Si en la primera lectura, de dos pillastres, almas de cántaro en realidad, me atrapó la configuración de esas personalidades, sus vidas, sus apegos y sus enormes deficiencias, en esta relectura me he deleitado con los personajes segundarios, tantos y tan bien trazados que descubro joyas diminutas que brillan entre la adjetivación magistral y esmerada de las situaciones.
Cuando un probable padre, John Lennon, es asesinado, tras la trama rocambolesca previa de intentar encontrarle, me parece de una ternura enorme que Artur acepte que si hubieran hecho el viaje a Londres, no le habrían encontrado tampoco.
Recién fabricado el anhelo, al encontrar postales y cartas dirigidas a su madre, viendo cómo el castillo de naipes se derrumba en un instante, uno se plantea cuántos deseos no se gestan para ser descartados cercanos a ser alcanzados. Su homosexualidad, tal vez descubierta en su paso por la cárcel, nos ofrece la sensibilidad más humana que puede tener hasta el peor de los delincuentes.
Todos quienes aparecen en la novela tienen una historia que va latiendo, como burbujitas de humanidad, entre aguas pestilentes, con un fondo de olor a repollo y soledad del extrarradio. Eso sí, combinados con fetidez a colonia cara y trajes de corte en las pocas rachas buenas. Honradamente creo que casi todos merecen una novela de sus propias vidas. Animaría a Manu a seguir esos pasos, del pasado y hacia el futuro, de varios de sus coprotagonistas, que, siendo secundarios, son realmente potentes y tienen mil historias que contar.
La pintura paisajística, que no pinceladas, de una Barcelona de los ochenta, es un paraíso perdido de lugares, aromas, estilos, calles y rincones que ya quisieran para sí algunos GPS de la memoria. Me han enternecido muchos parajes, mínimos puntos de un recorrido de la apasionante historia de Artur y Asís. Tantos, que no sabré definirlos, pero entre ellos brilla la prostituta rusa con su libro de cabecera, Los hermanos Karamazov, cuya lectura subyuga a Asís, o ese conserje de mueblé, que lee a Vicente Aleixandre.
Son instantes que florecen como los buenos destilados, entre apreciaciones y apuntes de un espectador del presente recorriendo el pasado de una ciudad, que, de manera tangencial, conocí. Seguro que los paisajes de Bilbao están igualmente definidos, no me cabe duda.
Es una narrativa de un preciosismo que engancha, porque no deja atrás la dureza de las cárceles, o el salvaje atractivo de los bajos fondos, ni la epidemia de las drogas, o la adrenalina de los asaltos a mano amada. Tampoco esquiva las huidas más histriónicas, o el SIDA. Ni los ambientes gais, o el juego recién legalizado, y es que son dos décadas de encuentros y descuentos, amores y odios, venganzas viscerales, coletazos de un GRAPO desnortado, rencores enconados y un deseo desalmado de vivir la vida a como dé lugar.
Es una maraña multicolor de hilos enredados, que, manteniendo su tono cada uno, conforman una bola informe de pasiones y violencia, en una España que salía de una época oscura, manteniendo los prejuicios y los miedos. Algunos hijos de la miseria, listos a su manera, soñaron a lo grande, y, unos pocos consiguieron salir del gris marengo de su realidad. El precio sólo ellos lo saben.
Como curiosidad, hay otra leyenda, la de orinarse en las manos, que comparte objetivo con el título del libro.
@Maripau González Bodeguero
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