
La ciudad estrena aire cálido y tardes soñolientas. Cuando sales a la calle, el bullicio de compra que flota en el ambiente te atrapa. En un escaparte un traje veraniego te impulsa a entrar, contiene promesas de momentos felices, de futuras vanidades satisfechas. En el interior la marea de azules, verdes y rosas te aturde, pero tú consigues alcanzar el traje y lo conservas en la mano como un tesoro.
Dentro del probador las luces de neón y el espejo te devuelven una realidad que desvanece tus ilusiones, y alejan esos mundos que imaginaste conquistar. Entonces la dependienta te señala con desgana un cajón de madera donde abandonar el traje, que ya se ha convertido en nada, o peor, en un desengaño, como el revoltijo de prendas que allí se amasan, un vertedero de deseos olvidados.
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