sábado, junio 13 2026

Mujeres en femenino y en plural.- La chica de la radio por Yoli Hornes

La una menos cuarto.

Sebastián apagó el televisor en cuanto acabó la película. Ya era hora de ir a dormir. Pero dormir no estaba entre sus planes inmediatos. Debía estudiar. Tenía que escuchar la radio.

La verdadera noche comenzaba ahora para él, y sería larga, muy larga, como las otras. Caminó lentamente hacia la cocina, encendió la luz, se preparó otro café. No, ni pensar en acostarse todavía, a pesar del cansancio de ahora y de la pesadez que invadiría sus párpados por la mañana en el trabajo. Hizo un sitio en la mesa atiborrada de papeles, vació un cenicero y lo puso junto al pocillo humeante. Recorrió con la mirada el salón hasta encontrar el tabaco y el mechero dorado que Isabel le había regalado dos días antes.

La una menos cinco.

El ritual estaba dispuesto. Encendió la radio y volvió a su sitio.

Sólo cinco minutos más y aparecería la voz maravillosa que lo acompañaría hasta la seis,
aunque seguramente el sueño lo vencería antes. Abrió un libro, y otro más, y comenzó a leer
distraídamente; mejor dicho, a barrer con la mirada el texto que, desafiante, se le presentaba como una montaña altísima. Faltaban pocos días para el examen. Se dispuso también a subrayar y a tomar apuntes para fijar mejor lo que leía. Como un chico bueno, como un alumno aplicado, se aseguró de tener entre sus cosas de estudiar rotuladores fluorescentes de distintos colores y un lápiz con la punta bien afilada junto a su cuaderno de notas.

Un jazz discreto sonaba en el aparato. La sintonía que anunciaba el programa que escuchaba
cada noche. Su mente, un tanto dispersa, miraba las letras, después la radio, otra vez las letras. El
cigarrillo se consumía. Recordaba el sol del mediodía, los bocadillos que comieron juntos sentados sobre la hierba, aprovechando -como cada día desde que descubrieron que era una buena idea- las dos horas de descanso del despacho, viéndola hermosa, con el cabello aún chorreando brillando al sol y la cara recién lavada, ayudándolo a estudiar esa asignatura que tan poco le interesaba.

Después, tres horas interminables de trabajo, del que había vuelto casi corriendo para poder
estar un rato más con Isabel, pero ahora en su piso, juntos y solos, amándose con locura, hasta el último momento en que ella había saltado de la cama para volver a ducharse, maquillarse, darle un beso rápido y salir. Porque ya se apagaba sin remedio la tarde, y ella trabajaba en turno de noche. Porque sus noches no eran para Sebastián.

La una y diez.

Una melodía suave y sugerente salía del receptor. La chica de la radio susurraba palabras tiernamente sensuales sobre la música. Ahora Sebastián comenzaba a sentirse mejor. Esa voz tenía el poder de consolarlo. Lo distraía de su soledad, del vacío que unas horas antes había inundado el cuarto, la casa y su alma.

“Hola -decía-, aquí estoy… contigo… para que transitemos juntos este camino nocturno…

La noche es nuestra… ¿Cansado? ¿Triste? No… no te creo… Yo sé que aún tienes fuerzas para recordar las cosas bellas que, seguramente, habrás vivido en este día… Recuerda, seguramente encontrarás un momento, un instante en que te has sentido feliz… ¡Recréalo!

¡Exagéralo! ¡Invéntalo si no ha existido! La música te ayuda… Déjate llevar por mi voz y por la música…

Los acordes de Yesterday aparecían de pronto y ella hablaba del ayer, de la nostalgia y, como siempre, del amor. Sebastián sonrió y se sintió mucho mejor. Al fin y al cabo -pensó-, todo estaba bien, y se dio cuenta de que podría reunir la voluntad necesaria para centrarse en el estudio un rato.

Las dos…

Las tres menos veinte, otro café, más canciones bellas, algún poema (nadie los recitaba como ella, ¡qué bien lo hacía!). Por momentos, Sebastián levantaba la vista de los libros y prestaba atención. A veces se daba cuenta de que oía sin escuchar, sin dejar de pensar en el texto que trataba de memorizar. La chica de la radio conseguía transmitir la calma y la placidez que él necesitaba. Y así, entre concepto y concepto, entre definiciones y ejemplos, la descubría, y ella seguía hablando de la noche, y del amor. Ahora era el mar, y ese fue el leitmotiv para intercalar varias canciones.
Las cuatro y media. (El sueño llevó a Sebastián a consultar el reloj.)

