubieran escuchado. Nunca lo hicieron. Mientras me alejaba, sentí el llanto silencioso de los árboles y lloré con ellos. Una nueva vida comenzó, corriendo detrás del tiempo pero sin mi vieja calle arbolada. Novias, esposas, hijos, trabajos, ex esposas, novias, encuentros efímeros. Momentos felices y momentos tristes. Instantes donde la risa reina y el dolor arquea la espalda.

La luna tiñó mis cabellos de blanco y furiosos surcos cruzaron mi cara y mis manos. Mi vista se nubló y enormes anteojos enmarcaron mis ojos. Fue entonces que me refugié en la soledad. Al principio la odié. Con el tiempo, establecí cierta amistad. Y me embriagué de virtud y de poesía, de música y melancolía. Y fue por ella que decidí regresar al lugar donde me dejó el rayo, desnudo, muerto de frío y a los gritos, setenta y tantos años atrás. Por ella y por los árboles de mi calle. Fueron muchas las noches en que me despertaba escuchando el llamado…

Me bajé del tren con un estremecimiento feroz. Recorrí aquellas viejas baldosas otra vez. Sentí el perfume del mar y mi hambre de recuerdos fue devastador. La nostalgia era una nube cargada de lluvia. Cuando tomé el taxi, sentí que las calles me sonreían y los árboles bailaban. Al llegar a la calle arbolada, todo fue una serena alegría. El viento surcaba de lado a lado haciendo bailar a las hojas y cantar a los árboles. La música la ponía el cielo.

Pensé que no me reconocerían pero si lo hicieron. Medio siglo se había escurrido entre los dedos. Ellos estaban tal como los recordaba, no habían envejecido minuto alguno. Cuando entré en la casa, fría, solitaria, llena de telas de araña, los fantasmas huyeron. No querían que escribiera sobre ellos Y no quería hacerlo tampoco. Unos días después, estaba otra vez habitable y pude dormir en mi vieja cama. Extrañamente mi cuarto estaba tal como lo había dejado sesenta años atrás. Comenzaron a moverse de a poco los minutos, luego las horas, los días y las noches. Mi alma sonreía, no así la soledad que se sentía amargada, cruda, oxidada desde mi regreso.

Comencé a escribir en la oscuridad del tiempo a la luz de un farol sobre la vieja mesa de madera de mi madre donde cosía la ropa. Comencé a gozar de la vieja calle arbolada hasta las lágrimas, durante la noche, al alba, el día y en el crepúsculo. Cada momento tenía una historia que contar. Al atardecer caminaba hacia el mar, hasta las arenas eternas de la playa que me vio nacer. Nunca iba solo pues me acompañaba mi hermano, mis amigos de la infancia, mi viejo perro Terry. Con Eugenia íbamos tomados de la mano, mirándonos a los ojos.

Al llegar me sentaba en el espigón mientras las olas estallaban contra el muro de cemento,
salpicando al cielo. Allí, mirando el mar, soñaba que estaba a mi lado con los ojos abiertos. Y lloraba recordando sus besos y sus abrazos bajo la luz de las estrellas. El amor en la adolescencia tiene el color del alma…

La vida a los casi ochenta años, aún tiene sabores que no quiero perderme, perfumes que quiero sentir, sentimientos que quiero gozar. Y sé que puedo disfrutarlos más pues soy libre y no tengo ataduras de ningún tipo. Ya no acumulo soledades y lágrimas. No me importan los horarios, si es de día o de noche, si es invierno o verano.

Dejé de pensar en lo que hice mal o no hice pues ahora sé que lo que hice, mal o bien lo tenía que hacer y lo que no hice, lo haré en la próxima vida. Solo tengo un sueño y es que me gustaría que retorne a mi alma, en este momento de paz y armonía, el prodigio del ayer, el pasado, aquellas personas que amé, las cosas que me gustaban, los colores que me dieron la felicidad, para así terminar mis días, bebiendo nuevos vinos, recordando los antiguos, las viejas cepas y escribiendo los versos más profundos, historias de amores escondidos y de aquellos que se hicieron verdad y el firmamento los guardó muy celosamente.

Morir ebrio de amor es como me quiero morir. Enamorado. Quiero llegar a la eternidad muerto de amor y volver a morir con el amor en mi alma. Nunca dejé de recordar esa frase escrita en piedra sobre la puerta del cementerio de la Loma:

EL TIEMPO NOS ENSEÑA QUE LO ÚNICO VALIOSO EN LA VIDA…ES LA VIDA MISMA Y TU AMOR A ELLA. SI ACUMULASTE RIQUEZAS PUES NO SERVIRÁN AQUÍ. SI ACUMULASTE AMOR, SERÁ EL AMOR EL QUE NO TE HAGA CAER EN EL OLVIDO.

@Richard


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