Perec, recuperado de la muerte, como si fuera un leve padecimiento que infecta solo a lo que menos queremos de la vida. Perec, ya desprendido del gabán roñoso de los años más duros. Perec, único hijo de su alegría, la definitiva. Perec en otro mundo que está en este. Pero es otro.
Portero al fin de todo un bloque, está transido en una esquina de ese lugar desde donde ve pasar a vagabundos, no solo a clochards parisinos, sino a todos los vagabundos posibles: los pasados, los actuales (si algo es enteramente actual, si no es a la vez anterior y presente), los futuros… Los agarra de la ropa sucia y maloliente y los ingresa en el número 11 de la calle Simon-Crubellier de París. Justo ahí. Sin instrucciones, solo con vida.
A uno que llegó casi sin piernas lo ha ubicado en una buhardilla con bañera en alto, rociada de sales, dispuesta para ver desde arriba el hormigueo feliz de la gente. A otra que apenas podía sostenerse le ha cambiado el mal vino por un licor que enamora, y en ese amor va y viene en su entreplanta, robada diariamente por el desdolor.
Hay una vieja que rueda cada día por las escaleras y es más joven cuando llega al peldaño más bajo. Y en vez del hematoma ha conquistado la color dulce de su juventud, que ya es siempre.
Hay un inspector que corona la quinta planta, sumido en una amable inspección de todo lo que crece y lo que vive: cuadros al óleo, margaritas, fotografías posadas en un álbum o recuerdos hundidos en una taza de café au lait.
Hay una niñita que apenas fue. Y que ahora no deja de ser. Y vuela con su comba.
Y hay quien nunca renuncia a que todos los que no tienen domicilio estén en ese número 11, quien vela –como lo hizo con las palabras– por la almohada de las horas y los días, por la ilusión aposentada en un edificio, por el esguince de la intemperie, por la rotura del desamparo.
Muerto Perec no se acabó la rabia.
Georges Perec (1936-1982) es un escritor francés, pero sobre todo una fiesta de la escritura universal. Desde sus inicios con Las cosas (1965), El secuestro (1969) –novela escrita sin la letra e– o Especies de espacios (1974) vive y nos transmite la fantasía ilusionante del lenguaje, por encima de tramas o de asuntos. Sus maestros de Oulipo (y sobre todo el gran Queneau) le enseñaron el juego con las palabras, pero también la intención vital, la hermosura del sesgo revolucionario que tiene toda creación, como sabían Huidobro o Vallejo.
Esta troquelación lo figura como portero del bloque que mimó en La vida instrucciones de uso (1978), auténtico homenaje a la vida sin instrucciones donde quien lee persigue a la escritura por cada planta (como en la Rue del Percebe de nuestro querido Ibáñez) y acaba enamorado del detalle más que del objeto. Fue además director cinematográfico, primero, junto a Bernard Queysanne, de Un hombre que duerme (1974) y después de la pieza autobiográfica Los lugares de una fuga (1978).

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