¿Cómo se sentiría él a esas horas intempestivas -pensó-, frente a un micrófono, encerrado en una pequeña cabina de cristal, obligado a transmitir serenidad, sin decaer, hablando y hablando para unos cuantos desconocidos, haciendo más ameno su desvelo, con un lenguaje que conmoviera por igual a un taxista o un camionero nocturno, una anciana con insomnio, un asesino inquieto, una esposa abandonada o un estudiante aburrido? Nunca lo entendería, y sin embargo la voz continuaba encantadora, resultando útil y acompañando a las personas en medio del misterio de la noche y la madrugada.

A las cinco menos diez, Sebastián cerro los libros. No podía aguantar más. Estaba completamente agotado y ya no se enteraba de lo que leía; carecía de sentido continuar insistiendo. Necesitaba acostarse. Despojarse de la incomodidad de la ropa y del estudio.

Relajarse. Dedicarse a recordar la última tarde tan llena de caricias y secretos. ¿Por qué no? Y las miradas cómplices y la mutua sonrisa posterior al placer. Se llevó el transistor al dormitorio, subió un poquito el volumen, apagó todas las luces y se metió en la cama. Aún olía a Isabel y a cuerpos satisfechos. Hasta el espejo parecía tener memoria, enfrentado a propósito a esa cama revuelta que ahora volvía a crujir, con un compás cada vez más rápido que coincidía con el recuerdo y el insaciable deseo de Sebastián irguiéndose una vez más, enarbolándose a su pesar, acompañado (¿provocado?) por la voz cada vez más lejana de la chica de la radio, que daba todavía ahora la bienvenida a algún posible oyente que la sintonizara en ese instante, y para el que era capaz de brindarse entera y fresca, y al que le repetía una y otra vez la magia de esa noche, el hilo invisible que los unía y al que le recordaba que no estaba solo en la noche, porque ella seguía allí, y existía para él…

El tiempo se deformaba en la oscuridad del cuarto.

El susurro continuaba cálido y excitante, y repentinamente unos celos absurdos invadieron a Sebastián, a quien le hubiera gustado ser el único oyente de tanta dulzura. Y esto obligó a su mano a apresurar el ritmo, imaginándose multiplicado en miles de otros repitiendo ese sagrado y profano acto, con otras caras y otros recuerdos, dándole mil rostros a la voz de la noche y mil cuerpos incitantes con manos sabedoras aptas como su voz para insinuar el placer. Y se sintió humillado de verse repetido y gozó indignado, despersonalizado e igualado a cualquiera de los otros solitarios de la noche.

El cansancio acumulado y esa tortura morbosa que lo obsesionaba lo acunaban poco a poco
(Sebastián se sumergía lentamente en el sueño), y la chica seguía, cada vez más lejana, sugiriendo, incitando, ronroneando las palabras… Mañana -pensaba o soñaba- sería incapaz
de recordar cuál había sido la última canción, aunque como siempre había intentado oírla
hasta el final.

Las siete menos cuarto.

Un rocío helado humedecía las calles silenciosas. Algunas ancianas caminaban ya con la cara lívida y el cuerpo contraído, llevando vacía la bolsa de la compra. Otras mujeres, en batas descoloridas, barrían afanosamente el portal. Algún hombre con traje y oliendo a colonia corría a la oficina y el reconfortante olor del pan recién horneado se escapaba ya de algún lugar.

Una mujer muy bella, soñolienta y con aspecto cansado, bajaba de un taxi, sonreía al portero, recogía el periódico que éste le alcanzaba y entraba de puntillas a una casa dormida con una radio encendida.

Sebastián saldría, media hora después, casi sin haber dormido, por la misma puerta, también
de puntillas, para no despertarla…

Más tarde, al mediodía, caminarían juntos por el parque, y ella tendría el cabello mojado y
se cogerían de la mano y ella, la chica de la radio, hablaría y reiría para él. Sólo para él.

@Yoly Hornes

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